El Trompo



Juegos de Antaño

EL TROMPO


El fútbol no había invadido aún los dominios del
campo "chivero" (predio donde actualmente está el estadio centenario)
     Nuestro deporte nacional por excelencia,
— aunque con etiqueta extranjera. — practicado
ahora con singular ahinco hasta en las calles y plazas
públicas, no era siquiera conocido por los muchachos de
"entonces". El democrático "barrilete" en competencia
con la aristocrática "estrella" multicolor, eran, como el
zepelín y el avión de ahora, los reyes del. espacio.
Orgullo de chicos, de los chicos de "antes" hasta de
16 años, de pantalón "bombilla y a media asta", era el
tener la mejor cometa, la más remontadora y con más
hilo acarreto, llamado vulgarmente "chaura" y era como
una fiesta en domingueros días ver la policroma gama
de colores surcando el espacio, donde predominaba los
más "chillones", los realmente llamativos, el rojo, el azul
fuerte, el verde y el anaranjado.
En las Escuelas, en las horas del recreo y, a la vuelta
de cada esquina, olvidando un tanto la casi secular "rayuela",
se practicaba otro popular juego; el del trompo.
Y no eran pocas las "rabonas" que motivaba esta casi
inofensiva afición, que a lo sumo podía causar la rotura
de algún vidrio.
 Como en competencia con la cometa, en el juego del
trompo no podía faltar la nota de color. Los había rojos,
 amarillos, verdes, muy pocos azules y ninguno o casi nin-
 guno de otro color, salvo los extremadamente "plebeyos"
 de simple color madera. Claro está que-el aristocratismo,
 como en todos los tiempos, jugaba entonces un rol impor-
 tantísimo, puesto que, junto a los trompos de "gran precio".
 los de "a real" y de "a medio", de mejor madera, color
 firme y más fuerte púa, se encontraban los de "a vintén"
 y de "a dos cobres", cuya baratura ofrecía la triple difi-
cultad de una mala pintura, — las más de las veces un
 simple lustre, — una madera donde dejaban hondos sur-
 cos las aceradas puntas de los "otros" y una tan sencilla
púa que con frecuencia inusitada saltaba en los primeros
 "tiros" inutilizando la pieza.
Claro está que lo "clásico", lo importante, lo casi im-
 prescindible era conseguir un trompo de los buenos; con
 los otros se pagaba tributo en las "troyas", el "dentre"
 como se decía en jerga de muchachos. Y aquí, como en
 las cometas, y más aún que en aquellas, era preciso una
 buena "chaura". El hilo acarreto no servía, era preciso
 la "línea", y, pobre del padre o del hermanito mayor 
aficionado a la pesca que dejase allí, a mano, la caña de pescar
cuya línea era especial para hacer zumbar los trompos.
Las "brevas", casi siempre de fabricación casera,
con una buena púa de clavo, eran excelentes para jugar
en las "troyas". Zumbadoras y rápidas salían con facilidad
del temible círculo aún en el caso de haber cobrado
una de ias piezas, ("carnadas"), que cada jugador estaba
obligado a poner en las mismas como "dentre" y que se
iban renovando, a veces con extraordinaria abundancia,
cada vez que un competidor quedaba aprisionado en el
círculo o cuando, por cualquier circunstancia fortuita, el
trompo no bailaba o en el .caso más común de que come-
tiese la "chambonada" de no "picar" dentro del estrecho '
campo de la troya. Las "brevas" eran así elementos casi
imprescindibles para luchar sin desventajas; al celo y rapidez
con que salían de las "troyas", describiendo dilatados
circulos, se agregaba la particularidad de que, cuando
quedaban bailando agonizantes dentro del círculo fatal,
había siempre la esperanza, más aún, la casi seguridad,
de que en el último impulso, por reacción de su misma
fuerza centrífuga y dada la desproporción entre su altura
y el diámetro de su desplazamiento rotativa, saliesen
afuera, cosa imposible en los trompos comunes, chatos,
"barrigones" y sin "arranque".
Y había que hacerles las consabidas cruces en la
"panza", en la misma púa, y en la cabeza, porque el derecho
de propiedad radicaba más en este detalle que en
la propia adquisición mediante la paga. Sin estas señas
era lícita la apropiación, para lo cual solo bastaba apoderarse
de la pieza falta de alguna de ellas y declamar,
triunfante y burlón, el consabido versito: "Cruz repelúa,
no tiene seña en la púa", con las variantes "repeleza" o
"repelanza", se tratase ya de la cabeza o de la "panza".
Algo, desde luego, de ese ancestral instinto del hombre de
apropiación indebida, en lo moral, pero materialmente
legalizado, cumpliendo así el viejo y conocido adagio de
que "el vivo vive del zonzo, etc.".
Tiempos mejores. . . por idos", sin duda alguna, los
de las cometas y los trompos, pero de todos modos los de más notoria ingenuidad, patentizada en la propia
inocencia de los juegos. Claro está que a veces, rompiendo
la apacible tranquilidad de estas diversiones, surgía, tan
solo a título excepcional, la más intensa y emotiva de una
nutrida pedrea entre los alumnos de "Manrrupe" y los
de "Aurelia Viera", fruto talvez de aquella época revolucionaria,
de malsano y contagioso entusiasmo bélico en
la primera juventud o fruto acaso de la escolaridad de
entonces en la cual era preciso hacer hombres de hombres.
De cualquier manera, es evidentemente innegable,
que el trompo y la cometa reflejan, a través de algunos
años, la modalidad de aquella "muchachada" de vivir apacible,
ajena a las preocupaciones actuales, donde la juventud
pasa vertiginosamente siguiendo el ritmo de la
vida contemporánea.