En grave aprieto se vieron nuestros
buenos vecinos cuando la autoridad inglesa ordenó que todos los residentes en
este suelo jurasen, sin mas, fidelidad al Monarca británico. Es que todos se
consideraban leales súbditos de la Corona Española, amaban ciertamente a su
Rey, y no estaban dispuestos a cambiar de soberano así como así. Pero la
autoridad inglesa era inexorable: había que jurar subordinación a Su Majestad
Británica, gustase o no. Para peor, el texto a firmar era inequívoco y sin
ambiguedades: "Nosotros los abajo firmados declaramos ser, de aquí en adelante,
vasallos fieles de Su Majestad Británica, y en la presencia del Todopoderoso
juramos por el Santo Evangelio que nos conduciremos como verdaderos y leales
súbditos, y que de ningún modo, directo o indirecto, ayudaremos ni asistiremos
a los enemigos de nuestro nuevo Soberano, y antes al contrario nos obligamos a
dar información de cualquier armamento, traición o sorpresa que pueda haber o
suscitarse contra dicho Soberano"... Y por ahí seguía.
No había escapatoria: jurar eso equivalía a renunciar al monarca español, y
traicionarlo, y eso si que no. Pero como negarse al rudo ademán con que el
británico porfiado les ponía por delante aquel papel que todos debían firmar?
Fue entonces que, "providencialmente", apareció alguien que, no se sabe bien
como, propuso un agregado en el texto a firmar. Tan solo una frasecita
inofensiva, que los generales ingleses escrutinaron y examinaron a rigor,
consultaron entre si, y al final aceptaron, sin darse cuenta de que se perdían.
Decía apenas el agregado propuesto: "Se advierte que ninguno de los que
firmamos será jamás forzado ni obligado a tomar las armas contra S. M.
Católica". Nada mas ...
El día 6 de febrero el General inglés de tierra llamo al clero para que
concurriese al Cabildo a prestar el juramento antedicho, y afirmarlo en un
libro en blanco. El buen Vicario Eclesiástico de Montevideo, hombre de una
sola pieza, se armó de coraje y abiertamente se rebeló. Declaró que de ningún
modo firmaría aquello, e inventó un par de pretextos no demasiado creíbles:
que no podía firmar sin consentimiento de su Obispo radicado en Buenos Aires;
y sacó a relucir unas Bulas Pontíficias que según el le impedían prestar esa
clase de juramento.
Al Gobernador inglés no le hizo ninguna gracia la negativa de la máxima
autoridad religiosa de la ciudad. Con sequedad desestimó los pretextos,
aduciendo que la consulta del Obispo era impracticable por hallarse este "en
país enemigo", y afirmando, como si fuera una autoridad en temas eclesiásticos,
que era falso que el juramento se opusiera a ninguna Bula Pontificia ni cosa
parecida.
El Vicario volvió a replicar, y el Gobernador a responder lo mismo, y así se
habrían pasado hasta el fin de los tiempos si no fuera porque de repente allí
apareció un segundo sacerdote, que dejando a todo el mundo pasmado y con la
boca abierta, anunció que el si iba a jurar y a firmar de inmediato. Y con que
argumentos! Adujo, para escándalo del noble Vicario, que el había contribuido
todo lo que le fue posible a que la Plaza se defendiese y conservase "para
nuestro Rey y Señor natural"; pero que habiendo sido vanos los esfuerzos, y
hallándose él en necesidad de vivir en Montevideo porque aquí tenía sus
posesiones y toda su subsistencia, no le quedaba otro recurso "que el de
sujetarme y subordinarme al nuevo Gobierno, y vivir en el tranquilo ..."
Asombro general, sobre todo porque quien todo esto afirmaba de viva voz era
nada mas ni nada menos que nuestro eminente Presbítero Manuel Perez Castellano,
quien, en efecto, se había distinguido por su férrea resistencia al invasor
ingles y su empeño en proseguir la lucha hasta último momento.
Al oir sus palabras, se enfureció el vicario, y trató a Perez Castellano de
adulón. Pero este no debe haberse inmutado. Anotó después, en sus papeles: "Me
preguntó delante de que autoridad juraría. Le respondí que en su presencia, y
pudiera haberle dicho mejor que yo juraría en la presencia de Dios, como juró
San Pablo escribiendo a los romanos ... " Y a continuación se explaya, en
cuatro o cinco densas páginas de doctrina, a propósito de juramentos y bulas
pontíficias vistas a la luz de la teología y de la jurispruencia canóniga ...
Pero al cabo de estas tediosas divagaciones, de pronto aparece la clave de su
aparente claudicación. Explica, y uno le adivina la socarronería:
"En la fórmula propuesta del juramento se expresa que los abajo firmados juran
obediencia, fidelidad y vasallaje al Rey de la Gran Bretaña. Con esa expresión
no se dá a entender de ningún modo que se renuncia a la esperanza de volver al
vasallaje del Rey de España, lo que evidentemente se acredita con la cláusula
puesta al fin de la fórmula:
la que dice que no se les ha de obligar jamás a los que juran, a que tomen las
armas contra S. M. Católica; expresión que fuera inadmisible si el vasallaje
jurado fuera perpétuo y no nos quedará esperanza de volver por la paz o de
otra maner justa, al vasallaje en que nacimos ..."
Esta habilidosa interpretación de leguleyo permitió a don Manuel firmar y
jurar sin el menor cargo de conciencia, seguro de no faltar a sus deberes para
con su Rey español ...
Y así, siguiendo el camino señalado por el eminente Presbítero, el juramento
circuló de mano en mano por todo el vecindario, y todos juraron y firmaron sin
la menor violencia. Creo que la crónica de estos sucesos no aclara quien fue
la mano sibilina y sagáz que introdujo en el texto del inglés el agregadito
salvador. Tampoco parece que haga falta ...
"Boulevard Sarandí" de Milton Schinca.
(Llegan los ingleses - 1806-1807)
Anécdotas, gentes, sucesos del pasado montevideano.
