Irineo Leguizamo

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2002 ~ 11 años difundiendo nuestras raíces ~ 2013


Domingo Tortorelli

                    

 

LAS PRIMERAS ELECCIONES PRESIDENCIALES URUGUAYAS

de la década del cuarenta coincidieron

con el pleno desarrollo de la Segunda

Guerra Mundial.

En noviembre de 1942, el grueso del

electorado estaba acaparado por los dos partidos

tradicionales. La creciente intervención

armada de Estados Unidos en el conflicto

mundial, así como su intrusión diplomático

militar cada vez mayor en los países de América

Central, generaba reacciones diversas

en las tiendas políticas de nuestras tierras,

que se evidenciaban en las arengas de los

distintos candidatos promulgando el rechazo

o la anexión a la doctrina Monroe.

Uruguay, gobernado en las primeras

décadas de este siglo por el batllismo, había

sostenido tradicionalmente una política

panamericanista, apoyada en el ideal de la

unión de los intereses de las Américas, que

desde un punto de vista práctico mostraba

una cierta afinidad con los intereses norteamericanos

de entonces. Pero el golpe de

Terra había generado divisiones en filas coloradas,

resultando la fórmula de Juan José

de Amézaga y Alberto Guani la más conveniente

para contribuir a la que finalmente

sería su victoria por holgado margen.

En el Partido Nacional, la tajante

división entre herreristas y blancos independientes

encontraba un único frente

común en la posición antiimperialista y de

rechazo a la intervención de Estados Unidos

en los asuntos de otros países.

Los sueños de Tortorelli

FEDERICO LEICHT

PERIODISTA

Canillas de leche en las esquinas, carreteras en bajada para ahorrar

combustible, jornadas laborales de 15 minutos, reforma agraria sin

exclusiones, eran algunas de las quiméricas propuestas de campaña

de un candidato singular que hace años prefería «cortarse solo» a

los grandes partidos políticos que le prometían un lugar destacado

en sus tiendas. Se autodenominaba pomposamente «el primer demócrata

» y fue, a su modo, el primer y último candidato del disparate

–en serio- que tuvo este país.

 

En este radicalizado marco político

electoral existía un candidato que incluía

expresamente en su programa electoral la

intención de «gobernar en paz con todas

las naciones del mundo», al tiempo que se

declaraba enemigo de los grandes trusts,

contrario al servicio militar obligatorio y

ferviente partidario de la reforma agraria.

Pero no eran estos los principales postulados

—ni los más descabellados— del candidato,

al que por cierto todos los partidos

querían tener en sus propias tiendas.

Lo llamaban «el paladín de los desheredados

», «el gran orador de la verdad

», «el candidato del pueblo», «el salvador

de la patria»; su nombre era Domingo

Tortorelli y contaba entonces con

40 años de delirantes sueños presidencialistas

al hombro.

Populismo aplicado

Tortorelli supo aprovechar bien la ubicación

a la que daba el balcón de su residencia.

Ubicada en 18 de Julio y Juan Paullier,

era el punto perfecto para que, después de

algún partido de fútbol importante, cuando

centenares de personas regresaban a

sus hogares caminando por la principal

avenida, este populista por antonomasia

se asomara al balcón repleto de estandartes

e iniciara —bajo la aclamación del público

presente— sus célebres discursos:

«Las ovaciones no me envanecen, al contrario,

me animan, me alientan para no

detenernos (…) Acordáos que lleváis en la

vanguardia de vuestras filas a un hombre

de alma grande y pura, de carácter elevado

y sencillo que está a vuestro lado en la

justicia, y que no se dejará arrebatar por

el orgullo ni por el egoísmo, que es humilde,

perseverante, combatiente, e invencible

y modesto héroe de las democracias y

más que todo, regó con su sudor el campo

de la labor humana ¡Seguidme!».

Se congregaban multitudes para

escucharlo, y hasta hubo ocasiones en las

que se debió cortar el tránsito. La montonera,

a la que Tortorelli, al mejor estilo Eva

Perón (otra populista con un poco más de

suerte) llamaba «mis descamisados», interactuaba

con el candidato de un modo que

causaba envidia al resto de los políticos

profesionales de la época. Cuando al público

no le gustaba lo que decía se ponía a

mirar para la vereda de enfrente o le gritaba

cosas a las que «el paladín de los desheredados

» respondía enfervorizadamente.

Se ofuscaba tanto que incluso a veces terminaba

solicitando a alguno de sus críticos

escuchas que se retirara.

Es que sus propuestas no eran poca

cosa. El programa de gobierno de Tortorelli

para las elecciones de 1946 proponía aumentos

y más aumentos; para los funcionarios

públicos, los municipales, los jubilados, los

pensionistas, las Fuerzas Armadas o la Policía.

A estos aumentos se sumaba la tentadora

disminución del precio de muchos productos

y servicios. Yerba, azúcar, vino, cerveza,

pasajes de ferrocarril, fletes para ganado,

y hasta los pasajes a Buenos Aires,

serían rebajados a la mitad por decreto.

[...] Los batllistas andan como

locos detrás mío, porque saben

que esa sería la única manera

de imponer el Colegiado. Los socialistas

se agarran de que tenemos

afinidades y me ofrecieron

una diputación [...] Los comunistas

me manifestaron que

yo sería el ideal para un candidato

único.

[...] Acordáos que lleváis en la

vanguardia de vuestras filas a

un hombre de alma grande y

pura, de carácter elevado y sencillo

que está a vuestro lado en

la justicia, y que no se dejará

arrebatar por el orgullo ni por el

egoísmo, que es humilde, perseverante,

combatiente, e invencible

y modesto héroe de las

democracias y más que todo,

regó con su sudor el campo de

la labor humana ¡Seguidme!».

En materia de vivienda, simplemente

sustituir los asentamientos precarios por

cómodas y confortables «viviendas económicas

modernas»; cinco mil de ellas se extenderían,

por ejemplo, a lo largo y ancho

del campo del Club de Golf.

Como si esto fuera poco, Tortorelli

pretendía ganarse al electorado con una

plataforma que reivindicaba el derecho al

descanso. Para los trabajadores del sector

privado proponía jornadas de seis horas,

para los del sector público establecía un

cuarto de hora diario, sumándole además

la intención de «que todo el mundo sea

empleado público». Esta última idea «también

me la plagiaron los batllistas», decía el

irreverente Tortorelli.

Una fuente inagotable

Domingo Tortorelli nació el 22 de mayo de

1902, hijo de un agrimensor y «una dama

de altas virtudes», como a él le gustaba

decir; estudió agronomía y la abandonó luego

para dedicarse al trabajo en sus granjas.

Su esposa, Anatolia Manrupe de

Tortorelli, acompañó a su marido en su

carrera política, e integró en 1946 la fórmula

presidencial como candidata a la vicepresidencia

de la República por el partido

de La Concordancia Laborista, lista 200. Y

también daba discursos, como este, pronunciado

en Punta Carretas y extractado

por el órgano oficial de las filas laboristas,

«La Voz de Tortorelli»: «Sólo el patriotismo

abnegado y generoso de un hombre

noble y honrado ha movido para establecer

estas fecundas corrientes de simpatía

entre todas las clases sociales, entre todas

las ideas políticas y entre todas las creencias

». Más adelante Manrupe incitaba a los

jóvenes a plantearse el cuestionamiento:

«¿Qué haremos hoy por el triunfo de la

causa de Tortorelli, que es nuestra causa?

» y solicitaba «a las madres, a las hijas,

a las novias que nos acompañen en esta

gloriosa lucha (…) en ustedes dejo el mayor

y más noble trabajo, el de estudiar,

comprender y transmitir el Programa de

Gobierno». Cuentan las malas lenguas que

Manrupe –docente, bastante mayor que

él- era la dueña del dinero que su marido

despilfarraba en su imperioso afán presidencialista.

En 1950, Tortorelli volvió a presentarse

a los comicios. En aquella oportunidad

acusó al presidente Luis Batlle Berres

de robarle las ideas: «Hace pocas noches

pasó por aquí el número uno. Dió dos vueltas

por delante de mi casa, y yo me pude

fijar que alguien que estaba dentro del automóvil

tomaba apuntes con una libretita

de todas las cosas que yo proclamo en los

carteles (…) Pero a mí no me importa. Me

sacarán las ideas que pongo en la puerta

de calle, pero adentro tengo más ¡Soy una

fuente inagotable!».

Efectivamente, las ideas de Tortorelli

manaban a borbotones. Durante aquellas

elecciones llegó al clímax demagógico

cuando propuso construir carreteras de

dos vías, una inclinada en cada dirección a

los efectos de ahorrar combustible. Una

de las propuestas más recordadas era la de

sustituir las canillas de agua que por entonces

había en las esquinas, por canillas

que vertieran leche. Ponerle techo al esta-

dio Centenario, crear 200 cines municipales

gratuitos o transformar el Valle Edén

de Tacuarembó en una nueva Venecia eran

otros de sus proyectos de gobierno, pero

quizás el que más enardecía a los jovenes

rehuidos por el amor era el de implantar el

matrimonio obligatorio para los mayores

de 25 años. «¡Tortorelli al Poder!, ¡Tortorelli

a la Presidencia!», lo vivaban sus fieles

seguidores, que en los comicios de mitad

de siglo terminaron siendo solo 38.

Candidato disputado

A pesar de la magra marcación de votos,

antes de los comicios Tortorelli alardeaba

de las propuestas de alianzas electorales que

había recibido: «aunque muchos han querido

llevarme para sus respectivas agrupaciones,

yo prefiero cortarme solo (…) Los

batllistas andan como locos detrás mío,

porque saben que esa sería la única manera

de imponer el Colegiado. Los socialistas

se agarran de que tenemos afinidades y

me ofrecieron una diputación (…) Los comunistas

me manifestaron que yo sería el

ideal para un candidato único. Y finalmente

algunos miembros de la Unión Cívica

me han sugerido que integre mi fórmula

con el diputado Flores».

Hay que tener presente que Tortorelli

era un candidato de verdad. El no estaba

jugando a la política sino que estaba convencido

de poder realizar lo que decía. Exigía

además la reforma de la ley de lemas, la

renuncia con un año de anterioridad de los

funcionarios de la administración pública

que se fueran a presentar a cargos electivos,

y reafirmando férrea su oposición al

servicio militar obligatorio (muy en boga

en aquellos tiempos de guerra), expresaba

que debían haber «menos cuarteles y más,

muchas más granjas».

También manifestaba que «los profesores

deben ser nombrados con el acuerdo

de los estudiantes».

Si bien Tortorelli forma parte hace

mas de medio siglo del folclore nuestro de cada

día, la frescura y la candidez de su memoria

sirven para recordarnos que la política

—aún en estos tiempos de tecnocracias,

estrategias y prudencias propositivas— es

la que nace del pueblo y sus inquietudes

básicas.

[...] Hace pocas noches pasó por

aquí el número uno. Dió dos vueltas

por delante de mi casa, y yo

me pude fijar que alguien que estaba

dentro del automóvil tomaba

apuntes con una libretita de todas

las cosas que yo proclamo en los

carteles (…) Pero a mí no me importa.

Me sacarán las ideas que

pongo en la puerta de calle, pero

adentro tengo más ¡Soy una fuente

inagotable!

 


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