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Los Cuentos del Tío Juan
"EL HOMBRE DE CORCHO"
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Una estatua de oro y otra de corcho del mar cayeron al profundo
abismo:
se hundió la que valía gran tesoro, la otra se salvó del cataclismo,
caminando sin prisa por la vida entre los hombres vi pasar lo mismo
aquel que vale se hunde en mar ignota
pero el hombre de corcho siempre flota.
Ricardo Palma
Roberto Arlt
El hombre corcho, el hombre que nunca
se hunde, sean cuales sean los acontecimientos turbios en que
está mezclado, es el tipo más interesante de la fauna de los
pilletes.
Y quizá también el más inteligente y el más peligroso.
Bueno, cuando malandra de esta o de
cualquier otra categoría os diga que “su buen nombre y honor no
quedan afectados por el proceso”, pónganse las manos en los
bolsillos y abran bien los ojos, porque si no les ha de pesar
más tarde.
Ya en la escuela fue uno de esos alumnos solapados, de sonrisa
falsa y aplicación excelente, que cuando se trataba de tirar una
piedra se la alcanzaba al compañero.
Siempre fue así, bellaco y tramposo, y simulador como él solo.
Este es el mal individuo, que si frecuentaba nuestras casas
convencía a nuestras madres de que él era un santo, y nuestras
madres, inexpertas y buenas, nos enloquecían luego con la
cantinela:
-Tomá ejemplo de Fulano. Mirá qué buen muchacho es.
Y el buen muchacho era el que le ponía alfileres en el asiento
al maestro, pero sin que nadie lo viera; el buen muchacho era el
que convencía al maestro de que él era un ejemplo vivo de
aplicación, y en los castigos colectivos, en las aventuras en
las cuales toda la clase cargaba con el muerto, él se libraba en
obsequio a su conducta ejemplar; y este pillete en semilla, este
malandrín en flor, por “a”, por “b” o por “c”, más profundamente
inmoral que todos los brutos de la clase juntos, era el único
que convencía al bedel o al director de su inocencia y de su
bondad.
Corcho desde el aula, continuará siempre flotando; y en los
exámenes, aunque sabía menos que los otros, salía bien; en las
clases igual, y siempre, siempre sin hundirse, como si su
naturaleza física participara de la fofa condición del corcho.
Ya hombre, toda su malicia natural se redondeó, perfeccionándose
hasta lo increíble.
En el bien o en el mal, nunca fue bueno; bueno en lo que la
palabra significaría platónicamente. La bondad de este hombre
siempre queda sintetizada en estas palabras:
“El proceso no afectó ni mi buen nombre ni mi honor”.
Allí está su bondad, su honor y su honradez. El proceso no “los
afectó”. Casi, casi podríamos decir que si es bueno, su bondad
es de carácter jurídico. Eso mismo. Un excelente individuo,
jurídicamente hablando. ¿Y qué más se le puede pedir a un
sinvergüenza de esta calaña?
Lo que ocurrió es que flotó, flotó como el maldito corcho. Allí
donde otro pobre diablo se habría hundido para siempre en la
cárcel, en el deshonor y la ignominia, el ciudadano Corcho
encontró la triquiñuela de la ley, la escapatoria del código, la
falta de un procedimiento que anulaba todo lo actuado, la
prescripción por negligencia de los curiales, de las aves negras,
de los oficiales de justicia y de toda la corte de cuervos
lustrosos y temibles. El caso es que se salvó. Se salvó “sin que
el proceso afectara su buen nombre ni su honor”. Ahora sería
interesante establecer si un proceso puede afectar lo que un
hombre no tiene.
Donde más ostensibles son las virtudes del ciudadano Corcho es
en las “litis” comerciales, en las trapisondas de las reuniones
de acreedores, en los conatos de quiebras, en los concordatos,
verificaciones de créditos, tomas de razón, y todos esos
chanchullos donde los damnificados creen perder la razón, y si
no la pierden, pierden la plata, que para ellos es casi lo mismo
o peor.
En estos líos, espantosos de turbios y de incomprensibles, es
donde el ciudadano Corcho flota en las aguas de la tempestad con
la serenidad de un tiburón. ¿Que los acréedores se confabulaban
para asesinarlo? Pedirá garantías al ministro y al juez. ¿Que
los acreedores quieren cobrarle? Levantará más falsos
testimonios que Tartufo y su progenitor ¿Que los falsos
acreedores quieren chuparle la sangre? Pues, a pararse, que si
allí hay un sujeto con derecho a sanguijuela, es él y nadie más.
¿Que el síndico no se quiere “acomodar”? Pues, a crearle al
síndico complicaciones que lo sindicarán como mal síndico.
Y tanto va y viene, y da vueltas, y trama combinaciones, que al
fin de cuentas el hombre Corcho los ha embarullado a todos, y no
hay Cristo que se entienda. Y el ganancioso, el único ganancioso,
es él. Todos los demás ¡van muertos!
Fenómeno singular, caerá, como el gato, siempre de pie. Si es en
un asunto criminal, se libra con la condicional; si en un asunto
civil, no paga ni el sellado; si en un asunto particular,
entonces, ¡qué Dios os libre!
Tremendo, astuto y cauteloso, el hombre Corcho no da paso ni
puntada en falso.
Y todo le sale bien. Así como en la escuela pasaba los exámenes
aunque no supiera la lección, y en el examen siempre acertó por
una bolilla favorable, este sujeto, en la clase de la vida, la
acierta igualmente. Si se dedicó al comercio, y el negocio le va
mal, siempre encuentra un zonzo a quien endosárselo. Si se
produce una quiebra, él es el que, a pesar de la ferocidad de
los acreedores, los arregla con un quince por ciento a pagar en
la eternidad, cuando pueda o cuando quiera. Y siempre así, falso,
amable y terrible, prospera en los bajíos donde se hubiera ido a
pique, o encallado, más de una preclara inteligencia.
¿Talento o instinto? ¡Quién lo va a saber! Aunque sin duda el
tío Juan si sabe como será el final del hombre de corcho.