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2002 ~ 11 años difundiendo nuestras raíces ~ 2013

 

Serafín J García


Poeta uruguayo nacido el 5 de junio de 1905, en Cañada Grande, Departamento de Treinta yTres. Fue bautizado Serafín José García. Sus padres eran Serafín García, Minuano, y doña Sofía Correa, treintaitresina, integrante de una familia de viejo arraigo en aquel Departamento. Se dice que su madre lo nombró José porque ella era devota de San José. Sus bisabuelos por ambas ramas de origen, tuvieron participación en las luchas por la independencia nacional.

A los 5 años se trasladó con su familia a Vergara, pequeño pueblo de unos tres mil habitantes, donde cursó el ciclo de Enseñanza Primaria. No tuvo otros estudios, habiendo realizado su formación cultural en forma enteramente autodidáctica. Fue empleado de farmacia, aprendiz de tipógrafo, ayudante de rematador público, y poco después de cumplir los veinte años de radicó en la ciudad de Treinta y Tres, donde ingresó a la Policía operando como telefonista y encargado del Archivo de la Jefatura olimareña. Modesto guardia civil, desconocido poeta y literato, en 1935 comienza a dedicarse a una larga existencia al servicio de la poesía y de la literatura gauchesca del Uruguay. En el año 1936, a poco de ser publicada su primer obra "Tacuruses", Serafín José García recibiría por su obra el "Premio Ministerio de Instrucción Pública". Por Decreto del 18 de

febrero de 1936, el Presidente Terra autorizó al Ministerio del Interior para que adquiriera 300 ejemplares de la obra "Tacuruses", a efectos de ser distribuidos en las distintas Jefaturas de Policía del país, "con encargo de hacerla conocer al personal de sus dependencias". También, como justo premio a su esfuerzo, García fue designado por el Artículo 3ro. de la misma Resolución, para ocupar un cargo vacante de Subcomisario en la 8va. Sección (Santa Clara de Olimar) del departamento de Treinta y Tres, aunque continuaría prestando servicios en la propia Jefatura departamental. En 1940, Serafín J. García solicita el retiro y se traslada definitivamente a residir en Montevideo.

Es autor de los siguientes libros: "Tacuruses" (1936), "En carne viva" (1937), "Tierra Amarga" (1938), "Burbujas" (1940), "Barro y Sol" (1941), "Asfalto" (1944), "Raíz y Ala" (1949), "Romance de Dionisio Díaz" (1949), "Las Aventuras de Juan el Zorro" (1950), "Agua Mansa" (1952) y "Flechillas" (1957).

Obtuvo cinco veces premios de literatura en los concursos anuales del Ministerio de Instrucción Pública, y tres en otros concursos de carácter diverso. Muchos de sus poemas y cuentos han sido traducidos al inglés, al francés, al portugués y al italiano. Dio numerosas conferencias sobre literatura nativa en Uruguay, Argentina, Brasil y Paraguay. Su obra más exitosa y popular ha sido "Tacuruses", libro que lo mismo se encuentra en la biblioteca del hombre refinado y culto que en la maleta del tropero o en el humilde baúl del peón de estancia o del agricultor.


Serafín J García  ha perpetuado esta historia de heroísmo  tal vez desconocida por gran parte de nuestra juventud, rememorémosla:

 Dionisio Díaz

Dionisio Díaz (1920 - 1929) Protagonista de una de las historias populares más increíbles de la narración uruguaya. Nació el 9 de mayo de 1920 en el pequeño poblado de Arroyo de Oro (hoy Mendizábal) en el departamento de Treinta y Tres, Uruguay. Vivía con su madre, su abuelo y su pequeña hermana a la que él adoraba. Poseían una pequeña granja en la que trabajaban y con ella sobrevivían. La tragedia aconteció en la medianoche del día de cumpleaños de Dionisio, el 9 de mayo de 1929, cuando su abuelo, sumido en un ataque de locura, apuñaló a su madre. Cuando Dionisio se enteró, ésta ya estaba muerta. Fue entonces por su hermanita, la cual dormía plácidamente en su cuna. Cuando la tomó, su abuelo le dio una puñalada tan grande que literalmente le atravesó el abdomen. Se ocultó de su abuelo, cubrió su gravísima herida con sábanas, esperó por horas una ocasión propicia y caminó 9 kilómetros hasta el entonces Poblado del Oro, donde dejó a su hermanita en un destacamento policial. Lo vio el médico local que ordenó su internación inmediata en el hospital departamental de Treinta y Tres. Al otro día un coche particular que pasaba por el lugar se ofreció a llevarlo. Al llegar al hospital, Dionisio fallece. Su tragedia es evocada como un verdadero ejemplo de estoicismo y lucha ante la adversidad. Se le conoce también como el "héroe del Arroyo de Oro".


"Romance de Dionisio Díaz" (1949)

DE :Serafín J. García.

I

RAZON DEL CANTO

Dionisio, niño infinito,

Niño esencial y perpetuo,

Mojón de amor enclavado

Sobre la muerte y el tiempo:

Desde la flor sin otoños

De tu sangre, niño inmenso,

La raza gaucha levanta

Su signo heroico y fraterno.

 

Muchacho de sol y trigo,

Simbiosis de campo y cielo:

Para cantarte quisiera

Tener la voz de los vientos

Caminadores y ariscos

Que musicaron tus sueños;

Poder sonar el clarín

Matinal de los horneros,

Cuya franqueza rotunda

Te ancheó las puertas del pecho;

Resucitar las palabras

Que habló la lluvia en tu alero,

Y de tus breves veranos

Desanudar el acento;

Asir el son de tus pasos

Madrugadores e inquietos,

Y empañarle el rostro al día

Con la niebla de tu aliento.

Y también hundir quisiera

Las antenas de mi verso

En la matriz de la tierra

Que dio la cal de tus huesos.

Y aprender tu abierto llano

Flor a flor, trébol a trébol,

Y arder en los libres soles

Que doraron tus cabellos.

 

Sólo así podría mi canto

Desceñir el haz del tiempo

Que apagó tus mariposas

Y enmudeció tus jilgueros.

Sólo así reencendería

Mi voz tu acendrado fuego,

La luz azul de tus ojos,

Tu lustral sangre sin miedo,

Y el puro amor que ensanchaba

Tu corazón de lucero.

 

Pero he de cantar, no obstante

La opacidad de mi acento,

Esta canción obstinada

Que me calienta los huesos,

Y en la inquietud de la sangre

Me labra caminos nuevos.

 

Y he de cantarla, Dionisio,

Por el niño que aun conservo

Vertical sobre mis días,

Desmintiéndome el invierno,

Allegando madrugadas

A las noches de mi esfuerzo.

Y también por otros niños

Que mis ojos aprendieron

En tu pago y en mi pago,

Pena a pena, sueño a sueño.

Por los niños campesinos,

Todos tristes, todos serios,

Pies que hiela el blanco junio

Y que quema el rojo enero,

Tiernas manos sin juguetes

Agrietadas a destiempo,

Mustias bocas doloridas

De pan duro y de silencio.

 

Es por ellos sobre todo

-tu lo sabes, niño inmenso-,

Es por ellos tus hermanos

Rubios, indios, pardos, negros,

Por afuera tan distintos,

Tan iguales por adentro,

Todos ellos refundidos

En tu amor y en tu denuedo,

Por la herida de tu vientre

Desangrados todos ellos,

Que mi opaca voz pretende

Revivir tu heroico gesto,

Historiar la hazaña enorme

Que salvó tu luz del tiempo,

Para izarla en la memoria

Fiel y cálida del pueblo

Como un hito de la vida,

Cual semáforo perpetuo

Que ninguna noche apaga

Ni derriba ningún viento.

 

Es por ello –tú lo sabes,

Niño gaucho- que te ofrezco

Este canto que me sube

De la sangre y de los huesos.

II

LA FAMILIA

Era un llano soledoso

Sobre el cual el tiempo lerdo

Desmadejaba sus días

Y sus noches en silencio.

Inmensidad sin memoria

Para el hombre y sus desvelos,

Ni caminos lo aprendían

Ni lo historiaban recuerdos.

 

Y era sobre el llano el rancho

Con su destino pequeño

-fraternidad de terrones

Combatida por los vientos-,

Y en el rancho una sencilla

Familia de chacareros,

Atada siempre a la tierra,

Pendiente siempre del cielo,

Fluctuando entre los vaivenes

De la esperanza y el miedo.

 

Juan Díaz –silencio huraño,

Tez curtida rostro quieto,

Anchas manos aradoras,

Torpes pies de paso lerdo-

Fatigaba su insondable

Corazón bajo aquel techo,

Mientras .los años secaban

La espiga de sus recuerdos.

 

Y a su lado, sus zozobras

Y esperanzas compartiendo,

Nuevos causes de la vida

Prolongándole en el tiempo,

Manos nuevas, en el surco

Su destino repitiendo

Con idéntica paciencia,

Con igual obstinamiento,

Un hijastro y una hija

Unidos por hondo afecto.

El, Eduardo, habilidosos

Labrador y carpintero

-lisiado, un pie de madera

Por sus propias manos hecho-,

Expresándose en el árbol

Y el maíz, idioma eterno;

Afiliados alma y brazos

Con amor al noble esfuerzo.

Y ella, María, muchacha

Sin represas en el pecho,

Corazón a flor de labios,

Inocencia a flor de cuerpo,

Dócil tierra que a la vida

Su tributo iba rindiendo,

Fértil vientre ya frutado

Por dos gérmenes diversos.

 

De ese vientre procedía

-claro fruto temprano

De un amor desnudo y libre

Como el sol y como el viento,

Que por se de amor venido

Era alegre, dulce y bello-

El impar Dionisio, el héroe

De la historia que aquí cuento,

Rubio niño de nueve años

Con el sol en los cabellos

Y por ojos dos enormes

Gotas límpidas del cielo.

 

Y, como último retoño

De aquel núcleo chacarero

-nuevo surco de la vida

Que labrara un amor nuevo-,

Marina, que ya ensayaba

Sus primeros balbuceos.

 

Cinco seres que en la vida

Su destino iban cumpliendo

Sobre el campo sin memoria,

Llana el alma y hondo el sueño.

Cinco sendas paralelas

Internándose en el tiempo,

Ya en el fin la más antigua,

La más nueva en el comienzo.

 

Los mayores laboraban

De alba a noche, graves, serios,

Sol a sol sobre la nuca,

Surco y surco bajo el pecho,

Un camino sin variantes

Siempre haciendo y deshaciendo

-rancho y chacra, chacra y rancho-

Con iguales pasos tercos.

 

Y después la muda rueda

De cansancios , junto al fuego

Sin más voz que la del mate

Deslizando en el silencio

Vagos, tímidos llamados

A un común esparcimiento

Que pusiera entre alma y alma

La luz franca de un afecto,

Aliviando así la amarga

Soledad de cada pecho.

 

Vano empeño, pus Juan Diaz,

Siempre arisco, siempre hermético,

No franqueaba nunca, a nadie,

Corazón ni pensamiento.

Y los hijos, su inmutable

Voluntad obedeciendo,

Acabaron por tornarse

Poco a poco, sin remedio,

Enigmáticos islotes

En el mar de aquel silencio.

Tal el mundo en que Dionisio

Su niñez iba viviendo;

Mundo hostil, que puso diques

A su gárrulo contento

Y un precoz aire de pena

Dio a sus ojos color cielo.

 

Tal el ámbito invariable

Que amustiaba el verde tiempo

Del candor y de la gracia,

La pureza del comienzo,

En el alma de aquel hijo

Del amor, alegre y pleno.

 

Hoscos días solitarios,

Sin juguetes y sin besos;

Noches huecas, y desprovistas

De leyendas y de cuentos;

Sucesión de horas iguales

Entre un sueño y otro sueño,

Que poblaban solamente,

Dramatizando el silencio,

Los suspiros de la madre,

La tos bronca del abuelo,

Y el coloquio misterioso

De los árboles y el viento.

 

Pero estaba allí la tierra

Generosa, repitiendo

Mies a mies, cada verano,

Su lección de amor eterno.

Y la vívida alegría

De los pájaros inquietos,

Que llenaban las mañanas

De canciones y aleteos.

Y la humilde flor del campo

Su alma cándida esparciendo

A lo largo de los días,

Con ahincado y dulce empeño.

Y el zumbido de la abeja

Laboriosa, y el ejemplo

Del arroyo que pasaba

Siempre alegre, siempre nuevo,

Revelando piedra a piedra

Su destino de viajero,

Sol a sol desanudando

Sus más íntimos secretos.

 

Poco a poco fue Dionisio

Su alma lúcida embebiendo

De ese idioma in formulado

Que le hablaba el universo;

Descifrando poco a poco

La honda clave del ser pleno

Que su ubicua voz le abría

Desde el agua y el insecto,

Desde el brote de la rama

Y el rumor del pasto nuevo,

Desde el pulso imperceptible

De la espiga en crecimiento,

Desde el hueco de los nidos

Y el latir de los polluelos,

Y el trasiego de la savia

De un renuevo a otro renuevo,

Y el zurear de las palomas

En la copa de los ceibos.

 

Supo entonces con profundo,

Con raigal conocimiento

A su sangre incorporado,

Radicado en carne y huesos,

Que la vida vale siempre

Toda lucha, todo esfuerzo

Por vivirla dignamente,

Noblemente, a pecho abierto;

Que el amor que un ser irradia

Más allá de toda muerte,

Siempre encuentra puerta y eco

Más allá de todo miedo;

Que su llama sobrevive

A la noche de los cuerpos,

Y perdura su latido

Sobre el tiempo y el silencio,

Ya en el rostro de una estrella,

Ya en el ojo de un veneno,

Ya en el canto de la lluvia,

Ya en la música del viento

Que destreza colmenares,

Suena juncos, risas esteros,

Y transporta flor y aroma,

Trino y ala, nube y sueño.

 

Lo aprendió desde la sangre,

Sin palabras, sin conceptos,

Fibra a fibra de su carne,

Poro a poro de su cuerpo.

Lo aprendió naturalmente,

Sin pensar en aprenderlo,

Como aprende el trigo a erguirse,

Como el ave aprende el vuelo.

 

Y no tuvo, desde entonces,

Soledades en su pecho,

Ni tristeza en sus ojos,

 Ni en su corazón recelos.

Un sentido constructivo

De la vida, un gran deseo

De servirla en sus designios

Más profundo y más bellos;

Un afán incontenible

De ser útil, de ser bueno,

De pujar con las raíces,

De fulgir con los luceros,

De ser gota de la lluvia

Cuando estaba el campo seco,

De sumarse a los tizones

Que amansaban el invierno;

Un impulso permanente,

Un porfiado y hondo anhelo

De abarcar con la alta llama

De su amor al mundo entero,

Enseñóle desde entonces

A ver claro el rancho negro,

Confortable el duro catre,

Dulce el rostro del abuelo,

Y granado de canciones

El hermético silencio

Que velaba cada noche

La familia, junto al fuego.

 

Tal el alma prodigiosa

Que alentaba en aquel pecho

Tal la luz que ardía en el héroe

De la historia que aquí cuento. 

III

LA TRAGEDIA

La amarga noche de mayo

-borrón de silencio y frío-

Aprisionaba en un brete

De angustia los ranchos míseros.

Ciegos fogones dolían

En los ojos campesinos

Dolor de brasas ausentes

Y encanecidos ladrillos.

Y los grasientos candiles,

Con su llanto desvalido,

Lágrima a lágrima iban

Midiendo el tiempo remiso.

 

Todo el campo era un asecho

Sin voces y sin latidos,

Una fatídica espera

Llenas de miedo antiguos.

Tiesas lechuzas clavaban

En los postes su sigilo

Y taladraban lAs sombras

Con sus ojos amarillos.

Murciélagos fantasmales

Revolaban, sibilinos,

Trazando signos aciagos

En el aire quieto y frío.

 

Todo el campo era una espera

Dura y tensa, un vaticinio

De tragedia ineluctable,

De ancestral determinismo.

La presencia de la muerte

Nivelaba en un atisbo

Fatalista y resignado

Piedra y árbol, cardo y nido.

 

Y el drama irrumpió de pronto,

Resumido en un cuchillo

Que puso lívido el aire

Con su relámpago frío.

 

Juan Díaz, el insondable

Labrador enloquecido

Por quien sabe qué visiones,

Por quién sabe qué delirios

Germinados en el fondo

De su hermético mutismo,

En el caos incontrolable

De sus meandros instintivos,

Buscó en la muerte respuestas,

Buscó en la sangre caminos

Al ciego resentimiento

Contra la vida, al antiguo,

Tenaz rencor, que espoleaba

Su voluntad de exterminio.

 

 

Fue María la primera

Que el acero hirió. Su grito

Se derramó por la noche,

Suplicante, desvalido,

Deshilachando sus ecos

Entre las sombras y el frío.

Contra el pobre cuerpo inerte

Se alzó de nuevo el cuchillo,

Roja centella implacable

Rasgando el aire aterido.

Pero ya entre pecho y arma,

Pleno de amor y heroísmo,

La noble sangre ofrecida

Por entero al sacrificio,

Sin flaquezas y sin llantos,

Sin temores y sin gritos,

Oponiendo sus nueve años

A la  muerte, estaba el niño

De los ojos color cielo

Y el cabello color trigo,

El más alto paradigma

Del valor afirmativo,

El Dionisio inmensurable

De esta  historia que aquí digo.

Y fue vana la amenaza,

Vano el gesto imperativo,

Vano el empellón violento

Muchas veces repetido:

Siempre estaba el niño heroico

Entre victima y cuchillo.

 

Hasta que al fin el acero

Del vesánico asesino

Hirió el brazo, hirió la ingle,

Hirió el vientre de Dionisio,

Y sólo entonces Juan Díaz

Pudo cumplir su designio.

 

Cuando el niño vio a su madre

Caer, cuando el asesino

Se inclino para ultimarla

-ya hasta bestia descendido-

Y oyóle gritar, frenético:

“!con todos haré lo mismo!”,

No sintió más sus heridas

Ni vio de su sangre el río

Descender, buscando cause

Entre las grietas del piso.

Otra hazaña sobre humana

Reclamaba su heroísmo;

Otra vida dependía

De su amor y de su brío.

Allí, en la rústica cuna,

Tan inerme como un lirio,

Dormía Marina su sueño

Inocente y pequeñito.

La alzó el  niño entre sus brazos,

Corrió hacia el rancho contiguo,

Y sobre el lecho de Eduardo

Dejó el tierno cuerpecillo.

Y allí guardó silencioso,

Desangrado y aterido,

Sosteniéndose en su heroica

Voluntad de sacrificio.

 

Ya estaba el viejo en el patio,

Ya a su encuentro había salido

Eduardo -pie de madera

Mas corazón en su sitio-.

 

Oyó Dionisio el rumor

De la lucha; luego el grito

Premioso con que el lisiado

Reclamábale el cuchillo.

 

Vio el arma encima de un banco,

Empuñóla, y decidido

Se hundió otra vez en la noche

Y otra vez buscó el peligro.

 

Dos sombras entre lasa sombras

Giraban en remolino

Fantasmal, callado y terco,

Por el patio negro y frío;

Iguales las dos, iguales

Para los ojos del niño,

Que iban de uno al otro rostro

Sin conseguir distinguirlos.

 

Vio cojear de pronto a Eduardo

-el pie en la lucha perdido-,

Y en la diestra de esa sombra

Dejó, resuelto, el cuchillo.

 

Después, vuelvo al rancho oscuro,

La espera tensa, el suplicio

De aguardar tras de la puerta,

Toda el alma en los oídos,

El final del duelo incierto,

Cara o cruz de su destino;

De vivirlo golpe a golpe,

Resoplido a resoplido,

En el choque escalofriante

De los puñales fatídicos,

Y el jadear acelerado

De los pechos enemigos.

 

Cayó un cuerpo. Por el aire

Se  expandió un mortal gemido.

Acercaron se a la puerta

Pasos lentos, imprecisos.

Una mano dio tres golpes

Espaciados, cuatro…cinco…

Y una voz –la del abuelo-

Dijo luego: “! Abrí, Dionisio!”

Ni una luz por las rendijas,

Ni un murmullo, ni un suspiro

Dentro y fuera solo noche,

Nada más que noche y frío.

 

Alejaron se los pasos

Hacia el campo ensombrecido.

Pasó mucho, mucho tiempo.

¿Fueron años? ¿fueron siglos?

Y otra vez en el silencio

Comenzó a vivir un ruido

Más cercano a cada instante,

Más cercano y más preciso.

 

Era un cuerpo que arrastraba

Su agonía su martirio,

Hacia el candil parpadeante

Que Dionisio había encendido.

Era Eduardo que pugnaba

Por llegar hasta aquel niño

Y a la luz de su presencia

Dar el último suspiro

-confortado por el cielo

De sus ojos, viendo el trigo

Repetirse en sus cabellos,

Más dorados que el sol, mismo-

Y adentrarse en el misterio

Por su aliento sostenido,

Aliviado por la llama

De su amor el postrer frío.

 

Y el pequeño abrió sin miedo

Puerta y brazos al herido,

Lo ayudó con su sonrisa

A enfrentar lo nunca visto,

A evacuar su humano tiempo

Sin angustia, con sencillo

Gesto de luz que se apaga

O de fruto desprendido.

 

Y después, viendo sus vísceras

-cálido haz escurridizo-

Por el desgarrón del vientre

Asomársele, y mordido

Por dolores ondulantes,

Epilépticos, hondísimos,

Procuró volver, resuelto,

Las entrañas a su sitio.

 

Impidiendo aquel retorno,

Una capa de tejidos

Adiposos obturaba

La herida bárbara. El niño,

Con coraje sobrehumano,

Con sobrehumano estoicismo,

Empuñando una tijera

De oxidado y roto filo,

Cercenó de un solo tajo

Los obstructores tejidos

Y a la cavidad del vientre

Reintegró sus intestinos.

 

Vendó se luego la herida

Sin un gesto, sin un grito,

Y arropando a la pequeña

Con afán tierno y solícito,

Se tendió en el duro suelo,

Junto al cadáver ya rígido,

Todo el cuerpo ardiendo en fiebre,

El cerebro todo hervido

De fantásticas visiones

Que engendran su delirio.

 

¡Siempre noches sin orillas!

Siempre noche, noche y frío!

¿dónde estaba el alba? ¿dónde?

¿más allá de cuántos siglos

De estancado tiempo ciego,

De silencio renegrido,

Ocultaba el dulce rostro

De la luz de su gesto amigo?

 

¡Noche siempre, noche y sangre,

Sangre y muerte, muerte y frío,

Bajo el cielo, sobre el campo,

Sobre el aire detenido,

Sobre el filo de la escarcha,

También llena de cuchillos!...

 

Mas he aquí que de repente

Desnudó un gallo su grito,

Y otro gallo, y otro, y otro,

Jalonaron de hitos vivos

El camino de la aurora

Sobre el negro y mudo abismo.

 

¡Era el día, era la vida

Con su dulce gesto amigo!

¡Y aun había en las venas sangre

Y en los brazos fuerza y brío!

¡Adelante, que aun tenía

Tiempo y cancha el heroísmo,

Y el amor sobrado aliento

Para el nuevo sacrificio!

IV

EL VIAJE

¡Qué orgullo el de las carquejas

Que sus niños pies pisaron!

¡Que música la del trébol

Que oyera cantar sus pasos!

¡Y qué luz nueva en las cosas

Que sus pupilas miraron,

Cuando iba iniciando el día

Su claridad por el campo!

 

Marchaba de cara el alba

Con la pequeña en los brazos.

Para tocarlo estiraban

Sus verdes dedos los pastos.

Lo contemplaban el rocío

Con mil ojos asombrados.

Y por él tañían sus flautas

De plata y cristal los pájaros.

 

Allá, muy lejos negreaban

De “El oro” viejos ranchos

-haz de borrosos destinos

Sobre aquel llano enraizados-,

Hacia los cuales el héroe

Milagroso iba avanzando.

 

Llagar era su consigna.

Llegar y poner a salvo

Aquel retoño de vida

Que a la muerte había ganado.

 

¿Y después? Después dormirse

Con un sueño largo…largo…

Con un sueño que aplacase

Sus dolores, sus quebrantos,

Y limpiase de fantasmas

Su cerebro alucinado.

 

 

Marchaba de cara al día,

Rumbo a los ranchos lejanos,

La voluntad indomable

Contrayéndole los labios,

Y la esperanza en el pecho

Como un cencerro sonando.

 

Sol bajo el sol, sus cabellos

Iban dorando el espacio;

Sus ojos, cielo ante el cielo,

El aire iban azulando.

Y todo el amor del mundo

Se hacía música en los pasos

De aquel niño milagroso,

De aquel héroe sobrehumano

Que avanzaba hacia la muerte

Con la vida entre sus brazos.

 

Por la mañana adelante

Seguía andando el  niño gaucho.

Lo escoltaban los horneros,

Su franco clarín sonando;

Susurraban le: “!Coraje!”,

Los árboles solidarios;

A su fatiga ofrecía

Fragancia  tónica el pasto;

Y el buen  aire mitigaba le,

Amical, fiebre y cansancio.

Pero, ¡ay!, qué lejos, qué lejos

Negreaban siempre los ranchos!

 

Mas no obstante él proseguía

Su camino sin descanso,

Tajeándose en los pajares,

Hundiéndose en los pantanos,

Ya bordeando el monte espeso,

Ya marchando a pleno campo,

Insensible a sus heridas,

Insensibles a su quebrantos,

Fiel al rumbo y al destino

Que su amor le había trazado.

 

Tal el temple incomparable

De aquel niño sobrehumano.

Tal la luz que ardía en el héroe

De la historia que aquí narro.

 

¡Ah, qué orgullo el de la tierra

Que guardo el son de sus pasos!

¡Que noble luz la del aire

Que sus ojos alumbraron!

¡nunca diera el tiempo un día

Tan henchido de milagro

Como aquel que iba Dionisio

Sobre el campo inaugurando!

 

“!Adelante!”, le decían

Con su verde voz los pastos.

“!Adelante!”, clarineaban

Los francos horneros gauchos.

Y él andaba, andaba,

Campo arriba, campo abajo,

Como un viento incontenible,

Como un río desbordado,

Imponiéndose a la fiebre,

A la muerte desplazando

De su tierno cuerpo exangüe,

De su vientre desgarrado,

Pues morir no era posible

Sin poner antes a salvo

Aquel brote de vida

Que llevaba entre los brazos.

 

Y los ranchos negros, tristes,

Poco a poco se acercaron;

Y el camino se fue haciendo

Menos duro, menos áspero,

A medida que iba el pueblo

Sus perfiles recortando

En el aire transparente,

Bajo el débil sol de mayo.

 

Por la fuerza inextinguible

De su amor aguijoneado,

Seguía el niño milagrosos

Siempre andando, andando, andando.

Otra zanja la postrera,

Otro, el último alambrado,

Y llegó por fin al pueblo,

Y entre todos buscó un rancho

Que ostentaba el patrio escudo

Sobre sus terrones pardos.

Preguntó –la voz entera-

Dónde estaba el comisario,

Y una vez que a su custodia

hubo la niña librado,

Narró,  lucido y tranquilo,

Punto a punto el drama bárbaro.

Y después de fue del tiempo,

Dulcemente, como un pájaro,

Como un nardo que se cierra

Sobre el propio sueño blanco,

Como estrella que la perora

Desvanece en el espacio.

 

¡Qué noble luz en su frente!

¡Qué dulce paz en sus labios!

¡Qué inmodulables canciones

Tras su silencio de mármol!

 

Así le vieron los hombres,

Así le vieron los campos,

Camino del cementerio

Bajo el débil sol de mayo.

Y así quedó para siempre

En la memoria del pago,

Que lo lleva en grano y fruto,

Nido y ave, piedra y árbol.

 

Selló la muerte sus ojos

-cielo del cielo envidiado-

Y destiñó sus cabellos

Solares el polvo opaco.

Mas el campo guarda entera

La música de sus pasos,

El macachín su dulzura,

Su voz el arroyo claro,

La flor del ceibo su sangre

Y su alta luz el verano.

 

Y los niños de su tierra

-rubios, indios, negros, pardos-,

Esos niños por la herida

De su vientre  desangrados,

Esos niños soledosos

De su pago y de mi pago,

Tan sufridos y tan puros

Y tan nobles y tan guapos,

Seguirán tiempo adelante

Su alma inmensa perpetuando,

Pues en ellos no es recuerdos,

Ni leyenda, ni milagro,

Sino savia que les nutre

Canto y sueño, juego y llanto.

V

SALUTACION FINAL

Dionisio: estás en el pueblo

Ya para siempre jamás,

Como está el sol en el día,

Como el trigo está el pan.

 

Dicen tu nombre los niños

Con voz de miel y cristal,

Para que aquel que lo escuche

Ya no lo pueda olvidar.

 

Cuenta la abuela tu historia

Junto al fogón invernal,

Y oyéndola hasta las brazas

Parece que brilla más.

 

Silba el tropero en la ronda

-que es su modo de soñar-;

El domador, sobre el potro,

Canciones al viento da;

Con la reja, hunde el labriego

En la tierra su anhelar;

 

Pregona el hacha, en el monte,

Del monteador el afán;

Y tu imagen puebla el silbo,

Le pone alas al cantar

Camina con la esperanza

Y alegra el pregón tenaz.

 

Estás también en la lluvia

Cuando acaricia el maizal,

Y aquieta el pecho del hombre,

Y hace dulce su pensar.

 

Arde tu sangre en los zumos

Encendido del chalchal,

Y los ceibos ratifican

Flor a flor su eternidad.

 

La luz azul de tus ojos

Mira desde el manantial,

Donde danzan las estrellas

Y va el pájaro a abrevar.

 

Y tu franca risa suena

Del arroyo en el cantar,

Y halla el viento tus palabras

En las flautas del juncal.

 

No anda un camino en la vida

Que no acompañe tu andar,

Ni sueña el amor un sueño

Que  no ilumine tu faz.

 

Te lleva el hombre en su carne

Y en su savia el vegetal;

 

De abeja en abeja va;

Late tu cuerpo en el nido

Donde incuba la torcaz;

Repite tu luz la estrella

En su viaje sideral;

Y canta tu eterna gloria

Noche y día, sin cesar,

Cada cual a su manera

Y a su turno cada cual,

Dos juglares campesinos

Que jamás olvidarán:

El dulce grillo lucero

Y la chicharra solar.

 

Dionisio, niño infinito,

Héroe del amor triunfal,

Firme estrellas del ocasos,

Lámpara de eternidad;

Dionisio, niño sin tiempo,

Germen del alba total,

Que resides en la vida

Ya para siempre jamás:

Has que en mis versos palpite

Tu corazón ejemplar,

Como palpita en el árbol,

En la espiga y en el pan,

Para que en ellos aprendan

Otros niños tu verdad,

Esa verdad que tú hablaste

En la lengua universal

De la sangre y del martirio,

Que es la lengua más veraza:

“morir por amor al hombre

No es morir, es perdurar,

Pues quien en amor se expresa

Lleva en sí la eternidad”.

 

Dionisio, niño del día,

Luz de la luz inmortal,

Clave de todo milagro,

Flor de toda heroicidad:

Incorporada a la llama

Del pueblo tu llama está,

Y por eso nunca, nunca,

Nunca más se ha de apagar.

 

     El protagonista de este drama no es un mero engendro literario, no es un simple personaje de ficción. Es un niño uruguayo que nació en un rancho perdido en nuestros campos, que correteó por ellos su infancia desvalida y que ofrendó su sangre a los nueve años para que la historia lo recogiera con emoción y la leyenda lo proyectara en sombra reverberante.

     Por su amor a la vida, por su resignado sacrificio, por su silencio frente al dolor, por su coraje capaz de culminar en heroísmo, vemos en Dionisio un representante arquetípico de nuestra raza

DIONISIO DIAZ

EVOCACION DE SU HAZAÑA Y SU GRANDEZA

     Treinta y tres ha sido siempre cuna de varones cabales, que han sabido ir  perpetuando en el tiempo una magnífica tradición de altivez y de coraje.

    Muchas otras de las cualidades específicas que caracterizaron a la raza gauchesca perviven también en el hombre de esa hermosa región oriental de nuestra patria, regada por las aguas de tres ríos de bello itinerario y de curso sereno y majestuoso: Olimar, Tacuarí y Cebollatí.

     Cuenta entre tales atributos la hospitalidad cordial y entera, nunca desmentida; un sentido de la amistad profundo y cálido, desinteresado y generoso; una abierta franqueza que muestra hasta el más intimo de los meandros del alma, llana y sin encrucijada; un amor entrañable y un sagrado respeto a la libertad y a los derechos humanos; y ese orgullo varonil que permite hacer frente a esos rigores del destino adverso sin una sola queja, sin siquiera un amago de claudicación.

     Pero ante todo y sobre todo, el hombre treintaitresino heredó de sus antepasados gauchos esa bravura indómita que, cuando las circunstancias lo reclaman, sabe alcanzar la difícil categoría del heroísmo.

     Treinta y tres ha sido siempre, repetimos, cuna del denuedo total, del valor ilimitado. Una tierra capaz de alimentar en cualquier tiempo la epopeya, porque siempre ha sabido partir varones fuertes, guapos y sufridos, ahincadamente fieles a su condición humana y a la esencial verdad de su destino, cualquiera que éste fuere.

     Toda la historia de aquella comarca, desde los albores mismos de la independencia, viene nutrida de  nombres que constituyen hitos rotundos de esa tradición viril, indelebles ejemplos de esa asombrosa singularidad telúrica.

     Pero un día quiso el solar treintaitresino brindarnos una síntesis vital de su grandeza, de su admirable masculinidad, resumiéndola en un símbolo de vigencia perpetua. Y decantó y afinó sus juegos más genuinos, sus más raigales substancias, para eclosionar luego en esa insuperable flor humana que fue Dionisio Díaz, el pequeño héroe del “El Oro”.

     Basta pronunciar su nombre para que quienes respiremos el aire de sus campos y nos calentemos en el mismo sol que le besó la frente, experimentemos el orgullo lógico, claro y natural de sabernos sus hermanos.

     Dionisio Díaz es un milagro, se ha dicho con frecuencia. Y en efecto, considerando la sobre humana magnitud de la hazaña cumplida por el niño gaucho, no resulta excesiva esa definición.

     Tan grande fue su gesto –y tan cargado de amor, de amor insólito-, que escapa a la vara con que hemos aprendido a medir los siempre limitados e imperfectos hechos de los hombres.

     Es un milagro, entonces, en cuanto ha rebasado, por gracia de la llama mágica que ardía su corazón impar, esa común esfera donde alienta y sueñan, aman y sufren, viven y mueren las demás criaturas terrenales.

     Pero no es un milagro divino sino un milagro humano, no obstante la celeste categoría de ángel que nimbaba su alma, y que iluminaba con resplandores sidéreos sus cabellos solares y sus ojos azules. Y tan humano, que fue por el camino de la sangre que trajo su alta luz ejemplar, la flor simbólica de su maravillosa varonía, inmolada en los más puros de losa holocaustos.

     Un niño tenia que ser para encarnar y sentir de tal modo el heroísmo, para vivirlo con tal sublimada ternura, con tan definitiva plenitud. Yo me atrevo a decir más: un niño gaucho. Y más aún: un niño treintaitresino. Y no por ciego alarde terruñero sino por convicción profunda y razonada, por que conozco bien la savia noble y pujante del suelo que lo produjo y que lo sustentó.

     Dionisio Díaz sobrepasó la epopeya y desbordó la leyenda con su hazaña. ¿Qué héroe de su talla nos han proporcionado alguna vez la historia o la literatura?

     El dignificó con su estupenda oblación toda la especie humana. Y, más, concretamente la raza, la querencia. Por eso corresponde ensalzarlo en el lenguaje ancho y puro del amor, que fue el único lenguaje que supo hablar su alma y repetir después su sangre prodigiosa.

 

      Un acto de heroísmo infantil de las dimensiones del que protagonizara Dionisio, dentro de un medio de características rudas y casi primitivas como el suyo, tan paupérrimo en el aspecto social como en el cultural, no puede tener par, repetimos, en toda la historia de la humanidad.

      Y tampoco en la imaginación de poetas y escritores ha concebido nunca una figura infantil de tal grandeza. En el admirable mundo épico de Homero, con ser tan vasto y rico, no es posible encontrar un niño de ese temple moral y ese coraje. Tampoco lo tiene shekespeare en su amplísima y variada galería de arquetipos humanos. Y si recorremos la literatura fantástica, desde los cuentos miliunanochescos  hasta Perrault y Andersen, y aun hasta los contemporáneos, vana es también la búsqueda de un ejemplar de un niño semejante.

     “¿Y los héroes infantiles de Edmundo De Amicis –se nos preguntará-, no son acaso dignos de parangonarse con el pequeño treintaitresino inmortal?”.

     A esa eventual pregunta responderíamos que además de ser antes de ficción, los personajes del escritor italiano se producían en un ambiente mucho más evolucionado y culto que el de nuestra campaña. Eran niños de sentimientos encauzados hacia el bien  por el ejemplo de sus padres y por la educación escolar; procedían generalmente de familias de clase media, organizadas de acuerdo con las leyes y con las reglas formativas de la sociedad urbana que integraban; y poseían por lo tanto un sentido moral sólido y claro, adquirido y cultivado en la intimidad hogareña desde el primer alboreo de la conciencia. Ni el escribiente Florentino, ni el estoico cartero, ni el héroe de tres años, ni el tamborcillo sardo, ni los demás muchachos abnegados y valientes que en nuestra infancia se nos ofrecieron como paradigmas del denuedo, la nobleza, la generosidad, el amor filial, y otras virtudes enaltecedoras de la condición humana, y cuyos desinteresados sacrificios conmovieron hasta las más secretas fibras de nuestro corazón, alcanzan la dimensión heroica de ese niño de titánico espíritu que fue Dionisio Díaz. Ni aun cuando hubieran sido seres de carne y hueso, la hubieran alcanzado, si se tienen en cuenta las enormes diferencias ambientales, culturales y éticas a que antes nos referimos.

      Fruto de un amor transitorio e ilegal (de esos tan comunes por desgracia en la campaña nuestra), enfrentado desde pequeñito al rigor de una vida de pobreza, compartiendo el techo humilde y el sustento frugal –cuando no escaso-con seres ensimismados y sin alegría, para quienes lA existencia  sólo era una sucesión de grises e invariables jornadas de trabajo, de dura lucha y de esperanza endeble, el incomparable niño gaucho superó sin embargo todas esas contingencias adversas, que amenazaban apagar la purísima llama de su alma superior. Y cuando llego el momento decisivo. Ofrendóse por entero en el más generoso y grande de los holocaustos, para orgullo y ejemplo de los hombres de su raza, de la que fue expresión vital suprema, arquetipo glorioso e imperecedero que habrá de continuar erguido en el curso de los tiempos futuros, enseñando a las nuevas generaciones su fecunda lección.

 

      Dionisio Díaz vivió su breve existencia en el lugar donde habría de sacrificarla después, heroicamente, cuando contaba apenas nueve años.

     Por vía materna procedía de chacareros sufridos y tenaces, que desde tres generaciones atrás se sustentaban con el producto de la menguada parcela de tierra que ellos mismos araban y sembraban. Su padre, en cambio, era contrabandista y poseía una bien ganada fama de valiente. Hombre de genuina idiosincrasia gaucha, jamás se avino a trabajar cumpliendo horarios fijos, sujeto a la atadura de la diaria obligación, obedeciendo las ordenes de patrones o de capataces. Tenia que ganarse el pan, porque era pobre, pero buscó para hacerlo un camino que no menoscabara su concepto de la hombría ni retaceara en lo más mínimo su libertad, bien más importante y sagrado para él  que la existencia misma. Por eso se hizo contrabandista. Por que en la soledad infinita de los campos que cruzaba de noche, sin otra guía en el instinto y las estrellas, y expuesto siempre al peligro de imprevistas emboscadas, sentíase más satisfecho de sí mismo  y más fiel de su destino. Porque para él, como para muchos otros criollos de su temple que yo alcancé a conocer, el oficio de contrabandista no nacía de un avieso propósito de infringir las leyes para sacar ventajas económicas, sino que tenía una raíz romántica, puesto que permitía evadirse de toda norma o canon de índole gregaria, quebrantar la rutina anquilosante, poner la sal  del riesgo y la aventura en el incierto curso de los días, para salvarlos así de la monotonía del vivir común, descolorido e insípido.

     De ese padre heredó sin duda el niño su coraje  físico y su extraordinaria fuerza espiritual. Y de su madre el hondo apego a la tierra y el amor a las cosas de la naturaleza.

     Pero además poseía Dionisio una sensibilidad y un sentido de lo bello extraños ciertamente en aquel medio rudo, donde la difícil y constante lucha por la subsistencia obstruían todo impulso  de florecimiento espiritual.

     Quién sabe de qué lejano ascendiente veníanle a nuestro pequeño héroe aquellas cualidades superiores que enriquecían su alma. Pero la verdad es que ellas integraban la esencia misma de su ser, y eran por lo tanto genuinos atributos de personalidad excepcional.

     La irradiación de aquel singular espíritu, cuya luz se expandía generosa sobre la lobreguez de los ranchos miserables y sobre los ancestrales fatalismos de núcleo familiar, provocaba reacciones muy distintas en Juan Díaz, el abuelo de Dionisio, y en Eduardo Fasciolo, el tío comprensivo y bondadoso que estimulaba sus anhelos y compartía sus sueños.

     A Juan Díaz, hombre introvertido y enigmático que hablaba más con sus bueyes que con los seres humanos, y que pensaba que la visibilidad consistía en ser agrio y espinoso, en no sonreír jamás, en mantener el corazón cerrado e  inaccesible, molestaban le visiblemente la expansividad del niño, su comunicativa ternura, la cordial y permanente efusión de sus sentimientos y de sus emociones. Su falsa idea de la hombría hacíale suponer que eso era demostración inequívoca de blandura, de debilidad. Y se  ensombrecía al imaginar que su nieto, a causa de esa suavidad y esa dulzura que asomaban en él a cada instante, carecería, cuando fuese mayor, del temple y la entereza que, según él, necesitaba todo criollo de ley para enfrentar la vida y vencer la adversidad.

        Eduardo Fasciolo, en cambio, supo desde el primer momento entender y valorar la exquisita calidad del espíritu del niño –al que profesaba un amor rayano en idolatría –y cultivarla generosamente A su modo, con palabras y ejemplos. Era Fasciolo también un ser distinto  a la generalidad de los hombres del lugar. Dueño de una inteligencia vivaz y de un corazón magnífico, tenia además inquietudes y afanes de superación que el ambiente no lograba sofocar. Su fuerte temperamento artístico y su notable habilidad manual se expresaban en la realización de los juguetes que hacía para Dionisio. Sin otra herramienta que un pequeño cuchillo, y desconociendo hasta los más primarios rudimentos del arte, tallaba sin embargo la madera con primor y gracia. Su sentido estético y su riqueza imaginativa se traducían sobre todo  en las figuras de  sus animales preferidos –el caballo y el perro-, que gustaba reproducir en distintas actitudes, y a que a despacho de sus explicables imperfecciones tenían mucho del sabor y la frescura que sabían imprimir a las suyas los tallistas primitivos. Tal vez, de haber podido cultivar su natural aptitud, hubiera llegado a ser un xilógrafo importante. Pero quiso el destino que si vida transcurriera allí, dedicada a una misión mucho más alta: la de ir plasmando con su amor y su bondad el alma de aquel niño único, nacido para el martirio y la gloria, y ligado al cual habría de entrar él también en la inmortalidad.

        Bajo su sana y espontánea tutela deslizáronse los  breves años de Dionisio. Y la naturaleza, con sus sabias lecciones cotidianas, hizo lo demás. Así, poco a poco fue aprendiendo el futuro héroe su camino vital, el rumbo de la meta fértil y generosa que iluminaría después, y para siempre, el resplandor señero de su sangre.

        Los viejos vecinos de la costa de “El Oro” recuerdan y repiten todavía, conmovidos, infinidad de anécdotas que ponen de manifiesto la tierna delicadeza y la finísima sensibilidad de aquel niño.

         Cierta vez, según tales recuerdos, su abuelo encontró un nido de halcón con sus pichones, aun emplumes, que de inmediato resolvió matar. Dionisio le suplicó que no lo hiciera. “Son muy dañinos estos bichos –arguyó el viejo- Comen cuanto pajarito indefenso encuentran al alcance de sus garras”. “Pero vuelan tan lindo!....-dijo el niño. Además, ellos no tienen la culpa de ser así. ¿usted no come también las pobres ovejitas, que ningún mal le han hecho?”. Y Juan Díaz, turbado y confundido ante la imprevista ocurrencia de su nieto, no se atrevió a matar a los halconcillos.

        Otra ves el viejo empuño el hacha para cortar un laurel que había en el centro del patio. El niño, al darse cuenta de  sus intenciones, se le puso adelante y le aferró las piernas con ambas manos. “No, abuelito, por favor, que está  lleno de pimpollos!”. “¿Qué importa? Es muy grande y estorba en este lugar. Si siquiera sirviese para algo”….”Pues da flores, y sirve para que los pájaros vengan todos los días a cantar en sus ramas. ¿Le parece poco?” También en aquella oportunidad accedió el abuelo al pedido de Dionisio. El laurel se salvo de la amenaza del hacha. Y muchos años después de la tragedia, cuando entre las ruinas de los ranchos abandonados mostraban sus troncos secos y carcomidos los demás árboles del patio, sólo él continuaba sobreviviendo allí. Y el alegre y perenne verdor de sus follajes  -que no había logrado marchitar el  tiempo- era como un simbólico testimonio de la gloria del niño, también inmarcesible.

        En otra ocasión Luis  Ramos su padrastro, trajo del campo una mulita viva. “Es para ti Dionisio ¿Te gusta? Tenia dos hijitos pero no les pude cazar porque se metieron en la cueva” . El niño no vaciló un instante. Alzó en brazos el azorado animalillo, le pidió a Luis que lo condujera al sitio donde estaba la cueva de que hablara, y una vez allí depositó la mulita al  borde del agujero, sonriendo feliz al verla desaparecer dentro de él, sana y salva.

        Así era Dionisio Díaz, el niño gaucho todo amor y ternura, cuyo efímero paso por la tierra habría de dejar una indeleble estela, iluminada por el fulgor mas puro de la gloria.

 

 

        Al promediar el invierno de 1947, El consejo Nacional de Enseñanza Primaria me encomendó la misión de visitar el escenario de la tragedia de “El oro”, a fin de que pudiera documentarme para escribir un poema destinado a las escuelas del país.

        Con tal motivo, recorrí palmo a palmo los lugares donde transcurriera la breve pero  fecunda existencia de Dionisio.

        Diez y ocho años largos había corrido a la sazón desde aquel 9 de mayo de 1929, fecha aciaga y gloriosa a la vez, en la que el pequeño héroe escribiera con su gaucha sangre en flor una página única dentro de nuestra historia. Y sin embargo, su espíritu seguía presente allí, impregnándolo y ennobleciéndolo todo. Así me lo dijeron, con palabra sencilla  y acento emocionado, los antiguos vecinos del paraje, viejos paisanos de manos ásperas y corazón transparente, que había tenido la dicha de conocer al niño maravilloso, de escuchar su dulce voz, de ver brillar la luz de sus pupilas azules y las hebras de sol de sus cabellos. Y así me lo repitieron en su lengua musical los pájaros del monte próximo, el frío viento de agosto que hacia silbar las pajas del bañado, el castañueleteo de las ranas que celebraban desde las charcas desbordadas, el lluvioso invierno.

        No en vano había pasado el tiempo por aquél trágico sitio. Su huella estaba marcada con visible elocuencia en cada cosa. Pero a pesar de los ranchos semiderruidos, entre cuyas paredes de terrón proliferaba a sus anchas la maleza; a pesar de los árboles secos, que alzaban hacia el cielo gris sus esqueléticas ramas desde el lugar que antaño fuera patio contrastando con la milagrosa lozanía del laurel a que antes me refiriera; a pesar de los manchones de verdinoso moho que cubría los gastados ladrillos del fogón, donde ya para siempre había dejado de arder la lumbre familiar, el efluvio misterioso y potente del alma de Dionisio mantenía in cambiada la fisonomía esencial de su querencia.

        Mientras andaba con paso tímido y corazón palpitante por entre la tapera en ruina, pareciera  verle corporizarse a cada instante. Los mil rumores del campo me traían el eco de su voz. Debajo de mis pies sentía doblegarse los pastos que habían tocado los suyos. Y cada susurro, cada aleteo, cada pequeña manifestación de la vida circundante tenía algo de su calor, de su pulso, de su realidad carnal todavía no olvidada, presente aun sobre aquel soledoso jirón de tierra que lo viera nacer.

        Constaté así que su recuerdo, hecho poesía y leyenda, continuaba resplandeciendo sobre el invariable curso del tiempo gris, que no lograba apagarlo. Y conmovido hasta lo más profundo de mi ser por la rotunda fuerza de aquella pervivencia, fresca todavía en mi alma la impresión que ella me causara, escribí este romance con el cual quise, como poeta y como treintaitresino, rendirle mi homenaje al más puro y autentico retoño de la raza gaucha.

 S.J.G


Enlaces Uruguayos agradece la invalorable colaboración de Víctor Hugo Fraygola  un uruguayo de la diáspora abocado a la preservación de nuestra cultura y a que ésta no se pierda en distancia y tiempo.

 Gracias Víctor.


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