
Sucesos que impactaron
la opinión pública de los uruguayos
El "Chueco" Maciel

Un salto a sangre y fuego
desde los prontuarios criminales
a la leyenda
Julio Nelson Maciel Rodríguez, alias el "Chueco", cayó bajo las balas
policiales allá por el mes de junio de 1971. Tenía por entonces unos 20
años de edad pero casi un siglo de andanzas en las sombras, los
reformatorios, los calabozos y las crónicas rojas de los diarios. "Enemigo
público número uno", el "monstruo" de turno siempre accesible, necesario,
inevitable fue, sin embargo, en aquellos años en que no faltaban
tragedias cotidianas, el protagonista necesario para la sed de sangre de
muchos lectores y la truculencia literaria de varios cronistas
trasnochados.
JUMA
El titular en un diario de aquellos años anunciaba en primera plana con
cuerpo de letra "catástrofe": "Murió en su ley. A los 20 años un balazo
en la cabeza terminó con su lamentable vida". Y como para desmentir al
poeta en dos por cuatro que dijo en un tango que veinte años no son
nada, al "Chueco" le alcanzaron -y sobraron- incluso para morir en ellos
y después inaugurar una leyenda.
Seguramente cada persona más o menos informada del tema, tiene su propia
historia sobre "El Chueco". Sin términos medios, o asesino irredimible o
una especie de Robin Hood moderno. Difícilmente alguien logrará
mantenerse equidistante entre ambos extremos.
Nació en el norte del país, en Tacuarembó, en los años en que Gardel
seguía siendo francés ante el mundo y apenas unos pocos iniciados
buscaban entre los archivos locales las pruebas de su origen. Como
tantos uruguayos, el muchacho cayó con su familia en un cantegril
montevideano, en un rancho de lata y piso de tierra ubicado en Pasaje
"A" 4054 jurisdicción de la Seccional 17ª, exiliados todos ellos por la
desesperación del hambre y la miseria en medio de un territorio lleno de
vacas gordas entre los alambrados de campos ajenos.
Sus primeras "entradas" registradas en comisarías y albergues del
entonces "Consejo del niño", en el infierno del Alvarez Cortés, fueron
allá por su adolescencia, pero después sumó tantas como fugas.
Seguramente a esa altura ya era una especie de "comodín" y candidato a
cargar con propias y ajenas. Sin embargo recién alcanzó el triste
privilegio de las primeras planas de los diarios allá por los
convulsionados años 1968 y 1969 a raíz de una serie de asaltos cometidos
en el exclusivo balneario Punta del Este.
Tantas vidas como historias, tantas historias como vidas
Eran años difíciles aquellos. Costaba discernir realmente quiénes eran
los agresores y quiénes los agredidos. Había dedos que señalaban con
demasiada facilidad y otros que con la misma sencillez apretaban el
gatillo sin preguntar de quién se trataba.
Por los cantegriles del cinturón de miseria montevideano comenzaron a
andar "las mentas" del "Chueco" Maciel quien, decían, era generoso,
intuitivo y primitivo en su realidad analfabeta. Robaba y luego llevaba
el producto de sus robos para disfrutarlo con todos los vecinos de los
rancheríos. Y eso no es leyenda. Eso fue real. Más allá de que se le
invente o no un razonamiento sociopolítico en sus acciones. Quizás nunca
los tuvo. Seguramente que no. El "Chueco" Maciel difícilmente supiera de
teorías.
Los investigadores policiales chocaban con verdaderas murallas de
silencio cada vez que trataban de penetrar lo impenetrable para
averiguar su paradero. La sociedad de la época, ajena por entonces a
todo lo que no fuera la fría y terminante terminología de los
informativos radiales y los titulares de la prensa escrita, casi no
sobrevivía a la angustia del "fantasma " del Chueco rondando en las
sombras de todas las esquinas dispuesto a saciar su sed de sangre en
quien se le pusiera a su alcance. Todos lo veían y en todo lo que pasaba,
al describir los testigos el perfil de sus autores, era el rostro, la
fisonomía que todos conocían por "oídas" del tan buscado y peligroso
infanto-juvenil, la que se mencionaba y terminaba apareciendo en los
"identikits" de los dibujantes de San José y Yi.
"Asalta el banco y comparte con el cantegril,
como antes el hambre, comparte el botín..."
Como tantos otros casos parecidos fue visto en varios lugares el mismo
día y a la misma hora y atacó a varias personas en el mismo instante a
varios kilómetros de distancia una de otra. Y todo aquello servía
solamente para aumentar la confusión de los investigadores y comenzar a
echar los cimientos de la futura leyenda.
En un enfrentamiento a tiros con las autoridades a fines de los años
sesenta tras haberse fugado del "Alvarez Cortés", hirió gravemente en el
rostro al Comisario Antonio Bar Lavieja, herida que tuvo al funcionario
mucho tiempo entre la vida y la muerte, salvándose luego milagrosamente.
El Chueco mientras tanto, pasó de la minoría de edad inimputable a la
mayoría responsable, entre pólvora y sangre, a salto de mata, casi en la
clandestinidad.
Mientras tanto el muchacho, que se sabía acorralado continuaba
trajinando las calles, mimetizándose entre los ranchos de lata de
Aparicio Saravia, en medio de aquel mundo indescriptible en el que todos
sabían todo, pero a la vez, nadie sabía nada. "Rey Mago" generoso para
muchos, simple ladrón y asesino para otros tantos, había logrado el
milagro de sacarle el protagonismo a los "Tupamaros" que por esos años
eran el fenómeno sociopolítico más notorio del continente sudamericano.
La pólvora, la sangre, las consignas del Mayo francés del 68 aún andaban
por las calles y había "mayos franceses" en muchas partes del mundo, en
julio, en agosto, en setiembre...
El último tiroteo
El "Chueco" y dos de los suyos habían rapiñado a un guarda de Cutcsa,
llevándole la recaudación del día, unos 50.000 pesos de entonces. Quiso
el destino que pasara justamente por el lugar una camioneta de
patrullaje de las llamadas "Fuerzas Conjuntas", es decir un grupo de
efectivos combinados de policías y fuerzas armadas militares que
actuaban bajo el régimen de "Medidas Prontas de Seguridad" impuesto por
el gobierno autoritario de Jorge Pacheco Areco tras decretar el "Estado
de guerra interno".
El uniformado a cargo del móvil de patrulla al escuchar los gritos del
guarda del ómnibus emprendió la persecución de los rapiñeros. El "Chueco"
al darse cuenta que los iban a alcanzar, se parapetó detrás de un árbol
ordenando a sus compañeros que fugaran, indicándoles que él se
encargaría de cubrirles la huida. Y así lo hizo. Abrió fuego y los
efectivos de la patrulla le respondieron con fuego graneado, no tardando
en caer abatido por varios tiros que le afectaron la zona precordial.
Poco después dejó de existir en el Hospital Militar adonde lo condujeron
en la misma patrulla. Al otro día un titular del diario de la noche
decía: "Ley de plomo para el Chueco". Y en el copete el cronista
expresaba: "Veinte años nomás tenía el Chueco Maciel. Pero había hecho
de su vida un infernal derrotero de crimen y depredación. Fruto quizás
de un medio ambiente equívoco, sus resentimientos contra la vida y la
sociedad maduraron en la promiscuidad indigna de los llamados 'Albergues
de menores' que son simples depósitos de almas extraviadas por el camino
del mal".
Y agregaba el cronista: "Ha caído en su ley como suelen decir los del
ambiente. Nefasta ley esa que lleva a un joven que recién empieza a
asomarse a la existencia, a hacer del delito su modus vivendi..." En los
cantegriles de Aparicio Saravia esa noche lloraron hasta los más duros.
Allí nació definitivamente la leyenda que después Viglietti hizo
canción. Dicen, solo dicen (nadie puede afirmar que sea cierto), que
desde hace treinta y tres años difícilmente pase mucho tiempo sin que
aparezcan flores frescas en su memoria en el lugar donde descansa para
siempre, y que ya los odios que lo condenaban no son tantos. Dicen, sólo
dicen, porque al fin y al cabo el "Chueco" quizás sin proponérselo
(porque era demasiado simple para ello) saltó a sangre y fuego, desde
los prontuarios a la leyenda. Y le hizo bien el cambio, aparentemente.
¿Por qué
tu paso dolido
del norte hacia el sur,
el pie que no supo,
el pie que no supo
de risa o de luz?
Tu padre
abandona la tierra
de Tacuarembó
buscando su tierra,
una tierra suya,
y nunca la halló.
Encuentra
la triste basura
donde viven mil,
encuentra la muerte,
encuentra el silencio
de aquel cantegril.
El Chueco,
redondos los ojos
y sin pizarrón,
mirando a la madre,
mirando al hermano,
aprende el dolor.
La luna,
semana a semana,
lo ha visto vagar
armado de espuma,
buscando una orilla
como busca el mar.
El Chueco
no sabe de orilla
ni sabe de mar.
El sabe de rabia,
de rabia que apunta
y no quiere matar.
Asalta
el banco y comparte
con el cantegril,
como antes el hambre,
como antes el hambre,
comparte el botín.
Así
les canto la historia
del Chueco Maciel,
suena la sirena,
suena la sirena,
ya vienen por él.
Los diarios
publican dos balas,
son diez o son mil,
mil ojos que miran,
mil ojos que miran
desde el cantegril.
El chueco
era un uruguayo
de Tacuarembó,
de paso dolido,
de paso dolido,
de paso dolido.
Los chuecos
se junten bien juntos,
bien juntos los pies,
y luego caminen
buscando la patria,
la patria de todos,
la patria Maciel,
esta patria chueca
que no han de torcer
con duras cadenas,
los pies todos juntos
hemos de vencer.