En 1965 un hecho
policial conmovió a Montevideo. El escritor argentino
Ricardo Piglia lo usó como argumento de su novela Plata
Quemada, reciente ganadora del premio Planeta. La obra,
mezcla de realidad y fantasía, gira alrededor de los
pistoleros argentinos que protagonizaron los sucesos. Pero
también hubo protagonistas uruguayos.

"Mientras la sociedad se libera de feroces asesinos, otros
comienzan el mismo ciclo y su marcha hacia el exterminio
final".
El Diario, 6 de noviembre de 1965.
El teléfono sonó muy temprano en la Seccional 14ª. Llovía.
Siete u ocho policías se pasaban el mate de mano en mano. "Estábamos
esperando que se hiciera la hora de ir al Palacio
Legislativo, porque ese día había sesión". Era el miércoles
3 de noviembre de 1965 y la llamada venía de la panadería de
Enriqueta Compte y Riqué y Marmarajá: dos tipos le estaban
cambiando las chapas a un Volkswagen rojo. Un cabo ordenó
que Cancela y Meneses fueran a ver qué pasaba.
Siempre andaban juntos y se habían hecho amigos. El gordo
Cancela tenía casi 50 años y estaba contando los días que le
faltaban para jubilarse. Además, se rebuscaba como zapatero.
Meneses era flaco y tenía 25 años. Cancela lo había "adoptado"
porque, como a él, a Meneses no le gustaba parar en los
boliches de noche. Lo llevaba a todos lados. "Era un viejo
confiado. Si nos mandaban al mercado a sacar a los malandras,
Cancelase acercaba y los echaba gritando ¡vamos, vamos!
Nunca sacó el arma. Yo le decía pará, un día te van a dar
una puñalada, pero él no tenía miedo. Me enseñó cómo
proceder sin usar la violencia".
Delci Meneses hoy tiene 57 años. No quería contar la
historia, pero su mujer lo convenció. Recordarla aún lo
emociona.
Aquél era otro Montevideo: había gobierno colegiado y "vida
nocturna", 61 cines y funciones desde las tres y media de la
tarde. Entonces -continúa Meneses- nadie se enfrentaba con
la Policía. Por eso, cuando les ordenaron ir a ver qué
pasaba con ese Volkswagen, pensaron que se trataba de otro,
asunto de rutina. "Lo nuestro era llevar borrachos, tipos
que les pegaban a sus mujeres o sacar muchachos de los
boliches. Yo pensaba que nunca tendría que tirotearme. Ya
tenía tres años de policía y nunca había usado el arma".
Corrieron hasta la esquina de Marmarajá y ahí pararon.
Vieron el Volkswagen y dos hombres dentro. Meneses se fijó
en la matrícula: el número era muy viejo para un modelo tan
nuevo. "Cuando estábamos a 20 metros del auto, alguien desde
la panadería nos hizo señas de que esos eran los tipos. Ahí
nos abrimos uno por cada lado; Cancela por la calle y yo por
la vereda. Nunca más me voy a olvidar".

El Nene, Gaucho, Cuervo y Malito
Los porteños habían llegado a Uruguay huyendo de la Policía
argentina. Su último gran golpe había sido el 28 de
setiembre, cuando asaltaron un furgón del Banco de la
Provincia de Buenos Aires, en la localidad de San Fernando:
habían matado a tres y se habían llevado lo que hoy serían
más de 300.000 dólares. Eran Enrique Mario Malito, de 24
años, Marcelo "el Nene" Brignone, de 33; Roberto "Gaucho"
Dorda, de 30 o 32 y Carlos "Cuervo" Merelles, de 25.
Andaban con un arsenal a cuestas y nunca dudaban en usarlo.
Tenían adjudicadas nueve muertes: un farmacéutico, un joyero,
un mueblero y su hijo, un delincuente, un sargento y otros
tres policías. Tenían también mucha plata para comprar
favores o para gastarla en la noche. Y la estaban gastando.
El Diario diría luego que en una rotisería compraron comida
por 80 pesos y dejaron 500, que hacían "orgías costosas" que
los "enterraderos" les salían caros y que tenían que pagar
mucho por documentos falsos. Por eso robaron -dijo la
Policía- una carnicería en Las Piedras.
Por eso, aquel 3 de noviembre, estaban preparando ese
Volkswagen rojo para un nuevo golpe. Un ladrón, Yamandú
Raymond, oriental, de 39 años, estaba con ellos.
El agente Aranguren, mortalmente herido.
La escena se grabó en la memoria de Meneses. "Cancela fue
por la calle y yo por la vereda. Y ahí estaban los dos:
Merelles, en el volante, con un traje amarillento y una
corbata roja y blanca Raymond, del lado del acompañante; de
sport con una camisa a cuadros y una campera celeste".
Llovía. Cancela, gordo, tranquilo, confiado como siempre,
con un pilot encima del uniforme y de su arma, les pidió
documentos. Hubo un segundo en que todo se detuvo. Los tipos
se quedaron quietos, como dudando.
"Me di cuenta que algo raro había", recuerda Meneses, que
entonces sacó su revolver y contradijo a su compañero. "Que
documentos ni documentos" gritó y abrió la puerta del auto,
apuntando. "Eso me salvó la vida... pero Cancela no pudo
sacar el arma. Merelles metió la mano como para sacar los
documentos pero, rapidísimo, bien entrenado, sacó una
pistola y le tiró. El otro, cuando abrí la puerta y le
apunté, se había escabullido para atrás de un árbol. No le
disparé porque me daba la espalda. Cuando lo saqué del árbol
corrió para la calle, sin sacar arma, siempre dándome la
espalda. Ahí vi que le habían dado a mi compañero y le tiré
de atrás nomás, porque Cancela ya estaba caído".
Raymond cayó herido y Merelles empezó a dispararle a Meneses.
Desde la esquina aparecieron el Nene y el Gaucho, también
tirando. Meneses buscó refugio; los porteños no. "Me puse
atrás de un arbolito. Ellos no, tiraban parados en la mitad
de la calle, de perfil, como si nada. Miedo no tenían; ni
siquiera buscaron ponerse atrás del auto".
Las balas rebotaron más de 50 veces en el árbol. Cada
pistola que vaciaban, los argentinos la tiraban y agarraban
otra cargada. Meneses nunca había visto algo así. "Me van a
matar", pensaba, mientras respondía con su viejo Colt.
El policía disparó seis tiros y volvió a cargar (se lastimó
la mano luchando por destrancar el tambor de su vetusto
revólver). Tiró otras seis balas y cargó las últimas que
tenía. Pero no las disparó: las guardó para cuando vinieran
a buscarlo.
"No había para donde salir. Y había que ver como se paraban
esos tipos... no tenía ninguna duda: me iban a matar"
Fue ahí que Raymond se empezó a arrastrar hacia el
Volkswagen. "Los porteños se acercaron, lo agarraron y lo
subieron al auto. No vinieron a buscarme. Capaz que sabían
que seguía con balas".
El repartidor de pan
Ahora todo era silencio. En la calle habían quedado tres
pistolas abandonadas por los argentinos. Meneses vio que su
compañero estaba vivo. Buscó ayuda, pero no había nadie.
Estaba desesperado.
"Se me muere Cancela" pensaba. Corrió hasta la esquina y,
agitando su arma, detuvo a una camioneta. El conductor no se
bajó. Meneses empezó a forcejear con los 90 kilos de Cancela,
tratando de subirlo a la caja. Fue el panadero el que lo
ayudó. Lograron acostar al herido en la camioneta y
arrancaron rumbo al hospital. "Llegó vivo, pero se murió en
seguida. Estaba...". Meneses se corta, queda en silencio.
Después sigue. "Me dijo: "sacame los zapatos". Se los saqué
y se murió. Así que lo último que dijo fue sacame los
zapatos". Meneses se seca las lágrimas antes de que salgan
de sus ojos.
Raymond sangraba. En el Volkswagen, los argentinos le
hicieron saber que ya no podía seguir con ellos. Tampoco
podían procurarle un refugio seguro. Lo que pasó dentro de
ese auto nunca fue contado públicamente, pero muchos han
reconstruido el diálogo.
-Estás jodido Yamandú -dijo el Gaucho-. Tenés que arreglarte
solo, nosotros tenemos que seguir a vos no te va a pasar
nada.
-No seas guanaco, porteño, no me entregués, vamos a ver a
dónde está Malitoy que él nos diga. Dorda levantó la Beretta
y se la gatilló en la cabeza.
-Agradecé que no te reviento. Si caés y hablás, te busco y
te corto los huevos.
-Son una mierda ustedes, no se le hace eso a un hombre -dijo
el uruguayo.
Así imaginó el diálogo Ricardo Piglia, en Plata Quemada.
En cambio, el periodista Renzo Rossello lo narró así en un
relato publicado por El Diario, en 1992:
-Yorugua, te vamos a tener que dejar. Decidí dónde, porque
así no podés seguir -explicó Brignone, sin dejar de conducir.
Raymond asintió con una mueca de dolor arrollado en el
asiento y tapándose la herida con un jirón de la camisa.
-Ta bien, muchachos, déjenme en un taxímetro y yo me las
arreglo.
"A Raymond lo tiraron por ahí", dice Meneses, coincidiendo
con Piglia. "Lo tiraron en Lorenzo Fernández y General
Flores y apenas pudo hacer las cinco cuadras hasta Cufré y
Yaguarí donde vivía uno de mis hermanos", confirma Gladys
Scutari.
Según ella, Raymond había conocido a los porteños "de
casualidad". "Les hizo, cómo le puedo decir; un contacto
para alquilar un auto, esas cosas... Después le dio mucha
bronca que lo dejaran en la calle. Es como estar en una
lucha, todos juntos, y que sus compañeros lo dejan tirado
por ahí.. "
Herido, sangrante, Raymond no pudo ir a sus escondites
habituales y se arriesgó a golpear la puerta de Rogelio Blas
Scutari, un hombre sin antecedentes, aunque hermano de un
ladrón amigo.
Scutari lo hizo entrar y le hizo las primeras curaciones.
"Mi hermano era repartidor de una panadería. Y se pasaba
todo el día con Yamandú en la parte de atrás de la camioneta.
Andaba con él para todos lados y lo curaba varias veces por
día. Era rubio y una sobrina mía le tiñó el pelo de negro".
A Meneses, mientras tanto, lo llevaron a Investigaciones
para que reconociera a los delincuentes en fotos. Ahí los
vio a los cuatro:
Merelles, Dorda, Brignone y Raymond. "Mis superiores no me
querían creer. Decían 'no pueden ser ellos, porque los
tenemos controlados´. Decían que Raymond era ladrón y solo
se dedicaba al scruche. Y que yo me confundía porque estaba
asustado".
Al rato vino el director de Seguridad y dijo que se dejaran
de joder y salieran a buscarlos.
Mujeres del bajo mundo
El propio presidente del Consejo Nacional de Gobierno,
Washington Beltrán, fue al velatorio de Cancela y El Diario
le dedicó su primera plana: "Asesinaron hoy a un policía
cuatro pistoleros argentinos".
El 4 de tarde la búsqueda de los pistoleros no había tenido
éxito. Acción profetizó: "Témese violenta resistencia". "A
lo mejor, la Policía se va a ver en la necesidad de matarlos
para echarles el guante".
"Son capaces de resistiese hasta la muerte", anotaba por su
parte La Mañana.
El 5 amaneció sin novedades. Época, diario de izquierda,
ironizó desde su portada: "Policía: eficaz contra los
gremios, delincuentes aún prófugos".
La prensa de izquierda acusaba a la Policía de torturar a
estudiantes y obreros. Otros diarios la defendían. La
polémica reflejaba la división creciente de la sociedad. "En
aquella época discutía bastante con mi hermano, por pensar
distinto", recuerda hoy María del Carmen Gerónimo, entonces
estudiante. Su hermano, Jorge, era policía. "Yo estaba de
acuerdo con los estudiantes en muchas cosas, pero mi trabajo
era ser policía, reprimir la delincuencia".
La búsqueda era frenética y la prensa la seguía paso a paso.
Uno a uno fueron cayendo los "enterraderos" usados por los
pistoleros, que siempre lograban escapar unos minutos antes.
"Los traigo muy cerca. Ayer se me escaparon apenas de un
apartamento ahí en Larrañaga. ¡Hasta había humo de cigarros
todavía!", le dijo el jueves el comisario Santana Cabris a
su hermano Sarandí.
Santana había nacido en Migues, Canelones, 48 años atrás.
Pudo haber hecho carrera en la Tienda Inglesa donde trabajó
como intérprete, porque sabía inglés. Pero quería ser
policía. Ahora era el jefe del Departamento de Vigilancia y
andaba atrás de los porteños. Ese día, los hermanos Cabris
habían visitado juntos a su madre enferma. La próxima vez
que coincidieron fue dos días después, en el Círculo
Católico. Uno vivo, el otro muerto.
No se sabe, exactamente, cuándo habían llegado los porteños
a Montevideo. El Diario diría luego que aquí vivieron a sus
anchas, que nunca les faltó compañía femenina ("mujeres,
también uruguayas, que tienen envueltas sus almas en fajas
de billetes"), ni amigos y colaboradores ("hampones del bajo
mundo que se mueven en los ambientes nocturnos de cabarets y
whiskerías también recibieron de brasos abiertos a quienes
llegaban a sus locales dispuestos a tapar de billetes los
mostradores de esos antros").
Pero tras la muerte de Cancela y con toda la Policía atrás
de ellos, las relaciones y los escondites se les estaban
agotando. Todavía se discute cómo llegaron al apartamento 9
del edificio Liberaij pero -según la más aceptada de las
versiones- todo empezó a decidirse a eso de las siete de la
tarde del viernes 5.
Un policía herido es sacado del edificio.

El Liberaij se llama así debido a que sus constructores -los
hermanos Chil y Jacobo Rachjman (se pronuncia Raijman)
decidieron homenajear a sus esposas, Lila y Berta, en el
nombre de la obra: Li-Be-Raij
El soplón
El viernes 5 a eso de las siete de la tarde, la Policía
llegó al escondite de Raymond. Pese a su herida, el uruguayo
intentó escapar. Saltó incluso una medianera, pero fue
inútil. Cuando lo agarraron pidió que no lo mataran. Dijo:
yo soy ladrón, no asesino.
Seguramente el interrogatorio no fue amable: los policías
querían saber dónde estaban los argentinos. También se lo
preguntaron a Scutari. Y a toda su familia. "Nos llevaron a
todos, a mi madre recién operada, a todos. Aquello fue un
desastre", recuerda Gladys Scutari.
Los interrogatorios no dieron resultado.
El viernes 5 a eso de las siete de la tarde mientras la
Policía apresaba a Raymond, los porteños jugaban una carta
desesperada. Ya sin ningún refugio seguro disponible,
golpearon la puerta de un delincuente uruguayo, al que el
diario Acción llamaría "Equis". Querían alojamiento, pero
Equis les dijo que no podía.
"Equis sintió entonces cómo pesa una pistola cuando a uno se
la meten en la boca del estómago.(...) Querían un escondite,
un 'enterradero', para das o tres días y Equis tenía que
buscárselos.
-En dos o tres horas nada más, dijo Brignone.
Y Dorda:
-Salí y buscanos el agujero. Nosotros nos quedamos aquí con
tu mujer... Ya sabés...".
Equis salió a la calle y solo él sabe qué hizo durante las
dos horas siguientes. Quizás se empeñó, sin suerte, en
encontrar el refugio que necesitaban los argentinos. Quizás
no. Lo cierto es que poco antes del fin del plazo dado por
los porteños, Equis estaba en la Jefatura de Policía.
No había mucho tiempo, había que encontrar rápido un falso
refugio para que Equis alojara allí a los argentinos. El
jefe, Ventura Rodríguez tenía dos parientes jóvenes que
subarrendaban un apartamento en un edificio de la calle
Julio Herrera y Obes, el Liberaij.
Consultó y se podía usar. Le dijeron a Equis que llevara
allí a los argenúnos. Y Equis los entregó.
Así contó Acción cómo pistoleros y policías coincidieron en
el Liberaij. Otros diarios ensayaron otras explicaciones,
pero Rodríguez confirmó luego la historia de Acción. “Fue un
soplón, pero jamás en su vida mi esposo me dijo su nombre",
dice hoy la viuda de Ventura.
Equis volvió a su casa con la noticia de que había
conseguido un enterradero. Debe haber rezado para que los
ojos no lo delataran. Al entrar se encontró con una sorpresa.
Malito ya no estaba. Dicen los diarios que no hizo preguntas.
Dijo que había conseguido un refugio perfecto, en pleno
Centro y le creyeron.
La Policía pudo haber apresado a los argentinos cuando
llegaron al edificio, antes que subieran al apartamento.
Después de la batalla, Ventura Rodríguez diría a Acción que
no lo hizo para proteger la vida del "soplón" al que se le
debía gratitud y al que los porteños habrían matado apenas
vieran un policía.
Los pistoleros se instalaron y Equis bajó a traerles algo
para comer. Luego volvió a salir en busca de bebida. Y no
volvió nunca más.
La batalla
Es imposible determinar la hora exacta en que comenzó todo;
cada uno de los diez diarios dio su propia versión, como si
en toda la ciudad no hubiera dos relojes iguales.
A eso de las diez de la noche la Policía rodeó el edificio.
A través del portero eléctrico o de un megáfono -en eso
también hay diferencias- se les hizo saber a los argentinos
que estaban rodeados y que sus derechos serían respetados.
No hubo respuesta.
A las 22.15 -justo cuando en el Radio City empezaba una de
James Bond, Desde Rusia con amor- un grupo de choque de la
Guardia Metropolitana entró al edificio. Fueron al primer
piso y empujaron la puerta del apartamento 9 que no cedió.
Tampoco pudieron abrirla a hachazos. Adentro no se oía nada.
Dispararon gases lacrimógenos. Allí estaban el comandante
del cuerpo, coronel Roberto Ramírez; su segundo, el teniente
coronel Pascual Cirilo, y Ventura Rodríguez. Eso bastaría
para hacerlos salir, pensaban. Pero no se oyó ni un quejido,
ni una tos, ni corridas. Nadie se rindió. "Por un momento
hasta dudamos que estuviesen allí", diría luego Cirillo a El
Día.
La primera bomba de gas había retumbado en el edificio como
un cañonazo. Douglas Garrido tenía 9 años, vivía en el
tercer piso y aquello le pareció igual a las bombas que
explotaban en Combate, en la tele. "Salí corriendo al
pasillo para ver qué pasaba y me comí todos los gases".
Hubo más bombas. En algún momento, el propio Ventura los
llamó por el portero eléctrico. Lo rodeaban decenas de
policías y periodistas. El Diario reprodujo así el diálogo:
-Una vez más les sugiero que se entreguen y les aseguro que
sus vidas serán respetadas.
-¡Vengan guanacos! ¡Vengan a pelear si son hombres!
-Mi amigo, acá le habla el jefe de Policía de Montevideo,
que es quien les garantiza el respeto de sus vidas.
-Así que vos sos Ventura, el que gana 5.000 pesos por mes,
¿eh? Nosotros tenemos acá tres millones y los vamos a quemar
esta noche.
-Estoy con el juez de instrucción, para darles la seguridad
de que gozarán de todas las garantías si se entregan.
-(insultos soeces)
-Mi amigo, usted debe estar tomando alcohol y ese no es el
mejor consejero en estos momentos...
-Si estamos tomando whisky. ¿Ustedes quieren venir a tomar
una copita? Vengan si son hombres.
-Una vez más les recomiendo que se entreguen.
-Nosotros vamos a pelear porque somos hombres. ¿Querés verlo
que vamos a hacer? (El delincuente dispara tres veces al
lado del intercomunicador, que reproduce fielmente los
estallidos). ¿Te gustó esto? Tenemos mucho más de esto para
ustedes, si vienen.
-Espero que recapaciten".
Es la hora cero. La Mañana narra una nueva conversación -¿o
es la misma?- a través del portero eléctrico. "Ventura
Rodríguez va perdiendo los estribos y finalmente grita: la
vida de uno de mis hombres no vale la de ustedes cuatro". La
Metropolitana ha pasado de los gases a los proyectiles
perforantes, más poderosos. Estos -según El Plata- "hicieron
prácticamente irrespirable el ambiente, por lo menos, a una
cuadra a la redonda". Sin embargo, seguía sin percibirse
ningún efecto en los pistoleros. “Estos porteños parecen
inmunes a los lacrimógenos", diría el cronista de La Mañana.
"Pensábamos que eran unos idiotas y eran vivos. Y eran unos
hijos de una gran siete, con muchas muertes encima",
recuerda hoy Cirillo.
Casi toda la cúpula de la Policía estaba ahí, en el hall del
Liberaij. En la vereda ya hay más de 200 policías y cada vez
más curiosos. Cirillo recuerda que decidieron volver a subir
la escalera. “Esto está muy bravo, estos tipos van a salir
por arriba y van a tomar rehenes", dijo Santana Cabris.
Ventura también va con ellos y Santana le advierte que se
cuide. De pronto, por un agujero que un proyectil había
hecho en la puerta, uno de los argentinos disparó. Hay
corridas, gritos y alguien que cae herido.
En su casa, en Pando, Sarandí Cabris dormía. Había estado
pendiente de las noticias hasta última hora. Se despertó
porque alguien le golpeaba la ventana. Era un funcionario de
la Policía Caminera. Le dijo:
-Mire que mataron a su hermano.
Hay helados
Tras el tiroteo sobrevino el caos. Algunos se apuraron a
sacar al herido ("mientras los compañeros recogían a
Santana, los delincuentes argentinos, riendo, desde dentro
se mofaban de la Policía”, narraría La Mañana) y otros
corrieron escaleras abajo.
Cuando el tiroteo, Cirillo, en lugar de bajar, subió. Ahora
estaba solo en el pasillo del primer piso, a merced de los
argentinos. Estaba totalmente oscuro. No podía bajar la
escalera, porque ello significaba pasar delante de la puerta
del apartamento 9 y exponerse a otra ráfaga mortal. No se
veía nada y solo atinó a quedarse allí, quieto, en silencio.
El tiroteo se hizo intenso. Algunos apartamentos fueron
tomados por la Policía buscando lugares desde donde hacer
fuego a la parte de atrás del pequeño apartamento de los
pistoleros, a través del pozo de aire.
Afuera los policías ya eran 300 o 500, quién sabe. Y cada
vez más y más y más gente. Un cronista de El País narraría:
"Toda la noche, en medio de las balas, mezclados con los
caballos, apostados atrás de las ambulancias, de los carros
policiales, de los bomberos, una multitud ansiosa de no
perderse nada del espectáculo, arriesgaba su vida,
entorpecía el trabajo de los agentes ( ... ) A las 12, el
gentío se había filtrado entre las caballos de la Policía y
prácticamente era imposible ya no ver, sino saber por los
mismos policías qué era lo que estaba pasando, tal era el
caos. Sin embargo, el caos suele ser un atractivo negocio
para los punguistas, que surgían agarrados de los hombros de
algún policía que los llevaba en vilo -modestos chivos
emisarios de los gangsters acorralados- y también un negocio
para los heladeros que, indiferentes a las corridas y
sablazos esporádicos, voceaban su fresca mercadería".
Uno de los curiosos era un niño de 12 años. Asomaba la
cabeza desde la esquina y se asombraba porque las balas
sonaban mucho más secas que en el cine. Aquel niño era Jaime
Roos.
“Yo estaba en sexto y en el Liberaij vivía una compañera de
clase que estaba con hepatitis. La maestra, una vez por
semana me pedía que le llevara el cuaderno con los apuntes,
así ella estudiaba en su casa y no perdía el año. Cuando
comenzó esa balacera tremenda en el barrio, como buen pibe,
me arrimé. No había cordón de seguridad. Yo vichaba por la
esquina y veía un terrible tuco en Julio Herrera. Me
producía una especial preocupación saber que ahí vivía mi
compañera. Las balas me producían un efecto angustiante...
realmente angustiante. Me fui a dormir con el sonido de los
balazos".

Puerta del apartamento del edificio "Liberaij" después del desenlace
Sangre, sudor, lágrimas y mamaderas
Cirillo recibió por radio la orden de entrar en el
apartamento 11, el de la familia Baronio, al fondo del
corredor, a unos cinco o seis metros en línea sesgada al 9.
Le piden que desde allí dispare contra la puerta de los
delincuentes. Aunque no puede hacer impacto frontal, si
dispara todo el tiempo, evitará que los porteños salgan al
pasillo. "El edificio estaba lleno de gente y hasta que
pudieran sacarla, había que evitar que ellos tomaran rehenes".
Ricardo Baronio, jefe de una tranquila familia proveniente
del interior (hoy fallecido), abrió la puerta. Estaba muerto
de miedo, con Vanesa, su beba, y la empleada. Su señora
había ido al teatro.
Cirillo entró, trató de tranquilizarlo, pidió unos colchones
de lana, los instaló alrededor de la puerta y comenzó a
disparar. Le respondieron con gritos, insultos y ráfagas de
ametralladoras. (En los colchones de lana, los únicos que
tienen la virtud de detener balas, quedarían 180 proyectiles
al final de la batalla, diría El Diario)
Entre la tremenda balacera, el teléfono sonaba a cada rato:
a veces era el ministro del Interior para alentar a Cirillo,
a veces la señora Baronio para ver cómo estaban los suyos.
"No llames más", le pidió su marido, porque las balas
rebotaban cerca del teléfono.
Fueron horas y horas. A Cirillo le llegó una ametralladora
por el pozo de aire. Baronio quería un revólver para sumarse
al combate. Aquello no terminaba nunca y Cirillo, asustado,
agotado, se preguntaba cuánto podría durar.
A las dos de la mañana empezó a llover. "El pequeño parlante
del comunicador interno reproducía los insultos que Merelles,
Brignone y Dorda lanzaban constantemente", diría BP Color. A
esa altura les habían tirado de todo, incluyendo gases que
provocan vómitos y diarrea, pero nada los afectaba. ¿Cómo
podían resistir? No lo sabían. La Policía suponía que las
drogas (habían encontrado gran cantidad de anfetaminas en
una de sus guaridas) y el alcohol los ayudaban. Los gritos e
insultos permanentes reforzaban esa teoría. Pero eso no
explicaba la resistencia a los gases. Luego, cuando vieron
que prendían fuego a todo, incluso a los tres millones de
pesos argentinos que aún tenían, entendieron que esos tipos
sabían y sabían. Usaban el fuego para calentar el aire y
hacer subir los gases: respiraban a ras del suelo.
Cirillo estaba exhausto. ¿Cuántas horas iban, cinco, seis?
"Me empezaba a poner exigente. Quería que me mandaran a
alguien para ayudarme. Estaba muy cansado. Me dolía todo. Me
habían dicho que íbamos a buscar a tres delincuentes que
estaban para entregarse. No iba preparado para ese martes
13...".
Al fin, por el tubo de aire, llegó para auxiliarle un cabo,
de apellido Jesús, que tomó la posición de Cirillo contra la
puerta.
Cirillo no se acuerda si aprovechó para comer algo: "Estaba
con un susto tan grande que no se si comí o no comí", se ríe
hoy. La que sí aprovechó la llegada de refuerzos para comer
fue la pequeña Vanesa. "El comandante Cirillo hizo las
mamaderos", recuerda, agradecida 32 años después, Cristina
Fernández de Baronio.
La crónica de La Mañana diría que a las 3.25 los argentinos
anunciaron a los gritos que iban a salir. Y salieron. A los
balazos, intentaron ganar el apartamento de los Baronio.
Cirillo recuerda hoy: "El que estaba en ese momento
defendiendo la puerta era Jesús. Los tipos salieron baleando
y baleando y lo hirieron".
Baronio reviviría ese momento dramático en El Día: "Me vi
perdido y quise saltar con mi hija por el balcón. Pero el
comandante Cirillo me lo impidió, me dijo que tendrían que
pasar por sobre su cadáver paro llegar hasta nosotros y para
respaldar sus afirmaciones, salió a cuerpo descubierto al
corredor y disparó varias ráfagas de ametralladora contra la
puerta de los asesinos".
Pero hoy Cirillo recuerda que él también sentía miedo. "Yo
tenía una hija recién nacida... pensaba mucho. Creía que me
iban a matar. Uno, en esos momentos, hasta llora".
Barriendo la mugre
El sábado amaneció sin que nada hubiera cambiado. Habían
cortado el agua y la luz en el edificio. Demasiado tarde:
hacía ya mucho que los argentinos habían llenado de agua
todos los recipientes que había en el apartamento. A las 5,
siete horas después del comienzo de la batalla, el jefe de
Policía le decía a un cronista de BP Color: "Por el momento
hay una sola idea, ganarles por cansancio". A las 5.30 llegó
una escalera de los bomberos y recién entonces algunos de
los vecinos comenzaron a ser evacuados.
Los diarios llenaban sus primeras planas con enormes títulos.
El País: "Una histórica noche de balas en pleno Centro". "Mataron
al comisario Santana Cabris". "Gritaban con todo: '¡vengan
guanacos?" El Debate: 'Muerte en la calle'. "Santana Mártir".
El Debate decía: "No dudamos que al saberse
irremediablemente perdidos, los sangrientos maleantes salgan
a la calle pidiendo por sus vidas".
No tenían idea.
A esa altura, había policías en todos los apartamentos desde
donde se podía hacer algo contra los argentinos. El
comisario Uruguay Genta les tiraba, a través del pozo de
aire, desde un apartamento de la planta baja. "Pusimos un
sillón contra la ventana y empezamos el hostigamiento de
abajo para arriba. Y ellos contestaban de arriba para abajo.
En el pozo de aire había un matrimonio que había pasado toda
la noche ahí. Parecían dos pichoncitos, apretaditos,
cagaditos de frío. Los bajamos. Prendimos el televisor,
estaban transmitiendo en directo. El ruido era infernal y el
televisor lo repetía. Por el televisor nos enteramos que
estaban haciendo un boquete en el techo para tirarles una
granada... era tanto el desorden".
Jorge Gerónimo, el agente que discutía con su hermana
estudiante, subía municiones y bajaba vecinos a través de la
escalera de los bomberos y se preguntaba - "todavía hoy me
lo pregunto" cómo aguantaban tanto esos porteños. "Eran
tantos los gases que la Metro les tiraba... a nosotros nos
mataban, pero ellos eran fuertes y pico. Eran duros, mire
que estuvimos horas y horas y horas. Y ellos gritando "¡tiren
hijos de puta, tiren hijos de puta!". (Gerónimo se desmayó
por efecto de los gases y fue atendido en una ambulancia, en
la calle).
Para Genta aquello era un caos: "Era todo lo que no se debe
hacer. Siempre hay gente muy valiente que dice 'vamos a
atropellar', 'vamos comisario que yo voy'. Pero no es así".
Otro policía que aún hoy prefiere no dar su nombre evoca que
al tomar un apartamento vacío, un oficial se puso un
delantal y dijo "ah no, si está sucio no peleamos". Y barrió
el piso. Después agarró una botella de whisky, le dio un
trago y se sumó a la batalla.
Cuidado con el perro
Afuera del edificio seguía el carnaval. "Centenares de
personas debían ser contenidas por los efectivos", diría La
Mañana. A las 10.45 Ventura Rodríguez ordenó dispersar la
multitud. El Popular narraría que la medida fue resistida e
incluso alguien arrojó una piedra, que hirió a otro
espectador.
Cuando el hoy ministro Luis Hierro llegó, se encontró con un
endeble cordón policial ("los agentes estaban todos dados
vuelta y mirando al edificio") y, salvo la molestia de los
gases lacrimógenos, no tuvo problemas en acercarse al
Liberaij. Tenía 18 años y debutaba como periodista de Acción.
Como el niño Roos, Hierro se sorprendió por el sonido seco
de los balazos.
Ahí también estaba el joven periodista Eduardo Galeano. "Tomaba
algún apunte de cuando en cuando, de espaldas contra la
pared, y fumaba, fumaba, todo el tiempo fumaba", escribiría
después. "No estaba trabajando. Fui por las mías nomás,
porque me llamó la atención. Estaba atraído -si no, no
hubiera ido-pero a la vez horrorizado por toda esa violencia",
recuerda hoy.
Aquella violencia no afectaba a todos por igual. El ex
diputado socialista Arturo Dubra se encontró allí con el
integrante del Consejo de Gobierno, Alberto Heber. Según
relataría BP Color, lo saludó, entre el ruido de la balacera:
-¡Titito, cómo te va!
Heber le contó que se estaba estudiando tirarles granadas a
los pistoleros, pero se temía que provocara daños enormes en
el edificio.
-¡Y te asustás por estos destrozos! Cuando ustedes con un
solo decreto causan destrozos mayores para todo el país....
Beatriz Batto vivía en el segundo piso. La Policía llegó a
su apartamento a las seis o siete de la mañana. Querían
tirar cócteles molotov desde su ventana. Ella reclamó agua
para su perro. "La revista Al rojo vivo, dijo que fue cómico
lo que yo hice. ¡Pero más cómico fue lo de la Policía! ¡Se
estaban matando a tiros y cuando fueron a entrar a mi
apartamento gritaban como locos: "saquen al perro, saquen al
perro, sino, no entro". Brutos hombres grandotes y
teniéndole miedo al perro foxter".
Unas horas después, Gerónimo la ayudó a bajar por la
escalera de bomberos, con el can a upa. Ella después, viendo
las fotos de los diarios, reconocería que uno de los
policías que había pasado por su apartamento era Héctor
Horacio Aranguren.
Al mediodía hubo un momento de silencio hasta que -diría BP
Color- "un grito estremeció el ambiente: ¡guanacos, se les
acabó el asado!" Los porteños volvieron a disparar sus
ametralladoras. Soportaban ya 14 horas de lluvia de balas,
gases y bombas molootov, con la misma energía, puntería y
rabia del principio. "Estaban enardecidos, nosotros no tanto
-recuerda hoy Genta-. "Uno no llega a enardecerse tanto como
el que está decidido a morir. ¡Nos decían cada cosa!
Nosotros comentábamos que drogados o no, esos tipos eran
guapos"!
A las 12.30 hirieron de un balazo a otro policía. A las
12.45, cuando llegó un enorme taladro para tratar de
agujerearles las paredes, le dieron a otro. La tensión era
cada vez mayor. Pero Aranguren no sentía miedo.
Los Aranguren era pobres. Vivían en Punta Rieles. Celina, su
madre, trabajaba en casa de los Gutiérrez, unos vecinos más
acomodados, donde limpiaba y cuidaba al niño Daniel, que,
nadie sabía, sería un famoso jugador de fútbol.
Tampoco sabía que su hijo, Héctor Horacio, de 21 años,
estaba en Liberaij. A él le encantaba su trabajo. Le gustaba
girar el revólver en sus dedos, como un cowboy y, a la hora
de la siesta, leía novelas policiales. "Era policía, policía,
no como algunos de ahora", recuerda hoy su hermana Mirta.
Vive en una modesta casa, en un asentamiento.
"Aunque ahora estamos un poquito mejor, en aquella época
éramos re-pobres, pero a él no le gustaban las cosas
chanchas". Un día le puso una multa al senador Tróccoli y no
se la sacó, ni aun después de saber quién era.
Aquel mediodía, en el Liberaíj, a alguien se le ocurrió
atravesar una escalera de lado a lado del pozo de aire y que
Aranguren gateara a través de ella hasta la ventana de los
porteños para tirar unas cuantas bombas molotov. "No es que
los superiores nos mandaran a arriesgarnos. Era la
iniciativa de los funcionarios, venían las bombas molotov y
había que tirarlas", recuerda Gerónimo. "Yo le decía a los
muchachos guarda, guarda... y ese muchacho.., se regaló...
era un cojudo bárbaro".
Los argentinos lo vieron y lo acribillaron. La Mañana diría
que fue el Nene Brignone. Gerónimo lo bajó por la escalera,
pero no había nada que hacer.
Mirta estaba escuchando la radio: "Era sábado al mediodía,
estaba haciendo ravioles y dijeron su nombre".
El fin
Hacía rato que Cirillo había pedido que le llevaran a su
apartamento los planos del edificio. Pidió que le dijeran,
además, quienes más estaban disparando y desde dónde. Quería
ver cómo podía ser que siguieran sin pegarles. "Después de
revisar los planos y de pensar mucho, me di cuenta: estos
tipos estaban en el único lugar donde no les podíamos pegar,
exactamente detrás de la puerta. Para darles ahí había que
tirarles desde el apartamento que estaba justo enfrente, el
12 ".
"Claro que no podía pasar por el corredor, que estaba batido
por ellos. Fuimos por el pozo de aire, con dos buenos
tiradores de la Metro (baja la voz). Ahí hicimos las cosas
bastante prolijas, en silencio y manteniendo todo el tiempo
el fuego desde el apartamento 11, para que no se dieran
cuenta de nuestro movimiento y para que se acurrucaran más
atrás de la puerta".
Al llegar hicieron tres ráfagas: "una de pie, una de
rodillas y una tendidos". No hubo respuesta, pero no se
animaron a salir. Dejaron pasar media hora. Solo se oían los
disparos de la Policía. "Cuando nos decidimos a entrar grité:
'¡alto el fuego!', porque aquello era un relajo, un
pandemonium donde se la ligaba cualquiera. Entramos. Estaban
tiraditos, atrás de la puerta, como estaba previsto. Tuvimos
esa suerte. Y había uno que boqueaba todavía".
Eran las 13.45, más o menos, cada uno de los diez diarios
dio horas distintas.
Cirillo diría a los diarios que los hombres que hicieron las
ráfagas finales habían sido Nilsi Puerto y Alberto Dutria.
Hoy Puerto no quiere recordar. "Yo dejé la Policía casi
enseguida. Son recuentos feos, como para andar ventilándolos
para que otros se llenen los bolsillos".
La venganza
Merelles todavía estaba vivo cuando lo sacaron del Liberaij.
"Fue como si el mundo se viniera abajo", diría Acción. "La
avalancha lo rodeó y millares de voces se alzaron hasta el
sol pesado de la tarde pidiendo su muerte.
-¡Que lo maten...! ¡Mátenlo...! ¡Que lo maten...! (...)
Sobre el montón sanguinolento de Merelles llovieron de todas
partes los golpes, las patadas, los puñetazos, los
escupitajos y los insultos".
Eran las 14 y pocos minutos cuando, a contramano por
Canelones, la ambulancia partió hacia el Maciel. Desesperado,
en el hospital estaba Juan Aranguren, el tío de Héctor
Horacio, la última víctima de los argentinos. "El gurí ya
estaba muerto. Se regaló: él salía a las seis de la mañana,
pero fue para ahí. Era muy audaz".
Mientras estaba en el Maciel, llegó la ambulancia con
Merelles.
'Todos le decían al médico' matalo, matalo'. Pero el doctor
no lo quiso matar".
Al apartamento 9 entró "una horda enardecida", recuerda
Genta. Los cadáveres de Dorda y Brignone yacían sobre "un
barro blancuzco" que "se confundía con los charcos de sangre.
El panorama era de destrucción, de muerte", diría BP Color.
Las paredes estaban agujeradas por miles de balazos (solo la
puerta tenía más de 100), todos los muebles estaban
incendiados, todos los vidrios rotos. "En las paredes las
manchas de sangre estaban marcadas por proyectiles
incrustados y un tizne cubría todas las dependencias con
tono oscuro, opaco".
Tan quemado como los muebles estaba el millonario botín que
había sido de los porteños y ya no sería de nadie. "¡Si
habría guita! Pero toda quemada. Yo tuve en mis manos los
fragmentos de esos billetes grandotes de 1.000 pesos. Valían
un platal. ¡Si yo ganaba 68 pesos por mes!", recuerda
Gerónimo.
Los primeros que llegaron también vieron las armas de los
argentinos. Luego éstas desaparecieron.
"Únicamente obra en poder de las autoridades una pistola y
se estima que las restantes fueron sustraídas por los
propios funcionarios, como trofeos, para museos personales",
diría El Diario y Ventura lo confirmaría. Lo mismo pasó con
los billetes quemados y la ropa de los pistoleros muertos.
Los fotógrafos que entraron últimos tuvieron que retratar
los cadáveres desnudos.
Ventura Rodríguez se dirigió al público enardecido, una
escena que Acción narraría para la polémica general: "En
medio de la confusión y el dramatismo del epílogo, el Jefe
de Policía, Coronel Ventura Rodríguez, habló por un megáfono
al público reunido en el lugar de los hechos.
Si lo hubieran permitido, el público y algunos de los
propios policías, habrían deshecho el edificio de arriba a
abajo y habrían sembrado de sal al solar: que nunca más la
vida creciera sobre la tierra maldita.
Pero el Jefe de Policía habló y su voz fue una copa de
aceite, sobre la muchedumbre alucinada.
Pedía calma, pedía sosiego para la labor de la Justicia,
pedía tiempo para la meditación y la pena profunda que viene
ahora por la memoria de los muertos.
-Yo le di el último puñetazo... dijo el Jefe.
Y sobre las cabezas de la muchedumbre, mostró en el aire
caliginoso de la tarde el puño derecho, tinto en sangre
...".
Turismo interno.
Ya esa tarde la gente comenzó a hacer cola para entrar al
edificio, recorrer su escalera, ver el apartamento 9. "Se
agolpaban contra la puerta porque querían entrar a toda
costa. Era un espectáculo horrible. ¡Y el portero cobraba
entrada!", recuerda la señora de Baronio.
El lunes 8 La Mañana, señaló que "anoche, tarde ya, la gente
seguía concurriendo por cientos y cientos (hasta vimos algún
ómnibus de excursión) para ver de cerca el escenario de la
tragedia".
Al día siguiente la visita se oficializó. Sorpresivamente,
la Policía invitó al público mediante un comunicado: "A
partir de la hora 19, hasta el día de mañana a las 7 y 30,
se puede visitar el apartamento de la calle Julio Herrera y
Obes 1182, donde se desarrollaron los hechos de notoriedad".
Para horror de BP Color aquello fue un "éxito": "Durante
toda la jornada de ayer, incluyendo la noche, se hacía
difícil transitar por las inmediaciones; tal era el número
de hombres, mujeres e incluso niños que 'querían ver' el
lugar de la espantosa matanza".
Los cadáveres de los porteños ("eran seres probadamente
depravados. En su naturaleza estaba inscripto el mal", dijo
El Día) habían sido derivados a la morgue de la Facultad de
Medicina. Nadie los reclamó.
En cambio, miles y miles de personas habían concurrido el
domingo 7 al entierro de Cabris y Aranguren ("dos meritorios
funcionarios que cayeron bajo los plomos de los salvajes",
dijo Acción).
Aquel día, en los discursos de homenaje a los caídos se
pidió que los jueces fueran menos benévolos con los
delincuentes.
El público acompañó el cortejo y luego escuchó los discursos
fúnebres en silencio. Pero "en voz baja "-narró Acción- se
hablaba solo de Borda, Merelles y Brignone:
-¡Si! ¡Dijeron que resistirían y resistieron...!
Nunca encontraron a Enrique Mario Malito.
Rogelio Blas Scutari, el hombre ayudó a Yamandú Raymond
cuando estaba herido, falleció. "Pasó siete años en la
cárcel. Perdió a su familia. Fue horrible...", recuerda
Gladys, su hermana.
Raymond también estuvo muchos años preso. "Se la comió toda.
Ahora tiene 72 años y está en Buenos Aires, con su señora,
trabajando de casero, serio, sobrio. Incluso se ha animado a
venir por Montevideo", dijo su primo, Faustino. Justamente,
aquí en Montevideo, Raymond y Delci Meneses, el policía que
lo hirió, viajaron varias veces juntos en el 409. Se
reconocieron.
Meneses reconoció a Raymond porque nunca olvidó su cara ni
la de Merelles. "La muerte de Cancela me afectó mucho. Dudé,
incluso, si seguir siendo policía". Pero como lo premiaron
ascendiéndolo dos grados siguió y llegó a subcomisario.
Hoy no entiende lo que pasa con la Policía. Tiene un ex
compañero, también retirado, que atiende un quiosco frente a
la Caja de Jubilaciones. El hombre le cuenta cómo los
punguistas le roban a los viejos, delante de policías que
hacen como que miran para otro lado.
"En 1965 la gente nos apreciaba. Ahora no nos quiere nadie",
sufre Uruguay Genta. Tiene 70 años y, aunque retirado, vive
pensando en "su" Policía. Una vez dio una charla en el
Rotary y preguntó como debía ser un buen policía: valiente,
educado, lindo, culto, le dijeron. Después preguntó quien
quería que su hijo fuera policía.
Nadie. "Porque ésta es la Policía que el Estado quiere:
barata, con comisiones de apoyo que le compren ropa. Para
que haya policías de tiempo completo, inteligentes,
bachilleres y de buena familia, hay que pagar bien". Cree
que lo que pasó en el Liberaij debería estudiarse como todo
lo que no hay que hacer.
Pascual Cirilo también tiene 70 anos y también cree que
entonces se cometieron errores: "En un procedimiento contra
individuos que ya tienen ocho asesinatos, primero hay que
desalojar el edificio". Es general retirado. Dirigía la
cárcel de Punta Carretas cuando se fugaron 106 tupamaros.
Fue comandante de la región IV "durante el proceso". Su
participación en la batalla del Liberaij le hizo famoso por
un tiempo. "En todos lados querían que hablara de eso, pero
yo no decía nada. Hubiera preferido que no me hubiera tocado.
No es algo para enorgullecerse, ni para andar contando en
los boliches".
Recorriendo boliches, buscando letra para Brindis por
Pierrot, Jaime Roos descubrió que 20 años después, el
Liberaij seguía vivo. Por eso lo incluyó en la canción: "El
borracho que canta dice: que será de los porteños ocupando
el Liberaij". Esa línea trasunta una suerte de cariño o de
admiración. Porque así se los recuerda en la noche
montevideana. Fue un hito, algo que quedó marcado. Que
quemaran los billetes, que se dieran una biaba tremenda de
cocaína, que se tirotearan así y que quemaran todo, está
fuera del argumento tradicional. Fueron los que prefirieron
morir antes que entregarse a la Policía: eso es lo único que
quedó de ellos. Más allá de que fueran personas horribles".
Nunca nadie le recriminó haber incluido a los pistoleros en
la canción.
Celina Aranguren, la madre del tercer policía muerto por los
argentinos, conoce la canción, pero nunca le prestó atención
a la letra. Sigue siendo pobre: tiene 74 años y continúa
trabajando. Es casera de una quinta que, en las afueras de
Montevideo, tiene Daniel "Tano" Gutiérrez, el niño que
cuidaba hace 30 años. Muchas empresas donaron dinero para
las familias de las víctimas del Liberaij, pero no recibió
nada. Todo fue para la mujer de su hijo y "ella nunca más
apareció". Reclamó ayuda en la Policía "pero siempre me
sacaron corriendo".
Todas las donaciones que se hicieron entonces para las
víctimas constan en un volumen que Ventura Rodríguez
encuadernó.
Rodríguez reconocería días después de la batalla que,
efectivamente, se habían cometido errores. Falleció en 1997.
Su viuda recuerda hoy que "el traje que usó ese día lo tuve
que tirar, porque ni siquiera en la tintorería le pudieron
sacar el olor a los gases".
No quedan rastros de aquel olor. Por el pozo de aire del
Liberaij sube ahora un fuerte olor a milanesas. Quizá la
única vecina de aquella época que aún vive en el edificio
sea Mirta Eliaskevitz. Dice que pasó "las de Caín" durante
el tiroteo, pero no quiere recordar: "No habría ni que
hablar de aquello, no hacerlos más héroes a esos señores,
como en una canción que se hizo". El apartamento 9 es ahora
el 102. El Estado solventó su reconstrucción. Hace un mes lo
alquiló Gerardo Bueno. No sabe que, justo donde ahora está
parado, ahí, fue que mataron a Merelles, Dorda y Brignone.
La autopsia dijo que Dorda tenía 16 heridas de bala y
quemaduras; Brignone, 19 heridas de bala y quemaduras, y
Merelles, una sola herida de bala, en la nuca. Fueron
sepultados el 9 de noviembre de 1965 en el Cementerio del
Norte.
En el registro del día dice:
"Marcelo Brignone. Patria: se ignora. Edad: se ignora.
Estado: se ignora. Enfermedad: herida de bala. Carlos A.
Merelles. Patria: argentino. Edad: 26 Estado: Soltero.
Enfermedad: herida de bala. Roberto Juan Dorda: Patria:
argentino. Edad: 30. Estado: se ignora. Enfermedad: herida
de bala".
Ya no están en Uruguay. Merelles "pasó a Buenos Aires" el 15
de noviembre de 1968; Brignone el 8 de enero de 1969, y
Dorda el 24 de julio de 1997. En el registro no consta quién
redamó sus cuerpos.
Tinta Loca
Tras la muerte de los pistoleros, casi toda la prensa señaló
que su resistencia solo había sido producto del alcohol y la
droga. La Mañana, por ejemplo, dijo: "Valga el argot del
hampa, se dan la falopa momentos antes de cometer alguna
fechoría. Y mediante este sistema artificial se infunden el
valor que les falta comúnmente”.
Después no hubo más coincidencias. El Día criticó a los que
-como El País y Acción- retrataron a los argentinos muertos:
"No es con fotografías ni con películas macabras, morbosas,
tintas en sangre, que se informa...". Época repudió el "auténtico
show de la muerte transmitido por radio, proyectado por
televisión, narrado minuciosamente por la prensa
sensacionalista”.
El País aprovechó para criticar a la izquierda: no había dos
policías, una mala, falsamente acusada de torturar, y una
buena, defensora de la sociedad. BP Color terció: "La
Policía de Montevideo, que tantas veces merece críticas por
sus actuaciones, debe recibir en esta instancia, el homenaje
entero de todos”. El Diario, sin embargo, "la conducta de
quienes (....) cayeron en el extremo de ensañarse con uno de
los delincuentes, ya moribundo...". Época dijo que eso podía
tener "una explicación -difícil, pero explicación al fin- en
la pasión desencadenada” pero no entendía cómo era "motivo
de subrayado especial por la prensa”.
Marcha señaló que los argentinos "no apelaron" a tomar
rehenes.
El País consiguió una entrevista exclusiva con “Walter Bo,
el hombre que liquidó a Dorda”. Bo, que "no se siente cómodo
entre las grandes palabras” decía: "No, no fue una jornada
agradable. Tuve -tuvimos- el gusto de la pelea, las manos
que se empapan en sudor, la boca reseca, las sienes que
laten furiosamente (...) Rabioso, le grité un insulto. Dorda
insinuó el gesto de apuntarme, pero le descargué la 45”. Al
otro día un comunicado oficial dijo que Bo era un impostor
que nunca había peleado en el Liberaij.
La cobertura de El Debate fue aplaudida en un suelto
titulado "El Debate ha cumplido” publicado por.. El Debate.
La cobertura, de todos modos, tuvo algunos pequeños errores:
dijo que la Policía llegó al Liberaij porque vieron a los
porteños andando en auto y los siguieron; señaló que el
edificio fue desalojado antes del tiroteo; vaticinó que los
argentinos pedirían clemencia; afirmó que los policías
fueron distribuidos en el edificio según un plan, y explicó
que los gases no afectaron a los pistoleros, principalmente,
porque había una ventana abierta.
Arbitra Thelmo Palumbo
Acción sostuvo en su cobertura del tiroteo que el juez de
fútbol Thelmo Palumbo, también policía, vivía en el Liberaij
y había pasado muy nervioso, deseando que el tiroteo
terminara para poder ir al estadio a arbitrar el partido
entre Nacional y Wanderers.
Efectivamente, Palumbo -que hoy tiene 70 años- era juez y
policía, pero nunca vivió en el Liberaij. "Aquella fue un
error. Ese día yo debutaba en el referato y, en jefatura,
nos tenían a todos encerrados por si nos necesitaban.
Se acercaba la hora del partido y yo pedí autorización para
estirar un poquitito las piernas. Me dijeron: 'bueno, pero
vení rápidos Y fui al Liberaij, miré un poquito y volví al
trabajo. Después me fui para el estadio" recuerda Palumbo.
Nacional ganó 2 a 1, con goles de Sanfilippo, Ross para
Wanderers y Urruzmendi en el último minuto. El arbitraje fue
criticado. "Otro final confuso, raro, poco claro", dijo BP
Color.
Los jueces no deberían ver tiroteos antes de los partidos.