Irineo Leguizamo

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2002 ~ 12 años difundiendo nuestras raíces ~ 2014


Julio E Fuentes Barreto

 

TODOS SEREMOS ADULTOS MAYORES

(By Julio Fuentes Barreto)
No soy, ni me siento viejo; tengo la edad de mis ilusiones. (Luppi en Corazón de fuego)
Envejecer es no tener coraje para pelear y soñar con algo. (José “Pepe” Mujica).


¿MAYORES de cuánto? El sistema actual deja de lado cualquier persona que haya tenido la desastrosa idea de sobrepasar los cincuenta y cinco años de edad. Los considera viejos: para trabajar, para aspirar a un puesto laboral, (desconoce la experiencia, tan valorada en otros tiempos) para estudiar, casarse… Esta misma y paradójica costumbre favorece a los jóvenes que permanecen cómodamente incrustados en la casa paterna, ahorrándose gastos “innecesarios” de vivienda, salud y alimentación, suponiendo, mal, que es normal alojarse hasta los cuarenta, aunque ganen tres veces más que sus padres. Hasta hace 30 años si no formabas familia antes de los veinte, eras un vago, y peor si eras mujer, quedarías irremediablemente solterona; terminabas en la calle por zángano y pánfila.
Pero actualmente LA SOCIEDAD OCCIDENTAL Y MODERNA RECHAZA LA MUERTE Y GLORIFICA EL CULTO A LA JUVENTUD, ninguneando a los ADULTOS MAYORES.

Aunque las nuevas generaciones les encasillen estereotipos, debilidad y dependencia, generalmente son quienes poseen un altísimo nivel de valores éticos y morales, responsabilidad y tolerancia. Antiguamente, las personas MAYORES gozaban de gran respeto, todavía ocurre en países como China y Japón; deberíamos aprender algo de estas civilizaciones milenarias que rinden culto y veneran a sus MAYORES y antepasados; culturas donde los abuelos conviven hasta perecer entre sus nietos, hijos, yernos y nueras, que los respetan y agradecen adecuadamente, y que cuando sucumben bajo los estragos del tiempo, son protegidos y atendidos, haciéndoles sentirse amados. Sin embargo, aunque los jóvenes sigan dependiendo de ellos, son ignorados y no valorados debidamente en la mayoría de las sociedades modernas.
Si decimos que somos un país envejecido (en mayo nuestro presidente cumplió 76 añitos); deberíamos reconocerlo de una buena vez prestándole a la mayoría una mejor atención y cuidado, a nuestros ADULTOS MAYORES, brindándole la chance de utilizar su experiencia, valorándola y agradeciéndoles. No en vano durante décadas pagaron sus impuestos, aportaron y sufrieron recortes salariales, ¿por qué hoy le postergan y retacean sus derechos? ¿Es eso justicia? No, eso es estafa. El Estado todavía tiene el arcaico concepto- atrasado treinta años- , de cuando los MAYORES vivían de arriba en casa de sus hijos, y destinaban el producto de su magra jubilación a comprarse alguna pilchita de vez en cuando, o atendían sus pequeños vicios: yerba, quiniela, tabaco, la copita en el bar, algunos caramelos y chucherías para los nietos, si los había; porque de cualquier manera hasta el fin de sus días se la rebuscaban ejerciendo sus anteriores tareas, tanto si fueran modistas, tejedoras, carpinteros o albañiles.
Hoy los ADULTOS MAYORES aportan TODOS sus ingresos, es más, para llegar a fin de mes la casa necesita su aporte, como cualquier laburante más. Ni hablar de retorno alguno, al contrario, asumiendo tareas de todo tipo; como niñeras, cocineras, lavanderas, pintores, (reparaciones y mantenimiento), arreglos varios, (se va a domicilio) empleados y obreros ¡bah! Piezas fundamentales en cualquier casa o familia y sin derecho a nada; presionados por circunstancias que incluyen parientes abusivos y desconsiderados. El 50% de las abuelas -los abuelos tal vez menos-, que no tuvieron ni tienen vida propia, por vivir vidas ajenas, suelen confesar que les agrada “ayudar”; cuándo ellos se casaron, digo, ¿los vinieron a ayudar? O les dijeron la consabida frasecita utilizada en esos tiempos: “El que se casa, casa quiere” y arreglate como puedas; aunque tuvieses que criar diez hijos…Porque es falso que a TODOS los MAYORES les guste TRABAJAR de abuelos. Es una patraña que difunden hijos, yernos y nueras, y que humildemente ellos aceptan para quedar bien: “Se entretienen” –dicen. Aunque jamás les consultaran si, en vez de criar fieras, no les gustaría salir a pasear, tomar el té o el sol en alguna plaza, ir al cine o al teatro, asistir a algún taller para desarrollar aquellas aptitudes latentes que la falta de tiempo, (criar hijos y formar una familia) no les permitió, o simplemente salir de excursión, quedarse leyendo o mirar la tevé sin compromisos ni horarios.
Las mujeres MAYORES tienen excesiva paciencia y se comprometen más, creen que deben hacerlo, y se imponen la sufrida tarea de poner el hombro trabajando como a sus treinta; la misma edad de sus nueras o yernos. Abusadores & Co. esgrimen que: “Lo hacen porque no tienen nada qué hacer”, entonces les dejan todo a cargo; mandados, feria, súper, pediatra, lleve y traiga niños del club y el colegio, merienda, control de los deberes, higiene y baño, cambio de ropa y cena. Todo perfecto y en orden para cuando la pareja llegue a las nueve de la noche, cansados como burros, pobres, y sólo tengan que acostar a la fierecilla. ¿Te portaste bien? ¿Se portó bien? Es lo único que pregunta, y de común acuerdo, exhaustos, tanto niño como abuela, contestan afirmativamente; aunque sepan que cantan a dúo una reverenda mentira. ¡Ojo! Quizás ese nieto criado abuelísticamente, apenas sea adolescente, ¿Recordará de hacerle una visita mensual, aunque sea? ¡No señor! Ese niño fue criado por una empleada “disfrazada” de abuela.
Después, cuando la vejez comienza su inexorable demolición, cuando la relación utilitaria disminuye y la estructura familiar se resiente; cuando se torna imprescindible retribuirle con los mismos cuidados y dedicación, aparecen las dudas: “Yo no sé que voy a hacer con papá -o con mamá-, ¿viste? cada vez está portándose peor” y la amiga: “¿Ya pensaste en un Residencial?” Nuestros MAYORES comienzan a sentirse culpables, como que molestan, se lo demuestran al discutir en su presencia problemas que no causaron, que esto y que lo otro: “¿Estaré sobrando, m´hija?” “Y mamá… vos sabés como es Ernesto, se calienta por todo… yo qué sé.” Y ni siquiera la conforman negándolo; siguen descargando culpas sobre ellos sin dignarse mirar atrás ni un segundo; sin razonar que si no fuera por ellos (que se pusieron la casa al hombro y criaron esos nietos) no hubieran progresado ni comprado el autito con lo que ahorraron de niñera y doméstica durante quince años. “Lo hicieron porque quisieron –arguyen-, ¿no dijeron siempre que se entretenían?” ¡Desagradecidos! La ingratitud es la peor tortura moral que puede sufrirse.
Tarde o temprano aparece la terrible y escalofriante sentencia que los parientes se encargan de tomar sin consultarles su opinión, o manipulándola, conscientes de estar enterrándoles en vida, exiliándoles de su entorno y sus rutinas, del contacto con las pertenencias que los acompañaron durante décadas; recuerdos, mascotas, afectos vecinales; resumidos trozos de vida. Nada de eso importa: “Allá vas a estar mejor atendida” ¡Pumba! de cabeza y sin chistar, al “Hogar”, la “Clinica”, o el “Residencial”, nombres bonitos para el prototipo de tumba perfecta. A morirse de angustia. ¿Piensan que ellos ignoran que de allí sólo saldrán con por pies por delante? ¿Qué en el mejor de los casos serán recordados una vez al mes, y en el peor cuando el día del padre o del abuelo, les saquen a dar una vuelta por el mundo perdido? O acaso piensan que el hecho de ser MAYORES les convierte automáticamente en zonzos que no se percatan de nada, ¿verdad?
Desconozco ancianos que hayan sobrevivido más de un año en esas prisiones, una vez encriptados se van consumiendo como cerillas; mi tío más querido se apagó en un mes. No hay estadísticas, (tampoco interesa que las haya, son tenebrosas para el negocio) pero sería una buena pregunta para encuestadores y censistas: ¿Cuánto hace que lo internaron? Un mes, murió ayer. Sólo sé de un caso que sobrevivió varios años, y eso porque lo tomaba como un hospedaje cualquiera -Tota Quinteros, que se auto internó mientras era diputada- ya que tenía libre acceso y sólo iba a dormir. El caso más peripatético fue el de William Martínez, glorioso referente del fútbol uruguayo con Peñarol y la selección. Cuando lo internaron, ya comenzaba a jugar su partido contra el Alzheimer, pero se mantenía físicamente impecable; requería deporte y distracción, pero nunca lo vinieron a buscar siquiera para un picadito. Por eso se escapaba a nadar de contrabando en la piscina que nadie usaba, y sólo tenían para engatusar clientes adictos a infraestructuras. Se lo prohibieron destinándole una vigilancia especial. Toda una vida marcando insiders peligrosos y lo viene a neutralizar una enfermera veterana… ¿Cuánto duró ese gigante después de ser anulado? El tedio, el olvido y la resignación se lo llevaron en seis meses. Hay infinidad de ocasos semejantes, cientos de memorias, extinguiéndose ahora mismo.
Durante mi residencia en Sao Paulo, una de las ciudades más pobladas (sexta), y modernas del planeta, me desconcertó la ausencia de personas ancianas. En los negocios, por las calles y plazas… sólo había jóvenes, todos eran jóvenes: clientes, empleados, obreros, vendedores, choferes. Hasta que por primera vez visité una iglesia y encontré la respuesta. Habiendo quedado totalmente marginados, se refugiaban allí, se encontraban con sus pares y compartían viejas historias y buenos recuerdos. Mientras tanto, intentaban conquistar su trocito de cielo en una sociedad demasiado joven para la cual eran unos perfectos desconocidos. ¿Es ese nuestro futuro?
Algunos ADULTOS MAYORES que enviudaron y están físicamente enteros, si son autosuficientes y desean vivir con independencia, ¿por qué deben terminar en la casa de algún hijo? ¿No tienen derecho a formar pareja nuevamente? ¿Por qué juzgarlos y no dejarles ser libres? ¿Tienen que renunciar a todo? ¿Por los hijos? Ellos ya recibieron el esfuerzo y los desvelos del noventa por ciento de su vida, ¿qué más quieren? ¿A santo de qué ese egoísmo con quien tanto les brindó? Es una ley inexorable: TODOS VAMOS A SER ADULTOS MAYORES ALGÚN DÍA, SÓLO ES CUESTIÓN DE TIEMPO. Yo les pregunto: ¿Será que los respetamos debidamente? Porque ni se aprecia ni se nota. ¿Será que veo lo que otros prefieren ignorar? Me resisto a ser tan hipócrita. La mayoría de los jóvenes no deberían olvidar que sus hijos están observando como actúan con sus abuelos, porque ESO es lo que a su vez harán por ellos. Es ley de vida, ama y te amarán, utiliza y te utilizarán, abandona y te abandonarán. RECOGES LO QUE SIEMBRAS. “No tenemos más remedio que recurrir a ellos, -argumentan- todavía son útiles”. Perfecto, pero deberían preguntarse también: ¿Se lo agradezco cada hora y cada día? ¿Se lo hago experimentar -no sólo de palabra- , dándole alguna satisfacción? ¿Normalmente, les repito cuánto los quiero? Cuando ellos lo necesiten, ¿me comprometo a estar?
Sí que deberían, y no desampararles con soluciones cómodas y egoístas. ¿Tá?


LAS SOCIEDADES MODERNAS DEBERÍAN ESTAR OBLIGADAS A GARANTIZAR A LOS ADULTOS MAYORES LA COBERTURA DE SUS NECESIDADES BÁSICAS, DISPONIENDO DE LOS RECURSOS SUFICIENTES PARA QUE VIVAN DE MANERA DIGNA Y SATISFACTORIA; INTEGRADOS DENTRO DE CUALQUIER COMUNIDAD.
Como siempre agradezco su deferencia y les invito para la próxima. ¡Salud!


Agradecemos a Julio E Fuentes Barreto por sus valiosos aportes, los cuales compartimos con nuestros visitantes.

Julio E Fuentes Barreto es un escritor valiente y audaz, creador de atrtículos veraces pero que pueden llegar a ser polémicos

Recomendamos visitar su página web: www.jfuentesbarretto.com
 


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