La Cumparsita

Por el Ing. Teodoro R. Frejtman

El Himno de los Tangos


Un estudiante de arquitectura montevideano, tan joven como desconocido, se había propuesto componer una marcha musical para una mascarada que se realizaría en el carnaval del año 1916. En manuscritos muy poco prolijos desgranó, en la sede de la Federación de Estudiantes Universitarios del Uruguay, en la calle Ituzaingó, cofradía que él mismo integraba, los compases de un tema que serviría para la presentación de una agrupación carnavalesca de la citada organización universitaria. Allí no sólo el joven Gerardo Hernán Matos Rodríguez (Becho) creó la obra, sino que la interpretó por primera vez. Su trabajo se difundió por las calles de la ciudad y transcurridos algunos días, en abril de aquel año, su autor la acercó, en forma anónima y por intermedio de un amigo, al renombrado pianista y director de orquesta argentino Roberto Firpo, quien era la atracción tanguera del café y confitería La "Giralda" que funcionaba en el Palacio Salvo de nuestra capital.
Según los historiadores, el nombre de la pieza surgió de un mozo de origen italiano de un bar montevideano del Parque Urbano (hoy Parque Rodó) debido a que Matos y varios de sus amigos salían de ronda a cantar. El mozo, en una mezcla de italiano y español, decía: "- otra vez la cumparsita de los estudiantes -"...
Las versiones coinciden en señalar que, dado que el pentagrama original resultaba muy rudimentario, fue necesario hacerle algunos arreglos a la partitura, además de su traslado al ritmo de tango. Para ello se recurrió al apoyo profesional del músico mercedario Carlos Warren, para presentársela más ajustadamente al maestro Firpo. Éste accedió a tocarla pero, previamente, concibió una nueva versión ya que, en su opinión, el tema musical tenía solamente como característica armónica la primera parte, debiendo tomar una porción de su tango "La Gaucha Manuela" para insertarla a la "marchita", añadiéndole también un tramo de la ópera "Miserere" de Verdi. Así la obra tendría música de Matos Rodríguez, Firpo y Verdi...
Su nombre, disminuido primero como "Cumparsita" fue transformado luego en "La Cumparsita". Aunque estrenada con una breve notoriedad inicial, tuvo un pronto olvido. La primera grabación fue la de la agrupación orquestal de Firpo, un cuarteto con él al piano, para el sello discográfico Odeón, en setiembre de 1916 y la placa apareció anunciada recién en agosto de 1917, año en que el propio Firpo la llevó por primera vez a Buenos Aires, interpretándola en el café "Iglesias" de la capital porteña.
Firpo decidió incorporarla a su repertorio para las veladas del céntrico café, transformándose el músico argentino en difusor de la obra, como un presente a la ciudad, en reconocimiento a la inspiración del joven compositor, sin imaginarse que sería considerada a corto plazo, definitivamente como "el himno de los tangos". En forma abrumadora el tema triunfó como instrumental y Firpo le propuso a Matos firmarlo "en colaboración", pero el joven estudiante se negó a ello.
En 1924, cuando Matos vivía en París, conoció al afamado músico maragato Francisco Canaro. Así se enteró del éxito que su composición estaba teniendo, a partir de que el propio Canaro había llevado la obra a Francia, desde donde el suceso se difundió por todo el planeta.
Durante los siguientes veinte años Matos Rodríguez luchó reclamando los derechos de su composición, habiendo iniciado varios juicios, entre ellos contra la editorial Breyer Hnos. a la cual, siendo menor de edad, se los había vendido por tan sólo 20 pesos. Todo tipo de pleitos adicionales surgieron entre distribuidores, letristas e intérpretes, pero finalmente hacia 1948, ya fallecido Matos, su autor logró recuperar aquellos derechos.
En 1926 el compositor le había insertado otra letra de su autoría y obligó a la editorial a su publicación oficial. Esta "variante" fue recogida por el tenor italiano Tito Schipa, quien la grabó en el año 1930.
Sin la autorización de Matos, los creadores Contursi y Maroni le escribieron a "La Cumparsita" una nueva letra -creada para el sainete "Una Programa de Cabaret" que se estrenó en el teatro Apolo de Buenos Aires en 1924- a la que bautizaron con el primer verso: "Si supieras". Es la que registró en disco Carlos Gardel, en su primera versión de ese mismo año, con acompañamiento de dos guitarristas. Lo cierto es que la nueva letra, fue considerada superior a la original y, en definitiva, fue la que trascendió el paso del tiempo.
Investigadores detectaron otras letras más: una perteneciente a un compañero de Matos, Alejandro del Campo, otra del poeta Augusto Mario Delfino y hasta una versión en inglés, titulada "The Masked One" (algo así como "la mascarada") cuyos versos pertenecieron a Olga Paul. 
"La Cumparsita" no podía quedar fuera del cine. En 1947 se estrenó con ese nombre una película dirigida por Antonio Monplet, con la participación del actor y cantante Hugo del Carril. Fue además el título con que se conoció en España el largometraje "Canción de Arrabal", de Enrique Carreras (1961) y ha sido incluida en numerosos filmes extranjeros, tal el caso de los célebres "Una Eva y Dos Adanes", "El ocaso de una vida" y "Alice", de Woody Allen, entre otros muchos.
Es el tango más grabado y difundido de todos los tiempos, el más representativo, el que todo el mundo reconoce de inmediato, cualquiera sea su versión, el que se utiliza de icono para representar el género. Por Ley N° 16.905 de diciembre de 1997 su música fue declarada "Himno cultural y popular de la República Oriental del Uruguay" por el Parlamento. Los misterios que esconden sus compases lograron hacerla penetrar en el gusto y la preferencia de tantas y tan diversas gentes. Desde las primeras décadas del siglo pasado y producto de su carácter seductor "La Cumparsita" se ha afincado, además de toda nuestra América Latina, en los principales países de Europa, en Japón, Israel, Australia, y tantos otros sitios, para crecer en popularidad a lo largo y ancho del mundo, a tal punto que, por ejemplo, en Angola y Turquía es la melodía que utilizan estos pueblos como Marcha Nupcial. 
Este tango de tan espectacular difusión, incomparable al resto de los tangos es, en apariencia, sencillo pero contiene una melodía tan atrapante como bella y posee la peculiar condición de recrearse permanentemente, conforme sea la personalidad musical de su eventual intérprete.
El maestro Francisco Canaro señalaba alguna vez que "..."La Cumparsita" tiene la particular virtud de que la estructura de su música se presta maravillosamente a ser enriquecida por orquestaciones de mayor vuelo. Todo le viene bien: armonías para violines, variaciones de bandoneones y otros importantes instrumentos, al margen de un sinnúmero de atrayentes efectos musicales que los orquestadores y directores aprovechan hábilmente para lucimiento de sus respectivos conjuntos. Cada director tiene su propio arreglo, su versión personal y, orgullosamente, está persuadido de que su interpretación de "La Cumparsita", es la mejor que existe..."
Quienes hemos tenido oportunidad de viajar fuera de fronteras debemos reconocer la emoción que entraña escucharla en lugares lejanos. Es que nadie puede dudar que la llevamos en la piel.

 

Gerardo Matos Rodríguez


La cumparsita

Crónica por:

Julio C. Puppo

Una historia de la orquesta típica que consulto a menudo para confrontar mis datos nos da a Roberto Firpo actuando ya en el Armenonville, en 1913, con Eduardo Arolas y Tito Roccatagliata, luego de vencer en un concurso organizado por la empresa. Un año antes -informa también la historia mencionada- se había ganado una gran batalla a favor del tango, encabezada por el barón Antonio Demarchi, hijo político del general Roca, consistente en un plebiscito que tuvo por escenario el Palaig de Glace y contó con una calificada concurrencia. Esta crónica parte de un período bastante anterior, cuando el tango era todavía una mala palabra y no había trascendido de los cafetines de la Boca.   

Es un localcito de mala muerte, en la calle Almirante Brown, que tiene seis o siete mesas atendidas por mujeres. Arriba, un tablado para la orquesta, formada de piano, bandoneón, violín y flauta. Allí concurren todos los sábados dos hombres que van a tener un papel señalado en la vida de Roberto Firpo. Uno se llama Manfredi, porteño, de oficio peluquero; el otro es un viejo y estimado conocido de todo Montevideo nocturno, el popular empresario teatral Manuel Barca. La noche en que, puede decirse con propiedad, comienza esta reseña, los dos amigos toman asiento en el lugar que lo hacían habitualmente, cuando viene una camarera a importunarles:
-Ustedes perdonen, pero no pueden ocupar esta plaza; hagan el bien de ir más al fondo.
¿Por qué? Hay una pequeña discusión y la mujer se ve forzada a confesar su secreto: el director de la orquesta la cela con Manfredi, que es un buen mozo y que viste impecablemente. Pero como éste es, además, una de esas personas que "si las dejan hablar no las ahorcan", espera que los músicos terminen su primera parte para llamar a Firpo; le cuenta lo ocurrido, le explica que van allí exclusivamente a escucharlo, se declara su admirador. Y aquel le contesta, contrariado:
- Esta mujer está loca; no tiene nada que ver conmigo.
Y se sienta a la mesa y de allí parte una amistad que sería efectiva.
La conversación se hace íntima. Tanto Barca como Manfredi entienden que el hombre tropieza con dificultades y obstáculos muy penosos de sobrellevar; su vida es precaria, reducida a un círculo muy limitado. Y ya ahí conciben la manera de imponerlo a la consideración pública. Son proyectos un poco fantasiosos, quizás, propios de gente joven, que ama la música popular y que ve en ella algo que tarde o temprano va a surgir plenamente. Manfredi que, como se ha dicho, es peluquero, sirve a un millonario muy amigo de parrandas, a quien suele acompañar porque conoce el ambiente al dedillo. El millonario tiene una amante de la que está completamente chalado. Es una mujer gorda y nada joven, pero él la encuentra admirable. La ha cubierto de alhajas; no le queda un sitio desocupado: la parda parece un boniato azucarado. Esa es la opinión de Manfredi que acto seguido propone a Firpo:
-¡Tenés que dedicarle un tango hecho por vos!
Este lo escribe; le pone por título "La gaucha Manuela" y desde ese momento el excéntrico millonario se hace su fervoroso hincha. Lo invita a todas las fiestas, lo impone en las casitas y garzonieres porteñas. Y una noche se resuelve el paso decisivo: Junto con su orquesta se embarca hacia el lujoso Armenonville.
El Armenonville es el centro de mayor prestigio en el ambiente nocturno. Por eso, a pesar de tratarse de un cliente espléndido el patrón opone fuerte resistencia a la presentación de esos modestos musicantes. El bandoneón, sobre todo, le hace parar las patillas. ¿Qué van a pensar esas señoras estiradas cuando lo tengan frente a sí, retorciéndose en compadres actitudes? El millonario apela a un argumento decisivo: toma al dueño por la solapa, lo lleva hasta la puerta y le muestra: son quince coches ocupados por amigos que vienen a divertirse y a gastar mucho dinero, siempre que se permita tocar a Roberto Firpo. Y el hombre no tiene otro remedio que transar, habilitándoles una salita aparte. Mientras la orquesta del establecimiento ejecuta valses y rigodones, en aquella sala cerrada, Firpo toca tangos. La gente lo oye con curiosidad y deleite; se acerca, pide autorización para escucharlo: todo el mundo se agrupó alrededor de la orquesta arrabalera. El éxito es rotundo y, ya de madrugada, antes de abandonar el lugar, el patrón habla con Firpo; de allí sale un contrato. Roberto Firpo y sus tangos se habían copado la predilección de los bacanes también.
Llegamos a 1917; Roberto Firpo, ya consagrado viene a Montevideo. Es la segunda gran orquesta de ese género que se presenta en nuestra capital. La primera ha sido la de Pancho Maglio. Ocupa la vieja confitería La Giralda, de Hermosilla -según el orgulloso letrero del frente- en 18 y Andes, donde está el Salvo. Y aquellos amigos que determinaron su gran paso hacia la fama, lo cuentan en su rueda. Sion los muchachos de la sociedad El Aguila, autores de una travesura que se comentó mucho en la época: el velorio de un vivo. El vivo era Armando Mattos que una tarde se presenta con un rollito de papeles.
-A ver, Firpo, qué le parece este tango; lo hizo un sobrino mío.
El músico lo estudia; encuentra algunos errores técnicos pero no es malo; lo va a ejecutar una de esas noches. Y una de esas noches aparece en el pizarrón donde se anunciaban las novedades, estas palabras, con tiza: "Hoy; La cumparsita. Tango por el uruguayo Gerardo Mattos Rodríguez". Gerardo llega a La Giralda como todos los días a escuchar a Firpo y ve el anuncio. Sin tomar asiento dirige una mirada sobradora, en redondo a los amigos que esperaban su llegada y calladito se manda mudar. Creyó que habían escrito lo del pizarrón para tomarle el pelo; no pudo asistir, pues, al estreno en público de su composición. Años después, el mismo Firpo comentaba asombrado:
-¡Quién iba a decir que aquello sería el tango universal!

 


Partitura original


Letra original

I

La cumparsa
de miserias sin fin desfila
en torno de aquel ser enfermo
que pronto ha de morir de pena,
por eso es que en su lecho
solloza acongojado
recordando el pasado
que lo hace padecer.

II

Abandonó a su viejita
que quedó desamparada
y loco de pasión, ciego de amor
corrió tras de su amada
que era linda, era hechicera
de lujuria era una flor
que burló su querer
hasta que se cansó
y por otro lo dejó.

I bis

Largo tiempo
después cayó al hogar materno
para poder curar su enfermo
y herido corazón y supo
que su viejita santa
la que él había dejado,
el invierno pasado
de frío se murió.

III

Hoy ya solo abandonado
a lo triste de su suerte
ansioso espera la muerte
que bien pronto ha de llegar.
Y entre la triste frialdad
que lenta invade el corazón
sintió la cruda sensación
de su maldad.

I (PARA FIN)

Entre sombras
se le oye respirar sufriente
al que antes de morir sonríe
porque una dulce paz le llega
sintió que desde el cielo
la madrecita buena
mitigando sus penas
sus culpas perdonó.


Bar y Confiteria La Giralda, lugar donde se estrenó La Cumparsita en 1917

Placa de la Asociación Gardeliana Argentina


Afiche Antiguo


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