No hay un grito mas destemplado ni
mas inoportuno que el del basurero.
Deja este el carro en el extremo de la cuadra, recorre enseguida ambas aceras,
golpeando con fuerza en los llamadores, y colocándose la mano en la boca,
grita en cada puerta:
- Sura !
Estos son los mas civilizados. Los otros dan un grito cavernoso, ininteligible,
algo así como un rugido que penetra por el zaguán, retumba en los patios y va
a morir allá en la cocina, en uno de cuyos rincones yace por lo general el
cajón de la basura, parecido al féretro de los hospitales, que sirve para
transportar a los muertos de hoy y vuelve enseguida para llevar los de mañana.
Las casas acomodadas tienen generalmente un cajón reforzado, presentable,
hasta decente si se quiere, si es que cabe decencia en un receptáculo de
basuras; pero los cacharros mas en boga para ese uso son las latas de
querosene, los tachos desvencijados, que se ven todas las mañanas en el borde
de las aceras, listos para recibir la visita del basurero, atestados de toda
clase de desperdicios: trapos, papeles, legumbres, huesos y todas las
inmundicias que la prolija escoba se entretiene en recoger durante el día,
desde la sala al último rincón de la casa.
En el cajón de la basura puede estudiarse la vida íntima de cada familia: lo
que come, lo que gasta, lo que despilfarra, lo que ahorra, lo que trabaja y lo
que viste. Es como el índice de la vida interior, el sumario de lo que ayer se
hizo, el libro diario de la casa. Si los basureros fuesen observadores,
acabarían por conocer a fondo a todos los habitantes de la ciudad,
interiorizándose en sus usos, en sus vicios o en sus virtudes, con solo
prestar un poco de atención a lo que sale de cada cajón de basuras al vaciarlo
en sus carros.
Hasta las diez de la mañana se ven por las calles, alineados en el cordón de
las aceras, los cajones de basura, humeando los vapores de la fermentación,
que se elabora dentro de sus vientres inmundos.
Los primeros que registran las basuras son los perros callejeros, esos pobres
perros que no tienen amo, perros anónimos, comprendidos bajo la denominación
genérica de pichichos, chupados de verijas, con el cuero sobre las costillas,
las patas flojas, la cola embarrada, que van de un cajón a otro en busca de
gangas, mirando recelosos a todos los que pasan, como temiendo que cada uno
sea el dueño de lo que ellos van a tomar, soportando con resignación los
reconocimientos de los mastines de casa rica y hasta huyendo ante los ladridos
de los falderillos: tan cierto es que la miseria acobarda aun a los mas
fuertes!
El perro callejero conoce al basurero y le teme. Por eso va siempre delante de
él a una distancia prudente, para huir a tiempo antes que le alcance el
zurriagazo que a cada instante le amenaza, cuando no temeroso del perro del
basurero, que va debajo del carro, como custodiando la mercancía de su patrón.
Sin saber a que atribuirlo, he notado que la mayor parte de los basureros son
cojos, derrengados, chuecos, y si no lo son, lo parecen. Ellos tienen su
sastrería en su carro; sus trajes son siempre abigarrados, remendados con
retazos desiguales en calidad y en color; en la cabeza sombreros contrahechos,
sin alas unos, y con la copa espanzurrada otros; en los pies el desparejo
calzado, una bota en el izquierdo y un zapato en el derecho, uno de charol y
otro de becerro, prendas todas encontradas al vaciar el cajón. Cuando logra
dar con un par completo, lo cuelga en la trasera del carro, y los sombreros
que halla los ensarta en las estacas. El basurero va siempre provisto de una
lata y una bolsa. En esta echa todas las hojas de coles, de repollos, de
lechugas y coliflores, los pedazos de pan y los manojos de paja que encuentra
entre las basuras, destinado todo al alimento de sus mulas, esas mulas héticas,
descoloridas, clásicas, de los carros de basurero, que se paran cada diez
varas para dar tiempo a que el amo vacíe los cajones, entreteniendo sus ocios
en recoger con la jeta estirada las hebras de paja dispersas en el empedrado,
hasta que el basurero, habiendo cargado todo lo que quedaba atras, las hace
andar de nuevo con un "arre china!" acompañado de un planchazo en la escuálida
anca dado con la pala que le sirve para recoger los restos que caen a la calle.
La lata le sirve al basurero para acarrear la basura de adentro de algunas
casas que, por no tener servicio o por rubor de exhibir sus desperdicios,
pagan una propina para que los saquen. Y así, de cuadra en cuadra, se va
llenando el carro, hasta quedar atestado. El basurero trepa entonces sobre
aquel hacinamiento de inmundicias, las aplasta con los pies, las comprime,
hasta que reduce su volumen, para seguir echando un cajon tras otro, sin
apartar nada mas que los escobas y plumeros viejos, que entierra por el mango
entre los despojos de sus propias víctimas.
Cuando ya no cabe mas, el basurero lleva el carro hasta la estación de tranvía
a los Pocitos, y allí descarga el contenido en unas grandes zorras, que mas
tarde transportan aquella mercancía putrefacta al gran depósito situado allá,
en las afueras, a orillas del mar, a espaldas del Cementerio del Buceo.
Qué se hace del contenido de los setenta carros de basura que diariamente
salen de Montevideo? Confieso que nunca se me había ocurrido averiguarlo, pero,
curioso como soy por instinto, se me ocurrió ayer saber que se hace de lo que
la ciudad desperdicia, y sin darme largas para salir de la curiosidad, ayer
mismo tomé el tranvía, y me fui al paraje en que se deposita la inmundicia.
El día era espléndido, había polvo de oro en la atmósfera. El mar parecía un
pedazo del manto azul del cielo echado sobre la tierra; los médanos blancos de
los Pocitos brillaban como si sus arenas estuviesen sembradas de pequeños
prismas de cristal. Una alfombra tupida de trebol vestía todos los potreros, y
las vacas, indolentemente echadas, rumían aquellas hierbas, con los ojos
entornados, como si les lastimase el exceso de luz que doraba todo el paisaje.
El tranvía me dejó en la puerta del Cementerio del Buceo, cuya soberbia
entrada contemplé por algun rato, extasiado ante la lozanía de aquellos pinos
que franquean su gran calle central, y el apacible silencio que reina en aquel
recinto, poblado por miles de habitantes que no hablan, ni rien, ni lloran,
ocupados todos en nutrir a la tierra con su savia, devolviéndole asi el
capital con que se alimentaron mientras vivían.
Perdonará el lector que pase de largo por el Cementerio del Buceo, porque si
entro no tendré tiempo de llegar a las basuras. Seguí, pues, todo a lo largo
de la tapia, recorriendo un trecho de unas tres cuadras, ya al llegar a la
esquina... horror! me encontré con el reino de la inmundicia, vasto, hediondo,
con montañas de desperdicios y abismos de porquería, flotando sobre toda la
superficie una atmosfera de vapores agrios, que temblaban a la luz del sol con
reverberaciones que mareaban la vista. Y en medio de toda aquella inmundicia,
como dueños absolutos de aquellos pestilentes dominios, centenares de cerdos,
gordos, ufanos, orgullosos de verse enseñoreados de tanta porquería, en la
cual se revolcaban y hozaban con sus prolongados hocicos, como gozándose en
revolver la podredumbre.
Y junto con los cerdos, hombres, hozando como los cerdos entre la basura,
disputándose con ellos las piltrafas. Nada se desperdicia allí, todo se
clasifica y colecciona separadamente: aquí los huesos, allí los vidrios, allá
los trapos, mas lejos las latas, aculla los cueros, todo prolijamente
entresacado de la basura que diariamente arroja la ciudad como inútil
desperdicio.
Las sobras de Montevideo dan todavía pie para una industria, una industria
productiva, que proporciona trabajo a centenares de brazos y alimento a
numerosas familias, amén de la manutención que aprovecha a un millar de
respetables y suculentos cerdos. Yo creía haber visto chanchos, muchos
chanchos, en mi reciente excursión a La Extremeña, de que ya di cuenta a mis
lectores, pero declaro que aquello no dá una idea de lo que son esos
interesantes animalitos. Aquellos cerdos duermen en chiqueros aseados, comen
maiz en limpios pesebres, y retozan en potreros pastosos. Son chanchos
acicalados, lavados y peinados, despoetizados por la higiene. Estos otros que
vi ayer son los chanchos verdaderos, al natural, sin hoja de higuera, sucios
desde el hocico hasta el rabo, comiendo entre la inmundicia, bebiendo entre el
fango, durmiendo entre la porquería, enamorándose en medio del hedor punzante
que brota de aquella fermentación pútrida, alimentada día a día con nuevos
elementos de corrupción.
Es de verlos, echados al sol, con sus enormes panzas enterradas en un barro
negro, espeso, mefítico, dilatados los agujeros del hocico como para aspirar
todas las emanaciones que se desprenden del inmundo lecho en el que tan a su
placer yacen. Allí, entre la porquería, estan en su elemento, como el pez en
el agua, gruñendo de placer, retozando con voluptuosidad allí donde es mas
espesa y hedionda la inmundicia.
A pesar de la repugnancia que aquello me infundía, quise verlo todo, pues ya
que en ello estaba no era cosa de dejarlo a medio camino, y eché a andar,
atravesando de un extremo al otro el país de la basura. A medida que me iba
internando, el hedor se hacía mas agrio y la atmosfera mas pesada. Millones de
moscas zumbaban entre la podredumbre, revoloteando con sus alas transparentes,
persiguiéndose unas a otras, alegres y retozonas, a la luz del sol, que las
calentaba y activaba al mismo tiempo la fermentación en que ellas encuentran
su alimento.
Al extremo del basurero, el terreno declina rapidamente hacia la playa, y en
ese declive esta instalada la grasería, en cuyas tinas se echan todos los
huesos para sacarles la grasa que conservan adherida; restos de puchero y
asados, caparazones de aves, huesos de jamón, todos los desperdicios de las
cocinas, sometidos a la acción del digeridor que les extrae la última
partícula grasienta que les queda. Y al lado de la grasería, y en los declives,
y en la playa, cerdos y mas cerdos, y siempre cerdos por donde quiera que se
mire, comiendo unos, tendidos a la bartola otros, gruñendo todos al verme,
como enojados de que pisase sus dominios una persona cuyo aseo era una
profanación a la inmundicia en que vivían tranquilos y felices.
Desde aquella pendiente en que está situada la grasería, se divisa un paisaje
amplio, monótono, pero con esa monotonía grandiosa del mar que se junta allá
en el horizonte con el cielo, confundiendo ambos sus colores. La brisa no
tenía fuerzas para rizar siquiera la límpida superficie del agua, y solo junto
a la playa el vaiven de las corrientes enrulaba esas olas largas y mansas que
mueren sobre la orilla convertidas en espumas. A lo lejos, al este, blanqueaba
el caserío de la Isla de Flores, flotando al parecer en el aire, entre las
brumas azuladas que nacían del mar.
En torno todo era arena, festoneada la costa con graciosas curvas, terminadas
en promontorios que se internaban en el agua. Al pie de la grasería
revoloteaba una bandada de gaviotas, pescando a picotazos los pejerreyes y
roncaderas que acuden a comer los desperdicios que vomita en el mar el caño de
la fábrica. Al otro lado, por sobre las tapias del cementerio, asomaban los
penachos verdes de los pinos y casuarinas; y por detras de mí, la basura, con
sus emanaciones fétidas, con sus cerdos, con sus millares de ratas hambrientas
y chillonas, anidadas en las mismas entrañas de aquella montaña de inmundicias.
Aquí, un monton de frascos, predominando los de Tónico Oriental, el bombástico
regenerador de cabello de Lanman y Kemp; allá una piramide de botellas; y mas
lejos un hacinamiento de vidrios rotos, destinados a pasar nuevamente por el
soplete para salir convertidos en objetos útiles.
En una inmensa lata yacen en revuelta confusión cachivaches de bronce, cobre y
plomo: pestillos de puertas, llamadores, boquillas de lámparas, aparatos de
gas hechos pedazos, bitoques, trozos de cañería y otras mil baratijas. En
sitio aparte estan los fierros: llaves, clavos, tuercas, pasadores de puerta,
cerraduras desvencijadas, y cien zarandajas mas que no admiten clasificación.
Mas allá el zinc y la hojalata: pedazos de planchas para techo, cajas de
conservas, latas de aceite, tarros de pintura y barnices, y todas cuantas
clases de envases de lata se fabrican, todo abollado, hundido y agujereado. En
un campo vecino se secan al sol grandes montones de trapos: recortes de
terciopelo y retazos de zarazas, pingajos de raso, tiras de gro, andrajos de
lana, de algodón, de hilo, todo revuelto y confundido, destinado a la
exportación para Europa, en cuyas fábricas se convierten todos esos
desperdicios inmundos en hojas de papel satinadas, guardadoras de secretos
amorosos, mensajeras de tristes o risueñas nuevas, condenadas, despues de
haber cumplido su misión, a volver nuevamente al cajón de la basura para ser
pisoteadas por cerdos, realizándose en ellas la sentencia bíblica que condena
al hombre a volver al polvo de donde salió.
Si yo tradujera aquí lo que cada uno de aquellos pedazos de trapo hablaba a mi
imaginación, tendría para tejer mas de una historia, pero, feliz o
desgraciadamente, no me da a mi por tales fantasías, asi que, sin preocuparme
mucho ni poco de lo que decían aquellos restos de atavíos feminiles, emprendí
la retirada, abriéndome camino por entre la muchedumbre de cerdos que poblaba
aquella inmunda comarca, laboratorio inmenso en que fermentan las sobras de la
ciudad, con desprendimiento de gases hediondos, en cuyo ambiente pululan todos
los repugnantes engendros de la podredumbre.
Cuando salvé los límites del reino de la inmundicia, dirigí una última mirada
para abarcar en conjunto los detalles que dejo narrados. No vi mas que cerdos,
muchos cerdos, revueltos con una veintena de hombres, disputandose unos y
otros las piltrafas que desenterraban, unos con sus garfos de fierro, y los
otros con sus hocicos puntiagudos.
Por todas partes, basura y mas basura y allá en el fondo de un barranco
profundo, un haz de luz clara, viva, con una aureola dorada como un inmenso
brillante engastado entre la inmundicia. Era una lata de conservas en cuya
pulida lámina se estrellaba un rayo de sol rompiéndose en menudísimas hebras
de oro, como se rompe en hilachas de plata un chorro de agua al caer sobre el
enlosado.
Agosto, 1 de 1883. De "Crónicas Montevideanas" de Sanson
Carrasco.