AMALIA DE LA VEGA

(1919- 2000)


Se escucha el tema Colonia del Sacramento

Voz de Amalia de la Vega, letra de Sylvia Puentes de Oyenard

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Dra. Sylvia Puentes de Oyenard

(Boletín A.U.L.I., Asociación Uruguaya

de Literatura Infantil-juvenil)

El 25 de agosto silenció su inigualable voz nuestra querida Amalia de la Vega (nacida María Celia Martínez, “Perla”). Hasta su última casa del cementerio del Buceo la acompañamos un grupo de amigos y admiradores que disfrutamos del privilegio de su canto y su sensibilidad.

Había nacido en Melo, un 19 de enero, entre el aroma de azahares y naranjos. Comenzó sus actuaciones en 1942 en las radios “El espectador” y “Carve”. Conoció el aplauso en diversos escenarios, ya fueran estos el Teatro Solís, el Luna Park o encuentros folcóricos o sociedades criollas, especialmente las de “Elías Regules”. Grabó varios discos de 78 y de 33 r.p.m. en los sellos Sondor, Antar, Orfeo y Telefunken. Entre sus larga duración recordamos: “Amalia la nuestra”, “Mientras fui dichosa”, “Manos ásperas”, “El lazo”, “Poetas nativistas orientales”, “Colonia del Sacramento” y “Juana de América”, en el que compartimos un homenaje a nuestra entrañable poeta. En unos fue acompañada por el Mtro. Federico García Vigil, en otros por el Mtro. Walter Alfaro y, casi siempre, con las guitarras de Mario Núñez, Gualberto Freire y Antonio Bertrán.

En el último año de su vida, premonitoriamente, AGADU y la producción de “Entre mates y guitarras” le tributaron homenajes en el Teatro del Círculo y en la Sala Mateo Brunet del SODRE, respectivamente. A su muerte escuchamos la voz de Guruyense, del Dr. Eduardo Monteverde, de Enrique Mrak, de Ignacio Suárez, de la senadora Julia Pou, de Emib Suárez Silvera y de otros periodistas evocando su valiosa figura y su natural sencillez.

La dimensión de Amalia estuvo, sin lugar a dudas, en el perfecto registro de su voz y en redescubrir el valor de las pequeñas cosas.

Lincoln Maiztegui, el 12 de setiembre de 1999, escribió en “El observador”: “Lo tenía todo: una ancha y cálida voz de mezzosoprano, una musicalidad exquisita, una expresividad discreta y efectiva y un dominio asombroso de los recursos vocales. El ahumado cristal que anidaba en su privilegiada garganta sonaba como una copa de glass harmónica, como el golpe del badajo sobre una campana de plata, como el rumor de un manantial fluyente dentro de una gruta fresca. Era un claroscuro argentino y asombrosamente eufónico, un sonido nobilísimo, equilibrado, con la perfección de un triángulo de oro. Nadie ha sido capaz de cantar así por estas latitudes, en ningún género, y una larguísima afición a la voz humana autoriza a este cronista a opinar –discutiblemente, por supuesto- que muy pocas cantantes del mundo han alcanzado ese nivel de perfección.”

Y esa fue Amalia de la Vega que entonó cifras, gatos, milongas, cuecas, canciones, estilos y vidalitas, esa fue Amalia, la nuestra, la “única, incomparable –como asevera Maiztegui- y en su arte de asombrosa perfección anidaba toda la frescura y la fragancia de los amaneceres camperos, el encanto de las noches de guitarra en torno al fuego, la clara poesía de la perillanura verde y soleada. En cada interpretación de Amalia de la Vega se colaba, por una misteriosa rendija del corazón, una visión del paisaje rural de la patria, hecha de campo, cielo y fronda.”

En los últimos años recibía una pensión graciable que tramitó por iniciativa del entonces senador Dr. Luis Alberto Lacalle y que se concretó al finalizar su mandato presidencial.

Quienes crecimos con la belleza vocal de Amalia de la Vega y nos compenetramos de su ética por la estética, nos sentimos deudores de su legado, el que deberíamos mantener para las próximas generaciones. Lograr un C- D Room con sus canciones sería una iniciativa importante y somos conscientes que el dibujante Arotxa ya tenía pronta esa selección. Se lo debemos y nos lo debemos.

Mucho tendríamos por decir de esta gran señora de nuestra música, pero ante su desaparición física, el recuerdo y la invitación a volver a escucharla y solicitar sus grabaciones en nuestras radios que podrían generarle un espacio.

Decía José Enrique Rodó que “el sentimiento de la tradición, el culto al pasado, es una fuerza insustituible en el espíritu de los pueblos, y la veneración de las grandes personalidades en que se encarnan sus porfía, sus anhelos, sus glorias, es la forma suprema de ese culto.” De ahí vamos directamente a que un homenaje justo “sea a la vez inspiración de fecundas enseñanzas y nos lleve a familiarizarnos con el mejor ejemplo de su acción y la confidencia luminosa de su espíritu.”

Tal es el caso de nuestra Amalia. Este es momento de reflexión, de recuerdos personales que nos llevan a juegos y fogones tacuaremboenses, al acervo discográfico de nuestro padre que atesoraba las grabaciones de Amalia, al primer tema de nuestra autoría que grabó (“Colonia del Sacramento”), a la preparación del homenaje a Juana donde ella puso música a dos letras de la poetisa melense y a cuatros nuestras haciéndolo con la fidelidad que siempre mostró a nuestra música y sólo en ese marco. Es instante de rescatar momentos compartidos con humor (que lo tenía y muy fino), entre sonrisas y mates, de sus llamadas para crear un gato o una cueca con alguna palabra que le rondaba (todavía le debemos una con “alarife”).

Amalia, vives en nuestro corazón y el último tema que te dedicamos nos permite perdurar en el vuelo espiritual que nos regalaste forjado en la vida cotidiana que hace a nuestra identidad:

Cuando el silencio te busca

al aire vas preguntando

adónde nació tu canto,

porqué rumbo fue asomando.
 

Quizás aprendió en la tarde

de los zorzales silbando

o entre las barras del día

que en soles va despuntando.

 

No importa saber por qué

hay mil luceros temblando

yo solo sé que te alumbran

y su luz nos va guiando.

 

No sé si sabré algún día

qué historia tiene tu canto,

pero en el cielo tu estrella

ha de encenderse cantando.
 

Y esa es tu estrella, Amalia, que nos busca, nos guía y nos alumbra. ¡Gracias por tu arte y tu amistad!

 

AMALIA DE LA VEGA (1919-2000)
 

LA CANCIÓN DE LA TIERRA

Lincoln R. Maiztegui Casas

(“El observador”, Uruguay)

El 25 de agosto (en el original dice “primero de setiembre”, pero es una errata) se apagó para siempre la voz de Amalia de la Vega. Discretamente, como le gustaba a ella; la noticia pasó casi desapercibida, extraviada en medio del mare magnum de accidentes, datos económicos de la coyuntura, crípticas reuniones de cúpulas políticas y resultados deportivos. Tenía 81 años, una buena edad para morirse evitando la decrepitud y la conmiseración. Quien la conoció bastante, como el autor de estas líneas, sabe que así quiso siempre transitar desde esta tierra a la otra, a la de la leyenda y la inmortalidad; habiendo vivido bastante, pero no demasiado. Sin muchas alharacas ni golpes en el pecho, con la espartana sencillez con la que concibió su vida y su arte.

En realidad, quien falleció casi en secreto ese primer día del mes que trae la primavera fue Perla Martínez; Amalia de la Vega había muerto hace más de quince años, el día en que Perla, su alter ego, decidió que ya era hora de dejar de cantar. Cuando por fin tomó esa decisión lo hizo con la firmeza que ponía en todas sus cosas: para siempre y del todo. “Mirá que yo no canto más” –me dijo, allá por 1993, una vez que la invité a mi casa a una reunión que ambos sabíamos que estaría sazonada de guitarras y melodías. Y cuando intenté argumentarle que una cosa era cantar en público y otra prácticamente en familia, cortó por lo sano: “No, si me presionan para que cante, no voy. Vos y Alfaro insisten demasiado, y yo no canto más. ¿Entendiste? No canto, ni en el baño.” Y para que no nos quedara la menor duda, simplemente no fue. Tuve que convencerme, de una vez –a la fuerza, ahorcan- que Amalia de la Vega estaba muerta. Irremediable, definitivamente muerta.

Sin embargo, mientras viviera Perla Martínez, anidaba en el alma la esperanza de volver a escuchar su voz. Ah, qué voz; no ha sonado otra igual debajo de estos cielos. Una voz hecha de caoba y penumbra, nimbada de oscura claridad, como una noche estrellada de verano. Una voz con retintín de violonchelo, tersa y sensual como el tacto del terciopelo, eufónica y serena, refrescante como el murmullo de esas claras fuentes que fluyen en la entraña de una gruta. Y sin embargo, el arte incomparable de Amalia de la Vega trascendía ampliamente la calidad de su instrumento. Este era apenas la base sobre la que construía un canto purísimo, seductor, inquietante porque se parecía mucho a la perfección.

Nadie ha merecido tanto el rótulo de cantante, en toda la esplendorosa amplitud del concepto. Amalia de la Vega no era una mujer particularmente hermosa, ni carismática, ni avasallante de simpatía; no bailaba, no realizaba gestos expresivos con la mano ni con el cuerpo, no procuraba contacto alguno con el público fuera del estrictamente ligado con su mensaje musical. Se paraba frente a un micrófono, teniendo delante de los ojos un papelito con la letra de lo que estaba interpretando, abría la boca y cantaba. Y el mundo, de pronto, parecía algo bello, armonioso y lleno de lógica. Hasta los dolores y las penas de sus canciones parecían sonreir cuando emergían de sus labios. Era el ancestral milagro del canto, el milenario embrujo de la canción, el más sencillo y a la vez el más complejo y difícil de todos los géneros. Quien no tuvo la suerte de escuchar personalmente a Amalia de la Vega se irá de este mundo sin conocer una de las dimensiones más altas de la perfección.

¿Qué había detrás de esta magia seductora? Una mujer inteligente y de suprema sensibilidad, sin duda; una voz por todos los conceptos excepcional en timbre y esmalte. Pero, por sobre todo, una artista de enorme responsabilidad, una trabajadora incansable que llegó, a edad muy temprana, a dominar todos los secretos de la técnica vocal ligada al repertorio que abordaba. Una de las cosas que más asombra al escucharla es la sensación de facilidad con que lo hacía, la inmediata idea de que no se estaba escuchando a una artista, sino a una persona que expresaba, con la naturalidad intransferible con la que uno se habla a sí mismo, lo que sentía en ese momento. El canto de Amalia de la Vega era perfecto, entre otras cosas, porque se situaba a mil leguas de cualquier artificio o amaneramiento, sea vocal o expresivo. La canción podía hablar de penas infinitas, de ausencias dolorosas, de zorzales cantando en el anochecer del río, del mate amargo o de un rebenque plateado, pero la voz sonaba siempre igual, simpre llena, siempre musical, siempre armoniosa, sin llantos, sin énfasis de dudoso gusto, sin esa tendencia a subrayar lo evidente que es común en la mayoría de los intérpretes. Y ahí residía, tal vez, la distancia que va del arte al milagro; Amalia, más que ningún otro artista vernáculo que el autor de estas líneas haya escuchado, dejaba librado a la elocuencia pura de la música, a la belleza solitaria del sonido, toda la emoción de su mensaje. Por ello, los que gustan de la obviedad y el desgarro tautológico la encontraban fría; en cambio, quienes amamos por sobre todas las cosas la incomparable elocuencia de la música pura, sabemos que tenía el don de unos pocos escogidos, el de Carlos Gardel, el de Bing Crosby, el de Victoria de los Angeles; el don de convertir una melodía y unos versos en puro, espontáneo, fluyente sentimiento.

Detrás de este resultado había sin duda años de esfuerzo y trabajo, que quedaban ocultos en la maestría de la interpretación. Era una perfeccionista que rayaba en la neurosis, y no tenía límite en el esfuerzo por lograr que las cosas salieran mejor. El autor de esta nota tendría unos 18 años una vez que Amalia lo invitó a su casa para que escuchara su versión de dos de las más conocidas canciones de Eduardo Fabini: El poncho y el Triste No. 4. Tenía el acompañamiento pianístico grabado por Walter Alfaro y sobre el mismo las cantaba una y otra vez. A mí me parecía una maravilla, pero a ella no: “No, no está bien –insistía- Tiene que salir mejor”. Tras varias horas de corregir presuntos errores, de abordar una y otra vez las melodías, estaba tan desconforme como al principio. El lector, si tiene suerte, puede encontrar un viejo disco de pasta que tiene grabados ambos temas; a mí me siguen pareciendo simplemente perfectos. Nadie ha cantado a Fabini como ella, que sabía darle a sus difíciles canciones todo el encanto popular y campero que las anima, sin atisbos de impostación operística. Pero a la propia cantante no le gustaban; no eran perfectas.

Amalia de la Vega entonaba las canciones tradicionales de su tierra con la naturalidad de una moza del campo realizando su faena y con la perfección de la más refinada de las cantantes de conservatorio; por eso, fue única, y lo seguirá siendo por mucho tiempo. En su voz, las sencillas milongas, la cifras y esa maravilla que son los estilos adquirían una dignidad musical insospechada, se erigían en piezas musicales capaces de desafiar el más severo y académico de los juicios. Rey Midas de los sonidos, su voz transformaba en oro todo lo que pasaba por su garganta y su corazón. Ahora, que ha callado para siempre, me parece estar viendo su escéptica sonrisa y escuchando sus ácidos comentarios ante tanto elogio, que ella consideraba desmesurados (“siempre con tus exageraciones, Lincoln” –me dijo después de leer la nota crítica que escribí hace pocos más de un año, con motivo del relanzamiento de su único CD, “El lazo”). Curiosa personalidad la de esta mujer culta y refinada, que fue consciente enemiga de su propia celebridad al optar sistemáticamente por la discreción, la reserva y el silencio. En cualquier otro lugar del mundo sería hoy una cantante histórica, de las que dejan una huella indeleble y pertinaz en la memoria colectiva. En este Uruguay suyo es conocida y reconocida apenas por unos pocos, y a su particular manera de ser se debe en parte este relativo anonimato. Pero su voz de cristal ahumado y su canto incomparable desafiarán, sin duda, al tiempo y al olvido. Si la empresa Sondor, que tiene los derechos de sus grabaciones, se decide un día a reeditar sus discos (cosa que, inexplicablemente, ha hecho con cuentagotas), habrá Amalia de la Vega para rato; para siempre. Porque jamás, por los siglos de los siglos, habrá quien lleve en la voz con tanta elocuencia, con tanto graficismo, los montes, los ríos, los atardeceres y las gentes de esta su tierra oriental, esa tierra del valor y el naranjo en flor a la que cantó como nadie, la que hoy guarda para siempre sus callados restos, su arte y su entrañable memoria.


Fotos cedidas por la familia de Amalia de la Vega

   


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