Figurémonos una población en
tinieblas, con más huecos, zanjas, albañales, estorbos y desperfectos que
otra cosa; en que para salir de noche era preciso hacerlo con linterna, para
evitar tropezones y caídas, por cuanto uno que otro farolito en la puerta de
alguna esquina, que desaparecía al toque de ánimas, en que todo se cerraba,
no suplíía la necesidad de alumbrado en las calles.
Se hacía indispensable alumbrado público, siquiera en la calle principal de
San Pedro y en una que otra de lo más poblado.
El año 1795 acordó el Cabildo establecerlo, sacando a remate el ramo. Maciel,
el Padre de los Pobres, lo remató en sociedad con el colector don Juan de
Molina. Creése desde entonces el impuesto de alumbrado, fijándose real y
medio por puerta.
Los asentistas dotaron a lo mas poblado de la ciudad de faroles, de forma
ovalada, altos, con largos pescantes de fierro. El alumbrado se hacía con
velas de sebo, de las llamadas de baño, de dos tercios de largo, según
arancel del Cabildo. Las velas se fabricaban en el establecimiento de
velería de Maciel, sito en la calle de San Miguel, contiguo a la plazoleta
entonces de San Francisco. Tan bien servido estaba, que al decir de los
antiguos, conservaba luz hasta el amanecer.
Después de la toma de la plaza por los ingleses y de la desgraciada muerte
de Maciel, otros fueron los asentistas del ramo. El año 9 lo era don Juan
Pedro Gil, quien en febrero del año 10 pidió al Cabildo que se le eximiese
del alumbrado público y se sacase a licitación. Así se hizo, pero no hubo
postores, por los muchos faroles que faltaban y hallarse inútiles los pocos
que existían.
En ese estado, el Cabildo se hizo cargo del ramo. Convocó a los faroleros y
veleros para contratar la provisión y compostura de faroles y el suministro
de velas.
Don Manuel Otero, maestro armero, herrero y cerrajero, contrató el ramo de
herrería. Don Gregorio Antonio Márquez, farolero, contrató los faroles, y
don José Mateo Yarza la provisión de velas.
Otero contrató por un año el obraje de hierro, a razón de dos reales libra
por cada pescante nuevo de tirantillo de 9 a 10 líneas de grueso, y al mismo
precio el hierro que se añadiese a los viejos. Por pegadura de cada uno que
se hallase roto, dos reales. Aldabilla larga o corta, dos reales.
Márquez contrató los faroles, obligándose a darlos prontos para el 1o. de
Mayo así: - Por cada farol nuevo siete pesos (de ocho reales). Por cada
vidrio grande, compostura, cinco reales; por uno chico, dos reales. Exigía
800 pesos de anticipo garantidos con sus bienes, los mismos que le fueron
anticipados.
Yarza contrató el suministro de velas por un año, en esta forma: - Velas de
buen sebo y duración, grueso del tamaño del mechero, a catorce pesos
quintal, estando el sebo en rama a dieciséis reales la arroba; bajando o
subiendo el precio del sebo un real, bajaría o subiría un proporción lo
mismo en cada arroba de velas. El importe debería abonársele en diciembre de
ese año, y lo demás al término de la contrata.
Desde entonces el alumbrado público estuvo a cargo del Ayuntamiento,
disponiendo que el pago del impuesto del real y medio por puerta, cuarto y
tienda, lo hiciesen los propietarios, pero sin que por eso aumentase el
alquiler a los inquilinos. Ay! del que rompiese un farol, fuése adulto o
chicuelo. No escapaba a la multa de diez pesos. Esa medida respondía a la
necesidad de reprimir la mala costumbre de los muchachos callejeros que
arrojaban piedras a los faroles, y el juego de pelota que grandes y pequeños
acostumbraban sobre los edificios frente a la calle.
Era curioso el procedimiento de encender los faroles. Los buenos de los tíos
Francisco, Juan, Manuel o José, conchabados al efecto, recorrían al
oscurecer la calle con la escalera al hombro y la gruesa mecha de estopa
encendida para encenderlos (sic). Estaban tan prácticos en la operación,
como ahora el veterano Martín Cifuentes, y tío Pedro Arrascaeta para con el
gas, llevando su mechita con aceite dentro del canuto enastado en largo palo,
aunque sin necesidad de cargar escalera, que en un dos por tres, farol
encendido.
Otra de las operaciones en que se singularizaban aquellos buenos africanos,
era la de mudar las velas a media noche, a despecho del pampero cuando
soplaba fuerte, o de la lluvia. Con la escalera al hombro y la caja de velas
a la espalda sostenida con una correa, corrían apresuradamente las calles, y
en un santiamén mudaban las velas de los faroles, recogiéndo los cabos de
las consumidas, que iban a parar a la gaveta. La misma operación practicaban
en las tardes siguientes, a fin de proveerlos de vela para el alumbrado de
la noche.
Por muchos años el alumbrado público de esta ciudad fué servido con velas de
sebo, hasta el año treinta y tantos en que, modificada la forma de los
faroles primitivos, se sustituyó con el de aceite de potro, que por su
fetidez, hubo que reemplazarlo con aceite de otra clase, aumentando medio
real por puerta el impuesto del ramo.
Después vino el uso del querosene, 26 años hace, y ultimamente el de gas,
que superando a todos, subsiste hasta el presente.
Montevideo Antiguo
Isidoro de María
Montevideo - 1901