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Isidoro De María

Un testigo de nuestra historia


San Juan y San Pedro 


De muy antigua data fueron los populares festejos de San Juan y San Pedro. No había santos más celebrados del calendario; y eso que los Juanes se tomaban como sinónimo de bobos. Y véase por qué de puro bueno a algún tipo llamáronle Juan Lanas1 como si lanas no pudiera haberlos también en los Pedros, Narcisos, o Cornelios.

San Juan y San Pedro eran días de comilona, en que los pasteles, los pavos y los lechones hacían el gasto. Los tales santos sacaban a todo el mundo de sus casillas, haciendo novios y compadres. No era para menos. Bautizador el uno, y el otro teniendo las llaves del cielo. ¡Y lo que son los gustos! Las muchachas casaderas más se encomendaban al uno que al otro, prefiriendo el noviazgo aunque fuera en ilusión, que la entrada al cielo poniéndose bien con San Pedro.

Que llegaba San Juan. Mientras se preparaban en las vísperas los rellenos para festejarlo, y se envolvían las cedulillas de novio para jugarle a la suerte en la reunión de mozas y mozos en la noche siguiente, entre sonrisas y bromas, y algún asomo de carmín a la mejilla, si la suerte daba en el ojo, Pepita, Angélica o Rosita, con toda su candidez preparaban el huevo para ponerlo al sereno, a ver lo que les salía, si algo en forma de lecho, barco o tumba, pronóstico de su suerte. La inocencia te valga, hijita. A la mañana siguiente, lo primero que hacían era ir a ver en la taza lo que les habría salido. Si la forma de ataúd, adiós esperanzas. ¡Pobrecillas!

Noche de San Juan, noche alegre, de ruido, de jarana, de juego de cédulas de novio, de su dancita después, y de los trovadores al compás de la guitarra al pie de la ventana. No quedaban paquetes de cohetes en la pulpería, ni muchacho que brincando y saltando no apareciese en las calles al ruido de los cohetes y ¡viva San Juan!

¿Y las fogatas? ¡Oh! aquello era la mar. No quedaba viruta, ni barrica, ni cajón viejo, ni chala que no pagase su tributo. Fuerza de fogatas por todas partes, en todas direcciones, dentro y fuera de la ciudad, en el Cordón, en la Aguada, Miguelete, Manga, por todos lados, y la recua de muchachos saltándolas, y vivando alegremente a San Juan.

La misma escena se reproducía en San Pedro, aunque el bueno del santo lloroso, solía abrir las cataratas del cielo, haciendo mal tercio a las fogatas y a las trovas bajo el balcón o al pie de las ventanas.

Esa noche tocábales el turno a los compadres, en el juego de las cédulas del llavero, en que había para todos, hasta para los cascotes. ¡Y qué suertes solían salir! La palomita con el gavilán, de compadres. El vejestorio con la lozana Margarita. El diablo cojuelo con la sorda. Abuelita con el sacristán o el tambor mayor. Y a la confitería a traer un par de libras de dulce para la comadrita. Y envuelvan ustedes las cedulillas de novios o compadres de San Juan o San Pedro, para mandarlas a las favorecidas de la suerte, ausentes de la reunión, con la seguridad de no haber habido trampa en el juego. ¡Qué esperanzas!

Isidoro de María
de "Montevideo Antiguo"


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