A una legua justa de distancia de la ciudad
descollaban dos grandes ombúes, conocidos por de doña
Mercedes, que servían desde el tiempo del rey, como de
Marco oficial de la legua1.
Llamaban a ese paraje el Cardal, porque en
efecto existía uno de inmensas proporciones en aquel
despoblado, donde no había más casa que la de doña
Mercedes, esposa en primeras nupcias de don José Antuña,
un buen español, cuyo trágico fin, como tal, ya lo
sabrán los lectores. Tuvo por vecindad a principios del
siglo una casucha, que allá por el año 4, sirvió de
escuelita de Argerich.
Doña Mercedes era una criolla varonil, de
buena pasta, hacendosa, matera como la mejor, que
tenía delirio con los ombúes, pues aunque primos
hermanos de tantos otros tan frondosos como aquellos que
se alzaban en lo de Seco, Masini, Oficial Real, Árraga,
Grajales, etc., tenían, como ninguno, el mérito de
servir de marco oficial de la legua. De eso hacía gala
doña Mercedes, a cuya sombra se había criado.
Su primer marido, porque ha de saberse que fue
casada tres veces, con Antuña, Tajes2
y Arévalo, se hallaba el año 7 en la plaza cuando el
asalto de los ingleses, en que quedó prisionero y
contuso. En esa condición lo embarcaron los ingleses con
otros prisioneros para mandarlos a Inglaterra. Al subir
al buque vio desde él la bandera inglesa flameando en la
Ciudadela, y fue tal la impresión que le causó que
exclamó: "¡Mis hijos en poder de los ingleses!", y cayó
redondo sin vida.
Cuando la triste nueva llegó a oídos de doña
Mercedes, que había quedado en el Cardal, ya puede uno
figurarse la aflicción de la pobre señora.
No abandonó su hogar al pie de los ombúes, y con
el alma dolorida, vio pasar por su camino fuerzas
anglicanas que se dirigían a la Chacarita de los Padres.
Firme allí como una roca, pasó los años a la
sombra de los añosos ombúes, casándose en segundas y
terceras nupcias.
Los ombúes de doña Mercedes. ¿Quién no los
conocía por aquellos parajes, en que fueron por tantos
años testigos mudos de tantas cosas, de tantas
peripecias políticas, resistiendo a la acción de los
tiempos, como guardianes del cardal de sabrosos tallos,
y guías para los viandantes que se dirigían a lo de
Pacheco Medina, a lo de don Luis Sierra, a Maroñas o a
la Chacarita?
Erguidos los encontró el año 25, cuando la
guerra con el Brasil, y a doña Mercedes en su modesto
hogar al pie de ellos, mateando como buena criolla, y
convidando, franca y bonachona, con un cimarrón a
los patriotas en armas de la línea sitiadora, que,
desprendidos de Maroñas y de la guardia avanzada de la
cuchilla frente a lo de Pacheco Medina, se venían hasta
lo de doña Mercedes a platicar de la patria, hacerse de
algunos avíos que les proporcionaba como buena patricia,
y a tomar un mate de a caballo, cebado por su mano, con
el ojo alerta a los portugueses del reducto en lo de
Piñeirúa, que tenían su guardia avanzada en la esquinita
del Molino de viento de don Manuel Ocampo.
Paisanos, solía decirles, apéensen no más, a
matear bajo los ombúes, mientras les preparo una
fritanga, que yo mandaré un muchacho de vichiador
para que avise si salen los portugueses.
Y como decía lo hacía; y ¡cuántas veces
Marcelino Pérez, Juan Carballo, Martín Aguirre, Miguel
Aguilera (a) el Diablito, Gregorio de la Peña y otros
bizarros oficiales del N° 9, no saborearon así las
fritangas preparadas por la patriota doña Mercedes;
la de los célebres ombúes de que dimos fe desde aquella
época, y que aún se conservan, después de un siglo!
Referencias:
1 - Situados en al
camino hoy 8 de Octubre, para allá de la
Blanqueada, a la izquierda, yendo para la Villa de
la Unión inmediata. (Nota del autor).
2 - Padre del valeroso
coronel don Francisco Tajes. (Nota del autor).