Irineo Leguizamo

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2002 ~ 10 años difundiendo nuestras raíces ~ 2012


María Eugenia Vaz Ferreira

Nació el 13 de julio de 1875 en Montevideo y fallece el 20 de mayo de 1924.



María Eugenia Vaz Ferrerira, escritora y poetisa uruguaya nacida en Montevideo, en 1875. Junto a Delmira Agustini constituye el punto más alto de la lírica femenina del 900.

Nació en el seno de una culta y acomodada familia de Montevideo y como tantas mujeres de su época, recibió su educación con preceptores particulares. De manera autodidacta María Eugenia aprendió alemán y piano, instrumento con el que realizaba las composiciones de sus músicos más admirados: Chopin y Wagner.

A finales del Siglo XIX y principios del XX, Uruguay vivía un cambio en la sociedad: de una excesiva libertad, el Estado pasó a marcar límites, se impuso la ética, el trabajo, la educación y sobre todo, la virtud. Era una sociedad patriarcal imperante, donde la vida de los niños y las mujeres se redujo al ambiente familiar; se reprimía la expresión de los sentimientos, la vestimenta era recatada y se vivía con culpa la sexualidad.

María Eugenia tenía dieciocho años cuando leyó en el Club Católico su poema autobiográfico "Monólogo" que fue acogido con admiración por su tono ágil y humorístico. Otros poemas aparecieron en las principales revistas literarias del Novecientos. Fue una mujer contradictoria y rebelde en su manera exótica de vestir, en ir al "almacén de bebidas" a toma una copa de alcohol: producía curiosidad y también desdén al ser una dama de la sociedad culta. Fue desafiante en sus poemas y no aceptaba ser dominada por el poder del hombre: una poetisa que cuestionó sus sentimientos con planteos metafísicos, que escribió poemas muy emotivos, que hablan de la pasión, de la muerte, de la esperanza y de los misterios del amor y de la existencia.

María Eurgenia fue libre al expresar el dolor de la soledad, las restricciones que le imponían su condición de mujer, atada a una vida ávida de amor y desolada al mismo tiempo. Frecuentó los salones de la burguesía de Montevideo, destacándose por su talento, su ingenio y su buen humor, hablaba alegremente, protegiendo su angustia, de una aparente frivolidad.


Fue la primera mujer en Uruguay que cantó sus deseos y sus angustias: exigente con su trabajo, buscaba la perfección de sus versos. Ha escrito también obras dramáticas: "La piedra filosofal" para la cual le compuso también la música y
"Los peregrinos", ambas representadas en el Teatro Solís en los años 1908 y 1909. De toda su producción que abarca casi treinta años, María Eugenia selecconó cuarenta y un poemas, que componen su único libro editado "La Isla de los Cánticos" que salió póstumamente en 1925.

En 1915 fue designada para dictar la Cátedra de Literatura en la Universidad de Mujeres, pero en 1922, a causa de su precaria salud, tuvo que renunciar al cargo, dejando como sucesora a
Alicia Goyena
, una joven profesora. Esta institución fue creada en 1912 por el entonces presidente de Uruguay, José Batlle y Ordóñez (1856-1929) durante su segunda magistratura.

María Eugenia Vez Ferreira murió en 1924. En 1928, cuatro años después de su muerte, se inauguró en el Prado, próximo al Hotel, una obra en bronce del escultor José Belloni (1882-1965), en homenaje a María Eugenia.

 

María Eugenia Vaz Ferreira es uno de los más interesantes y apreciados secretos del Uruguay. Resulta ser que el hermano de esta poetisa, Carlos Vaz Ferreira, fue uno de los profesores de literatura más distinguidos en sus tiempos. Debido a una gran polémica que causó la publicación póstuma de poemas por Delmira Agustini, el señor Vaz Ferreira sólo permitió una publicación de las obras de su hermana después que ella falleció. El silencio perdurando hasta que él falleciera. Como si fuera un cuento de hadas, las obras de María Eugenia Vaz Ferreira realmente durmieron por más de 30 años. Lo cual dio lugar a que en muchos casos haya sido desconocida la que una vez fue la primera pluma femenina sudamericana.

Rebelde desde su juventud, María Eugenia Vaz Ferreira escribió y vivió a su gusto y capricho. Tenía una personalidad tan segura de sí misma y un talento tan único, en las letras y la música, que tenía que ser reconocida. Extravagante al máximo en su forma de ser, no hubo hombre que la hiciera feliz y a ninguno se le rindió. Prefirió regresar a la “propicia tierra” con “la virginidad de las estatuas”.

Tuvo que trabajar por necesidad y se ganó la vida escribiendo y enseñando. Fue una mujer de carácter sumamente fuerte y a la vez alegre. Según hemos leído, cuando era profesora se burlaba hasta de las otras maestras, no por razones profesionales, sino por cosas que sólo se pueden considerar de muchachos. En las fiestas era un verdadero peligro. Porque como era una de las personas más jocosas de aquel Montevideo, sí el chiste se elevaba a la poesía, le hacía pasar una pena a cualquiera. Pocos años antes de morir perdió la razón, su estado mental y salud fueron empobreciendo hasta llegar a un estado deplorable antes de su muerte. Su hermano, que la adoraba, quedó muy afectado de la terrible enfermedad que María Eugenia sufrió.


Manuscritos de María Eugenia

El ataúd flotante

Mí esperanza, yo sé que tú estás muerta.
No tienes de los vivos
más que la instable fluctuación perpetua;
no sé si un tiempo vigorosa fuiste,
ahora, estás muerta.
Te han roído quién sabe
qué larvas metafísicas que hicieron
entre tu dulce carne su cosecha.
En vano
el mágico abanico de tus alas
con irisadas ráfagas me orea
soltando al aire turbadoras chispas.
Yo sé que tú eres de esas
que vuelven redivivas en la noche
a decir otra vez su última verba...
Ya te he visto venir
blanca y piadosa como un santo espíritu
sobre el vaivén de las marinas ondas;
te he visto en el fulgor de las estrellas,
y hasta  los bordes de mi quieta planta
danzan tus llamas en festivas rondas.
Pero si al interior vuelvo los ojos
Veo la sombra de tu mancha negra,
miro tu nebulosa en el vacío
dar poco a poco su visión suspensa;
sin el miraje de los fueros fatuos
veo la sombra de tu mancha negra.
No llores porque sé los ojos míos
saben vivir en lontananzas huecas;
míralos secos y tranquilos; márchate
y el flotante ataúd reposar deja
hasta que junto a ti también tendida
nos abracemos como hermanas buenas
y otra vez enlazadas nos durmamos
en el sepulcro vivo de la tierra.

 

Holocausto

Quebrantaré en tu honra mi vieja rebeldía
si sabe combatirme la ciencia de tu mano,
si tienes la grandeza de un templo soberano
ofrendaré mi sangre para tu idolatría.
Naufragará en tus brazos la prepotencia mía
si tienes la profunda fruición del oceáno,
y si sabes el ritmo de un canto sobrehumano
silenciarán mis arpas su eterna melodía.

Me volveré paloma si tu soberbia siente
la garra vencedora del águila potente;
si sabes ser fecundo seré tu floración,
y brotaré una selva de cósmicas entrañas,
cuyas salvajes frondas románticas y hurañas
conquistará tu imperio si sabes ser león.

 

Carta de María Eugenia a Alberto Nin Frías (1902)


Transcripción

“Mi estimado amigo: (Lea para Ud. solo)
He esperado ansiosamente el día de hoy pues creo deber y deseo darle una
explicación de lo que pasó anoche. Ante todo tiene que saber que soy un ser
desgraciadísimo por el motivo que menos se figura. Mamá a quien adoro, que me adora
(creo) y que es lo único que tengo en la vida, es conmigo de una crueldad increíble. No
sé si Ud. habrá oído hablar de una gran enfermedad nerviosa que hace que se
mortifique y contraríe constantemente a la persona que más se quiere –esto le pasa a
ella conmigo. Ahora tiene Ud. la clave de mi tristeza, del desconcierto de mi persona y
mis cosas y el porqué siendo feliz en todo lo demás, he llegado a encontrar pésima la
vida, hasta el punto de desear que se acabe. Vivo pendiente de ella y una mirada, una
palabra suya cambia por completo mi estado de ánimo, de la más sana alegría al más
grande pesar. Muchas veces, casi siempre, tengo la risa en los labios, y por dentro estoy
desolada. Ya me he habituado a esto y nunca lo doy a conocer por cierto pudor moral y
porque encuentro antipático provocar la conmiseración de la gente. Además tal vez no
me creerán porque ella cuando quiere sabe ser dulcísma. Anoche, cuando Ud. vino, yo
me asomé por uno de los cuartos interiores adonde acostumbro a desterrarme por horas
y aún por días enteros; lo vi a Ud. y oí como mamá me negó. Se imagina cuánto habré
sentido. Mamá está acostumbrada a que yo no la contraríe jamás cuando ella quiere
algo, y hace como dos meses fue aceptado como pretendiente un amigo del fraterno, que
según se opina, era un novio brillante: mamá estaba contenta, pero al cabo de este
tiempo noté que yo no sentía por él lo que era necesario, y hace 5 o 6 días resolví
terminar el asunto. Esto la tiene enojadísima. Afortunadamente he tenido desde niña
hasta vieja un carácter firme y un alma fuerte para no dejarme imponer ciertas cosas, y
he tenido una sinceridad de que me enorgullezco que no me ha permitido nunca
engañarme a mí misma no al prójimo. En cambio, mamá me impone castigos
primitivos, privándome de las personas y las cosas que me son gratas. Algunas de mis
más queridas amigas han corrido la misma suerte que Ud., pero ellas son buenas y
comprensivas y perdonan. Perdónela Ud. también. ¡Qué dirá Ud., habituado a los
hogares tranquilos y dulces, de esta casi tragedia! Si no fuera porque le he encargado
reserva, quisiera, para mayor aseveración, que Ud. hablase con la buenísima y querida
Milka sobre esto, pues ella está enterada de mis luchas y tristezas del momento. Pero no
lo haga porque sería raro.
No sé cómo tomará Ud. el modo apurado e ingenuo con que cuento estas cosas
tan íntimas, tal vez le parecerá una irrespetuosidad filial, pero le repito que a muy
pocas personas les hablo de esto y no le diría a Ud. nada de nada, si no fuera que la
idea de que Ud. me vio anoche y puede atribuirme a mí aquella negativa tan ilógica e
injusta me ha sacado de quicio y me ha hecho contarle todo.
No quiero cansarlo más, pero antes de concluir voy a pedirle un favor: y es que
me mande en cuanto pueda, dos palabras, solo dos palabras diciéndome si ha
comprendido todo –pero no me las dirija a casa ni a mí, sino a Srta. Ida Müller, calle
2
Buenos Aires 99- esta es una amiga como mi hermana. Yo sé que Ud. encontrará muy
feos estos subterfugios; yo también los encuentro y es la primera vez en mi vida que los
uso, pero es que no hay más remedio. Piense que lo que hago es en nombre de lo que
hay de más serio y noble en nuestros corazones.
Disculpe a su amiga.
M. Eugenia V. F.
Si alguna vez nos encontramos en fiesta o cualquier parte y desea conversar,
puede acercarse –y si quiere escribirme por algún interés literario, hágalo a casa y a
mí, como siempre –y si nunca, nada más, nada más; pero lo de hoy sí, se lo ruego.
Yo espero que todo esto pasará pronto. Desearía mucho que Ud. rompiera esta
carta.”
Al final aparece este texto unido a las palabras “como siempre” por una línea recta oblicua:
“pero haciéndose el creído que no me encontró en casa, y sin aludir a nada de
esto.
Pobre amigo, que lata!
Adiós.”
En la parte superior izquierda del folio 1 aparece el siguiente texto:
“La que verdaderamente sufre en este mundo con paciencia sólo se prepara a ser
feliz en otro.”
Trascripción extraída de:
BOTTERO, Mónica, PEYROU, Rosario, et al. Mujeres Uruguayas: El lado Femenino de Nuestra
Historia, Montevideo, Editorial Extra Alfaguara, 1997, Págs. 209, 210


Escuchar Palabras al viento, recreación sobre María Eugenia Vaz Ferreira realizada por el Sodre


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