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María Eugenia Vaz Ferreira

Nació el 13 de julio de 1875 en Montevideo y fallece el 20 de mayo de 1924.

María Eugenia Vaz Ferreira es uno de los más interesantes y apreciados secretos del Uruguay. Resulta ser que el hermano de esta poetisa, Carlos Vaz Ferreira, fue uno de los profesores de literatura más distinguidos en sus tiempos. Debido a una gran polémica que causó la publicación póstuma de poemas por Delmira Agustini, el señor Vaz Ferreira sólo permitió una publicación de las obras de su hermana después que ella falleció. El silencio perdurando hasta que él falleciera. Como si fuera un cuento de hadas, las obras de María Eugenia Vaz Ferreira realmente durmieron por más de 30 años. Lo cual dio lugar a que en muchos casos haya sido desconocida la que una vez fue la primera pluma femenina sudamericana.
Rebelde desde su juventud, María Eugenia Vaz Ferreira escribió y vivió a su gusto y capricho. Tenía una personalidad tan segura de sí misma y un talento tan único, en las letras y la música, que tenía que ser reconocida. Extravagante al máximo en su forma de ser, no hubo hombre que la hiciera feliz y a ninguno se le rindió. Prefirió regresar a la “propicia tierra” con “la virginidad de las estatuas”.
Tuvo que trabajar por necesidad y se ganó la vida escribiendo y enseñando. Fue una mujer de carácter sumamente fuerte y a la vez alegre. Según hemos leído, cuando era profesora se burlaba hasta de las otras maestras, no por razones profesionales, sino por cosas que sólo se pueden considerar de muchachos. En las fiestas era un verdadero peligro. Porque como era una de las personas más jocosas de aquel Montevideo, sí el chiste se elevaba a la poesía, le hacía pasar una pena a cualquiera. Pocos años antes de morir perdió la razón, su estado mental y salud fueron empobreciendo hasta llegar a un estado deplorable antes de su muerte. Su hermano, que la adoraba, quedó muy afectado de la terrible enfermedad que María Eugenia sufrió.
Manuscritos de María Eugenia

El ataúd flotante
Mí esperanza, yo sé que
tú estás muerta.
No tienes de los vivos
más que la instable fluctuación
perpetua;
no sé si un tiempo vigorosa
fuiste,
ahora, estás muerta.
Te han roído quién sabe
qué larvas metafísicas que
hicieron
entre tu dulce carne su cosecha.
En vano
el mágico abanico de tus alas
con irisadas ráfagas me orea
soltando al aire turbadoras
chispas.
Yo sé que tú eres de esas
que vuelven redivivas en la
noche
a decir otra vez su última verba...
Ya te he visto venir
blanca y piadosa como un santo
espíritu
sobre el vaivén de las marinas
ondas;
te he visto en el fulgor de las
estrellas,
y hasta los bordes de mi quieta
planta
danzan tus llamas en festivas
rondas.
Pero si al interior vuelvo los
ojos
Veo la sombra de tu mancha negra,
miro tu nebulosa en el vacío
dar poco a poco su visión
suspensa;
sin el miraje de los fueros
fatuos
veo la sombra de tu mancha negra.
No llores porque sé los ojos
míos
saben vivir en lontananzas
huecas;
míralos secos y tranquilos;
márchate
y el flotante ataúd reposar deja
hasta que junto a ti también
tendida
nos abracemos como hermanas
buenas
y otra vez enlazadas nos
durmamos
en el sepulcro vivo de la
tierra.

Holocausto
Quebrantaré en tu honra mi vieja
rebeldía
si sabe combatirme la ciencia de
tu mano,
si tienes la grandeza de un
templo soberano
ofrendaré mi sangre para tu
idolatría.
Naufragará en tus brazos la
prepotencia mía
si tienes la profunda fruición
del oceáno,
y si sabes el ritmo de un canto
sobrehumano
silenciarán mis arpas su eterna
melodía.
Me volveré paloma si tu soberbia
siente
la garra vencedora del águila
potente;
si sabes ser fecundo seré tu
floración,
y brotaré una selva de cósmicas
entrañas,
cuyas salvajes frondas
románticas y hurañas
conquistará tu imperio si sabes
ser león.
Carta de María Eugenia a Alberto Nin Frías (1902)

Transcripción
“Mi estimado amigo: (Lea
para Ud. solo)
He esperado ansiosamente el día
de hoy pues creo deber y deseo
darle una
explicación de lo que pasó
anoche. Ante todo tiene que
saber que soy un ser
desgraciadísimo por el motivo
que menos se figura. Mamá a
quien adoro, que me adora
(creo) y que es lo único que
tengo en la vida, es conmigo de
una crueldad increíble. No
sé si Ud. habrá oído hablar de
una gran enfermedad nerviosa que
hace que se
mortifique y contraríe
constantemente a la persona que
más se quiere –esto le pasa a
ella conmigo. Ahora tiene Ud. la
clave de mi tristeza, del
desconcierto de mi persona y
mis cosas y el porqué siendo
feliz en todo lo demás, he
llegado a encontrar pésima la
vida, hasta el punto de desear
que se acabe. Vivo pendiente de
ella y una mirada, una
palabra suya cambia por completo
mi estado de ánimo, de la más
sana alegría al más
grande pesar. Muchas veces, casi
siempre, tengo la risa en los
labios, y por dentro estoy
desolada. Ya me he habituado a
esto y nunca lo doy a conocer
por cierto pudor moral y
porque encuentro antipático
provocar la conmiseración de la
gente. Además tal vez no
me creerán porque ella cuando
quiere sabe ser dulcísma. Anoche,
cuando Ud. vino, yo
me asomé por uno de los cuartos
interiores adonde acostumbro a
desterrarme por horas
y aún por días enteros; lo vi a
Ud. y oí como mamá me negó. Se
imagina cuánto habré
sentido. Mamá está acostumbrada
a que yo no la contraríe jamás
cuando ella quiere
algo, y hace como dos meses fue
aceptado como pretendiente un
amigo del fraterno, que
según se opina, era un novio
brillante: mamá estaba contenta,
pero al cabo de este
tiempo noté que yo no sentía por
él lo que era necesario, y hace
5 o 6 días resolví
terminar el asunto. Esto la
tiene enojadísima.
Afortunadamente he tenido desde
niña
hasta vieja un carácter firme y
un alma fuerte para no dejarme
imponer ciertas cosas, y
he tenido una sinceridad de que
me enorgullezco que no me ha
permitido nunca
engañarme a mí misma no al
prójimo. En cambio, mamá me
impone castigos
primitivos, privándome de las
personas y las cosas que me son
gratas. Algunas de mis
más queridas amigas han corrido
la misma suerte que Ud., pero
ellas son buenas y
comprensivas y perdonan.
Perdónela Ud. también. ¡Qué dirá
Ud., habituado a los
hogares tranquilos y dulces, de
esta casi tragedia! Si no fuera
porque le he encargado
reserva, quisiera, para mayor
aseveración, que Ud. hablase con
la buenísima y querida
Milka sobre esto, pues ella está
enterada de mis luchas y
tristezas del momento. Pero no
lo haga porque sería raro.
No sé cómo tomará Ud. el modo
apurado e ingenuo con que cuento
estas cosas
tan íntimas, tal vez le parecerá
una irrespetuosidad filial, pero
le repito que a muy
pocas personas les hablo de esto
y no le diría a Ud. nada de
nada, si no fuera que la
idea de que Ud. me vio anoche y
puede atribuirme a mí aquella
negativa tan ilógica e
injusta me ha sacado de quicio y
me ha hecho contarle todo.
No quiero cansarlo más, pero
antes de concluir voy a pedirle
un favor: y es que
me mande en cuanto pueda, dos
palabras, solo dos palabras
diciéndome si ha
comprendido todo –pero no me las
dirija a casa ni a mí, sino a
Srta. Ida Müller, calle
2
Buenos Aires 99- esta es una
amiga como mi hermana. Yo sé que
Ud. encontrará muy
feos estos subterfugios; yo
también los encuentro y es la
primera vez en mi vida que los
uso, pero es que no hay más
remedio. Piense que lo que hago
es en nombre de lo que
hay de más serio y noble en
nuestros corazones.
Disculpe a su amiga.
M. Eugenia V. F.
Si alguna vez nos encontramos en
fiesta o cualquier parte y desea
conversar,
puede acercarse –y si quiere
escribirme por algún interés
literario, hágalo a casa y a
mí, como siempre –y si nunca,
nada más, nada más; pero lo de
hoy sí, se lo ruego.
Yo espero que todo esto pasará
pronto. Desearía mucho que Ud.
rompiera esta
carta.”
Al final aparece este texto
unido a las palabras “como
siempre” por una línea recta
oblicua:
“pero haciéndose el creído que
no me encontró en casa, y sin
aludir a nada de
esto.
Pobre amigo, que lata!
Adiós.”
En la parte superior izquierda
del folio 1 aparece el siguiente
texto:
“La que verdaderamente sufre en
este mundo con paciencia sólo se
prepara a ser
feliz en otro.”
Trascripción extraída de:
BOTTERO, Mónica, PEYROU,
Rosario, et al. Mujeres
Uruguayas: El lado Femenino de
Nuestra
Historia, Montevideo, Editorial
Extra Alfaguara, 1997, Págs.
209, 210
Escuchar Palabras al viento, recreación sobre María Eugenia Vaz Ferreira realizada por el Sodre