Jura de la Constitución

 

El 26 de julio de 1828, el General Juan Antonio Lavalleja, -jefe de los Treinta y Tres Orientales que había iniciado la cruzada libertadora (el 19 de abril de 1825) que culminaría con la independencia del país y la eliminación de su sometimiento al Imperio del Brasil-, convocó al pueblo a la elección de una Asamblea para que ejerciera la función legislativa y constituyente

Luego de dictada la Declaratoria de Independencia Nacional, el 25 de agosto de 1825, el Estado Uruguayo funcionó en base a la Asamblea de Representantes de la Provincia Oriental, ejerciendo las funciones legislativas; en tanto que las funciones ejecutivas eran ejercidas por un Gobernador delegado.

Alcanzada la pacificación del territorio y establecido el orden institucional, se hacía necesario dotar a la Nación del documento jurídico que recogiera la voluntad de constituirse como tal, organizar sus autoridades y reconocer los derechos fundamentales de sus ciudadanos y habitantes.

Las ceremonias para jurar solemnemente la nueva Constitución, se señalaron para el día 18 de julio de 1830.

Por Decreto del Gobernador delegado, de fecha 26 de julio de 1828, se convocó al pueblo a elegir diputados a la que se designada entonces como “Sala de Provincia”, cuyo principal cometido sería el de elaborar una Constitución Nacional. Una vez elegidos, los diputados se reunieron por primera vez el 22 de noviembre de 1828 en la ciudad de San José, en la casa del ciudadano Juan E. Durán, dándose el nombre de “Honorable Junta de la Provincia“.

Al igual que la Asamblea de 1825, esta Junta cumplió las indispensables funciones legislativas, en tanto se sancionaba y ponía en práctica la nueva Constitución. Entre otras, asumió la autoridad para nombrar un Gobernador Provisorio, al cual confiar las funciones ejecutivas; designación que fue efectuada en la persona del Gral. José Rondeau, e interinamente, mientras Rondeau retornaba al país, se designó a Joaquín Suárez. Otra importante labor que asumió la Junta, fue la de estructurar una organización judicial, y de reorganizar el sistema de impuestos ya que, todavía, seguía aplicándose el de la época colonial.

La Constitución estructuró a la República Oriental del Uruguay como un Estado unitario - no federal - adoptando la forma de gobierno republicano-representativa. Los antecedentes de la Asamblea muestran que los Constituyentes de 1830 tenían muy claro concepto del alcance del principio representativo de gobierno; el cual significa que los gobernantes son elegidos para sus cargos por sus capacidades para ejercerlos, pero no están sujetos a los dictados de sus electores, sino que en el ejercicio de la función pública deben emplear su propio discernimiento y adoptar las decisiones que les parezcan a ellos las más convenientes para el país.

Como gobierno republicano, se considera que la soberanía radica no en el “pueblo” sino en la Nación; que es la comunidad social considerando todos sus componentes humanos, culturales, históricos, tradicionales, artísticos, etc. La Nación se expresa a través del cuerpo electoral, que está compuesto por aquellos habitantes que son ciudadanos, porque reúnen los requisitos para serlo; y su poder soberano es delegado por el pacto constitucional en los tres Poderes: Legislativo, Ejecutivo y Judicial, todos los cuales quedan sometidos a la propia Constitución y a las Leyes.

Como órgano supremo del Poder Legislativo, se creó una Asamblea General, compuesta por dos Cámaras, la de Diputados y la de Senadores; que normalmente funcionan separadamente para el estudio y sanción de las Leyes. Los diputados son electos por los ciudadanos de cada Departamento; pero los Senadores son electos por el conjunto de los ciudadanos de todo el país. Además de dictar las Leyes y establecer los impuestos, la Asamblea General tenía, en la Constitución de 1830, la importantísima atribución de elegir al Presidente de la República y a los tribunales superiores de Justicia. En este aspecto, la Constitución establecía que la jerarquía máxima del Poder Judicial sería la Alta Corte de Justicia, pero ésta no fue establecida hasta el año 1907.

El Presidente de la República ejercía por sí sólo el Poder Ejecutivo, nombraba y destituía a los Ministros, y era el Jefe superior del Ejército. El sistema de gobierno era presidencialista; porque la Asamblea General carecía de atribuciones para intervenir en el nombramiento o destitución de los Ministros y sólo podría destituir al Presidente de la República en casos absolutamente excepcionales. Casi la única restricción a la autoridad del Presidente por parte de la Asamblea, era el requisito de su anuencia para suspender las garantías de seguridad individual; lo cual solamente podía hacerse para apresar a los delincuentes de traición o conspiración contra la Patria.

El Estado era unitario, y no federal, porque todos los Poderes eran de carácter nacional; pero a los efectos de la administración de los asuntos más especificamente locales, existían los Departamentos, al frente de los cuales actuaban los llamados “Jefes Políticos” asistidos de unas Juntas directamente electas por los ciudadano del Departamento, llamadas Juntas Económico-Administrativas.

Se reconocían como derechos fundamentales del hombre y el ciudadano, que les pertenecen naturalmente y por lo tanto están por encima de la autoridad del Estado salvo cuando su ejercicio pueda perjudicar el derecho de otro, la libertad, y la propiedad.

Como componentes del derecho general de libertad, se cuentan:

No estar obligado a hacer sino lo que la Ley mande o no estar impedido de hacer lo que la Ley no prohiba.

Entrar al país, circular por él libremente, y salir llevando todas sus propiedades.

No ser preso sino en caso de realizar un acto previamente definido como delito, y para ser inmediatamente juzgado por un tribunal existente con anterioridad; debiendo considerársele inocente mientras no se pruebe lo contrario, dándole oportunidad de defenderse, presentar pruebas y de apelar la sentencia.

La inviolabilidad del domicilio salvo cuando exista orden judicial, solamente aplicable durante las horas del día.

La expresión y comunicación de los pensamientos sin previa censura.

El secreto de la correspondencia y el respeto a la privacidad de todos sus documentos, tanto respecto de los órganos del Estado como de otras personas.

La Constitución de 1830 contenía algunas disposiciones y declaraciones que son explicables por razón de antecedentes históricos; como la de que el Estado Oriental no es ni será jamás patrimonio de persona o familia alguna, que se explica en relación a las concepciones monárquicas. Del mismo modo, se determinaba la llamada “libertad de vientres”, al determinar que “Nadie nacerá ya esclavo en el territorio del Estado”.

La ciudadanía se reconocía a los nacidos en el país o los extranjeros hijos de nacionales cuando se radicaran en el país. Pero la ciudadanía se suspendía por no saber leer o escribir, tener el hábito de la ebriedad, por vagancia; y por estar en situación de sujeción o dependencia a consecuencia de ser soldado de línea, sirviente, peón o jornalero.


Isidoro De María

Un testigo de nuestra historia


La Jura de la Constitución


A los hijos que sobreviven de los constituyentes (1)

I

Contábamos quince abriles cuando la Jura de la Constitución de la República el año 30, en esta capital.
Pues, como si dijéramos, parodiando a Sor Teresa de Jesús, que estábamos en la edad de la sonrisa de la infancia. ¡Quince años, y no amar la vida, forjando la mente fantasías seductoras en el célico arrullo de la inocencia, es imposible!"
Estábamos muy distantes de peinar canas como ahora a los ochenta; pero como decía Víctor Hugo:

 

Siempre ¡oh! niñez en tus felices días
Fijo ha de estar mi triste pensamiento,
Quien a mis ojos apagados abre
La luminosa flor de los recuerdos.

Pidamos a ella algo que nos transporta con la idea a aquellos plácidos días del año 30, en que tuvo lugar la Jura de la Constitución; se entiende, no de la portuguesa ni la imperial que se sucedieran en el transcurso de trece años e dominación extranjera, sino la Constitución Nacional, formulada y sancionada libremente por los representantes del pueblo oriental, como el pacto fundamental, el Evangelio Político del nuevo estado que tomaba asiento entre las sociedades libres, soberanas, independientes y constituídas, saludadas en ese rango por el mundo.
¡Ah! ¡Qué fiestas aquellas de la Jura de la Constitución, tan lindas, tan alegres, tan espléndidas y populares como jamás se habían visto iguales, en que todos los corazones palpitaban de purísimo e inefable gozo, en medio del mayor regocijo!
Y con qué solicitud patriótica y lucidez se prepararon, en pocos días, y eso que en los albores de la vida política no había barro a mano, como diría algún Domingo Siete, por cuanto el gobierno no estaba autorizado por la Asamblea sino para invertir en ellas la modesta suma de 6.000 pesos, comprendidos los festejos en todos los departamentos del estado.
Por ley de 26 de junio, fijóse el 18 de julio inmediato para la Jura y sus fiestas; y en unos quince días todo estaba preparado, como por encanto, para solemnizarla magníficamente, en patriótico concierto, pueblo y gobierno.
Figuraos la Plaza de la Matriz, como era entonces, con la mayor parte de los edificios que la circundaban de tejado, bajos o de alto, los antiguos postes en las aceras, desnuda enteramente de los paraísos que le dieran sombra y embellecimiento después (2), pero vistosamente transformada por las decoraciones, con magníficos arcos triunfales en las cuatro esquinas y el gran tablado levantado en el centro, con sus escaleras, una con frente al Cabildo y otra a la Matriz, flotando en cada esquina del tablado la bandera nacional, la argentina, la brasileña y la inglesa.
Las tropas de línea y el Cuerpo Cívico, formados en la plaza, bien uniformados. Las primeras de infantería, con sus altos morriones con guarniciones y penacho, casaca larga, centro blanco y azul, y su correaje blanco cruzado. La caballería centro azul y blanco, casaca corta, morrión con guarniciones y pompón colorado. El Cuerpo Cívico, centro blanco y azul, correaje blanco cruzado y sombrero común.
En el alto del Cabildo flameaba la bandera oriental, y en sus balcones se veían al general Lavalleja, Gobernador Provisorio, de gran uniforme, sus ministros, los Representantes de la Nación, Jefes del Estado Mayor, miembros del Tribunal de Justicia y porción de personas distinguidas, y un mundo de pueblo contemplando gozoso aquel simpático cuadro, a despecho del frío de la estación, que embromaba.
Eran las 10 de la mañana cuando formaban los bizarros regimientos, poniendo armas en pabellón, y se desgranaban algunos Cívicos a tomar un café al lado de la Matriz, a espera del Gobierno con su lujoso séquito de empleados civiles y militares, en que lucirán los galones, charreteras y sombrero apuntado, lo mismo que el calzón corto y media de seda, zapato con hebilla y casaca negra de fa da redonda.
¡Gloria a Dios en las Alturas!
A las 10 y media, sale del Fuerte el Gobierno con su lucido cortejo, dirigiéndose a la iglesia Matriz al Tedéum que se había dispuesto, tomando asiento conforme al ceremonial decretado el 13. ¡Qué mundo de gente, qué elegancia y lujosidad en las señoras concurrentes a aquel acto religioso, y qué profusión de luces y suntuosa compostura en el templo, en que el cura Larrañaga despliega todo su celo y desprendimiento en el esplendor del culto divino!...
Terminado el Tedéum en acción de gracias al Todopoderoso por los grandes bienes dispensados al pueblo oriental, que iba a sellar su glorioso y próspero destino con el Juramento solemnísimo de la Constitución, en marcha al Cabildo a efectuarlo.
Excusado sería decir que un gentío inmenso llenaba la plaza en sus cuatro costados, los balcones y azoteas, sin perdonar ni los tejados de gran parte de ella.
En el salón del antiguo Cabildo, a la sazón de la Legislatura, prestan juramento a la Constitución, simultáneamente, los Legisladores, el Gobernador Provisorio y sus Ministros, el Cura Vicario, los Jefes de Tribunales y Oficinas, los Comandantes de Cuerpos y Jefes de Estado Mayor, etc.
En seguida lo prestaron las tropas formadas en la Plaza, y acto continuo tócole el turno al soberano Pueblo, que disputándose entre sí, con más o menos empujones y apretabis, el honor de ser de los primeros en subir al Tablado a prestar el suyo en grupos, ante el Alcalde Ordinario que lo tomaba de pie ante su gran mesa cubierta con carpeta verde, algo enronquecido a fuerza de tanto repetir: 
"juráis a Dios y prometéis a la Patria cumplir y hacer cumplir en cuanto de vos dependa la Constitución del Estado Oriental del Uruguay sancionada el 10 de setiembre de 1829 por los Representantes de la Nación? ¿Juráis sostener y defender la forma de Gobierno Representativo Republicano que establece la Constitución, etc.? Si así lo hicierais, Dios os ayudará, sino, El y la Patria os lo demandará".
Aquí de la nuestra. Forcejeando en el montón, subimos como uno de tantos al Tablado por el lado oeste, y unimos nuestra débil voz a las de tanto ciudadano hecho y derecho, con si juramos, contentos como unas pascuas.
Y terminado el acto del juramento general, tronó el cañón del viejo Fuerte de San José, con una salva de 21 cañonazos, como anuncio al pueblo de que la Constitución de la República había sido solemnemente jurada. Pues señor, que viva por muchos años, como el Arca Sagrada y el Testamento de nuestros mayores, que debemos venerar y cumplir, so pena "que Dios y la Patria nos lo demanden".

II

Ahora vamos a las fiestas. Música, repiques, cohetes, movimiento, alegría por todas partes. No queda bicho viviente (y Periquito entre ellos) que no concurra a la plaza a ver las lindas comparsas del Comercio, de los Militares, de los Caballeros, de los en traje Indiano, y qué sé yo cuántas otras, que en sus lujosas y bonitas carrozas penetran a la Plaza, descienden airosas de ellas, y suben alternativamente al Tablado, con sus arcos o sus bandas azul-celeste, y sus Genios, a ejecutar festivas, al compás de la música, sus danzas figuradas, atrayéndose las miradas de aquel mundo de espectadores.
La del Comercio es la primera que se exhibe y debuta en las danzas. ¡Qué bonita! ¡Y qué mozos gallardos, de lo principal, la formaban! ¡Qué lindas figuras ejecutan con sus arcos blancos y celestes y sus flores! En una de ellas, levantan en brazos al Genio de la Libertad, que declama con gracia y expresión una bella poesía de Figueroa. ¿Quién era él? preguntaréis acaso. Era un niño precioso, de blanca tez y de rubia y linda cabellera, de nombre Pedro Pablo Bermúdez, que recitó el siguiente soneto:

 

Rayó el día inmortal y fortunado 
Del Uruguay en la Oriental ribera, 
De la nueva Nación sabia y guerrera 
Goza la Libertad que ha conquistado. 
De las Leyes el Código sagrado 
Funda desde hoy su gloria verdadera, 
Y el grito universal clama doquiera:
¡¡Salve día dichoso y suspirado!! 
¡Salud, hijos de Oriente! La alegría 
Inspire en vuestros pechos ardimiento, 
Inflame vuestra heroica bizarría. 
Sostener, de la Ley, el monumento, 
¡Orientales! jurasteis este día:
¡Cumplid hasta la tumba el juramento!

Siguióle la comparsa de los Militares, no menos linda que la del Comercio, ejecutando su danza en el Tablado, con gallardía, figurando con bandas azul - celeste, en vez de arcos. La flor de la oficialidad figuraba en ella, como decían sin malicia unas picaronas de mi barrio, nombrando a los Visillac, Yarza, López, Salvanach, Navia, Estomba, Cáceres, Maturana y algunos otros. Vamos, las comparsas se llevaban la palma, dejando airosas en sus danzas a Casacuberta, que en primera línea había ensayado a las principales.
Y ¿dónde dejamos aquellas lucientes Caballadas en sus briosos corceles, haciendo gala de destreza en la equitación y en las suertes de sus juegos, dirigidos por Freyre? ¿Y dónde tantas otras cosas que embellecieron y animaron por días la gran fiesta? Largo sería referirlas. Baste decir que en su conjunto todo fue como a pedir de boca, respondiendo dignísimamente al glorioso y trascendental objeto que las motivaba.
Se distribuyeron medallas conmemorativas, que nadie con más gusto y razón que los constituyentes guardaran como reliquia. Centenares de hojas impresas conteniendo poesías alusivas, se arrojaban como flores entre aquel mundo de espectadores ávidos de acapararlas.
Si plácidas y brillantes fueron las fiestas de día, no lo fueron menos eu las noches. Fuegos artificiales, iluminación brillante, en que descollaban la del Cabildo y del Consulado, con sus hermosos transparentes, y para complemento, función de gala en el teatro de San Felipe, donde se da cita lo más granado y elegante de la sociedad de Montevideo, las reuniones familiares respirando alegría, y los estrados recibiendo en su seno el concurso lucido de las comparsas; todo contribuía a la animación y al general contento en que se solazaba el espíritu patriótico y cordial en aquellos inolvidables días ¡ah! que pasaron!...
Olvidábamos a Chiarini, el mentado pruebista, como llamaban entonces, que tuvo en su clase tan buena parte en la lucidez de las fiestas, echándole tierra a Laforeste y otros pruebistas que le habían precedido funcionando en los circos improvisados en algunos corralones, como verbigracia, en el que conocimos el año 22 en la calle Santiago, al este del conventillo del Padre Saúco, que ocupa hoy la iglesia de San Francisco, perdurable recuerdo de su buen Párroco don Martín (Q.E.G.S.), y en que, por más señas, chiquilines, compramos sitio en una rabona.
¡Oh! Chiarini fue una de las notas sobresalientes en la gran fiesta.
¡Quien lo vio, con el Jesús en la boca, descender animoso por la cuerda tirante desde el alto del edificio del Cabildo hasta el centro de la plaza, con su balancín, hollando, en medio de su descenso, las ruedas de fuegos artificiales, envuelto entre el humo, el estruendo y el chisporreo, hasta llegar triunfante en la arriesgada y admirable jornada, a poner sus pies en la plaza, entre salvas de aplausos de millares de espectadores!
¡Quien lo vio al segundo día, bailando arrogante en la maroma, haciendo pruebas difíciles de equilibrio y dando el salto mortal sobre filas de bayonetas cruzadas. Vamos, aquello fue primoroso, como a boca llena lo proclamaba la gente.
Haremos aquí punto final al grato recuerdo de aquellas fiestas populares de la Jura, en que tantas, tan dulces y tan risueñas esperanzas acariciaron nuestros mayores.
Cerrémoslo con el del canto patriótico que inspiraron a nuestro bardo Acuña de Figueroa, autor tres años después del Himno Nacional, y a su turno a Florencio Varela, argentino, afectuoso y nobilísimo amigo del pueblo oriental constituído.

 

¡Salve día feliz! para el Oriente
De dulcedumbre y gloria!
De hoy más la Patria brillará en la Historia
Constituida, feliz, independiente!
Y el Código sagrado,
Que en sus aras sus hijos han jurado,
Obra digna de Temis y de Astrea,
De sus derechos el baluarte sea.
¡Salve otra vez, aurora!
De tantos beneficios precursora.
Que tu luz esplendente
Su claridad difunda,
Y encienda dulcemente
El alto fuego en que el amor se inunda;
El amor a la Patria y sus derechos,
Indestructible en orientales pechos.
Salud al héroe que con faz serena
Libertad proclamando,
Rayo de Marte en Sarandí triunfando,
Rompió de Oriente la fatal cadena;
Salud al que en Misiones
Tremoló victorioso sus pendones;
Con su valor, con su virtud ejemplo,
Ellos abrieron en la gloria el templo.
Y vosotros varones,
Emulos de Licurgos y Solones,
Que con celo y prudencia,
Patriotismo y desvelo,
La cara Independencia
En las leyes fundáis del patrio suelo,
Gozaos en la obra; recibid las palmas,
Y en placeres se inunden vuestras almas.

Y luego, Florencio Varela, cantor también de aquellas glorias, nos legaba estos pensamientos elevados, en su Oda a la Jura de la Constitución:

 

¡Silencio, y escuchad, pueblos del mundo!

 

 

 

¡Salud, Constitución del bello Oriente!
¡Saludémosla todos! y entretanto
Que vuelva el pueblo en entusiasmo ardiente.
Al altar sacrosanto,
A jurarla, de Dios en la presencia,
Respeto y obediencia;
Yo, a quien el alto cielo
Quiso dar otra Patria; yo, que adoro
La Libertad, y fervoroso anhelo
De los pueblos de América el decoro,
La gloria y el poder; yo reverente,
La saludo también. Es obra vuestra,
Legisladores de este hermoso suelo,
Que fue suelo argentino;
Es don de libertad; que con su diestra
Selle el Eterno su feliz destino!

 

 

 

Sólo así, sólo así me fuera dado
Celebrar dignamente
El nombre respetado
De los grandes varones que al Oriente
Supieron constituir. Mas ya que el Hado
Niega a mi humilde Lira
El poder que concede
A los que un genio superior inspira;
¡Feliz, al menos, si mi canto puede
Grabar en la memoria
De un pueblo agradecido,
Aquellos nombres, dignos de alta gloria,
Hasta que de la Historia
Con ellos se enriquezcan los anales,
Y el artista pulido
Los eternice en bronces inmortales!

(1) José María y Julián Muñoz; Prudencio Ellauri; Miguel, Saturnino y Julián Alvarez; Alejandro, Urbano y Eduardo Chucarro; Julio y Antonio Pereira; Blas Vidal; Agustín Urtubey: Mario Pérez.

(2) Plantío en 1854 por el Jefe Político Francisco Lebrón.

 

Isidoro de María
de "Montevideo Antiguo"


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