Irineo Leguizamo

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2002 ~ 12 años difundiendo nuestras raíces ~ 2014


Julio E Fuentes Barreto

“SOMOS UN PAÍS DE VIEJOS”


By Julio Fuentes Barreto
Así nos autocalificó nuestro presidente apenas tuvo en sus manos los primeros datos del último Censo de Población y Vivienda. Algo que todos sabíamos o al menos sospechábamos desde hace bastante tiempo, porque detrás de ese guarismo y durante cuatro décadas se han venido generando las condicionantes que lo explican. Como dato primero y fundamental aparece la emigración forzada de nuestra sangre joven; los mismos que han formado y consolidado sus familias afuera, y que han construido o están cimentando sus vidas lejos, germinando hijos ciudadanos de otros territorios. Por eso: ¿Cómo y dónde encontrar el recambio? Por un momento dejemos de lado al emigrante y focalicémonos en sus hijos; esos que no desean volver, que en muchos casos –mal que nos pese- ni siquiera desean saber nada del paisito, ¿crudo? Sí, eso de la extrañeza y la nostalgia es para los emigrantes adultos, un poco menos para los jóvenes que los acompañaron, pero nula para sus descendientes ya extranjeros.





¡Volver? Por favor, ni ahí: ni ellos ni sus hijos desean volver, ¿para qué? Seamos realistas y sensatos, dejemos de lado el canto popu y la heroica resistencia de los que sufrimos durante el proceso, también posterguemos la angustia de los que no podían volver -haciéndoles aferrarse aún más a una realidad que se había hecho pedazos-, de los que lloraban el paisito perdido que ya nunca volvería a ser el mismo: NUNCA. Este conflicto de intereses, espirituales y emocionales, lo padecieron aquellos que estando comprometidos políticamente todavía creían que todo volvería a ser igual: ¡qué equivocados estaban! Porque aún los que luego regresaron, deslumbrados por el cambio de poder en manos progresistas, rápidamente se dieron cuenta que ese paso gigante de la democracia para algunos, debido al desgaste del sistema político fosilizado para otros, no había cambiado gran cosa y que la esperanza seguía siendo cada vez más vapuleada por la realidad. Es imposible revertir un siglo de desaguisados en pocos años de progresismo; corregir esquemas endémicos lleva tiempo y más en este rinconcito del mundo donde los cambios suelen demorar generaciones enteras.
Están equivocados quienes piensan que vivimos en un país tranquilo y pacífico, el añorado paraíso de hace cincuenta años, estamos igual a cualquier otro país del mundo o de Sudamérica que ya es bastante decir. No lo están aquellos que afirman que la patria es el lugar que te da de comer y las posibilidades de desarrollarte a todo nivel, social, económico, intelectual y moral. Todavía, y ya promediando el segundo período de gobierno progresista, esas condiciones aquí no existen, y menos todas juntas, aunque tímidamente comiencen a vislumbrarse algunas aún queda mucho camino por recorrer. Mientras, sigue emigrando lo mejor de nuestra gente, los más calificados y de mayor potencial, y no sólo los profesionales a quienes tampoco debemos culpar con aquella muletilla de: “aquí estudian y luego se rajan”, ni tildarlos de traidores ni malos patriotas como en otras épocas: no es tan así. Los gurises uruguayos –estudiantes en serio, no esos vividores y vagos paseadores de libros- , piensan y esperan que mientras hacen la carrera vayan generándose los huecos de mercado donde consigan incrustarse laboralmente. Los años pasan y el esfuerzo, formidable y constante, hace que vayan superando los obstáculos del conocimiento hasta cierto día en que, si no abandonaron la carrera por un empleíto castrador de sus expectativas futuras, se encuentran egresados, con un titulo debajo del brazo, y dependiendo de sus padres o accediendo a una vacante de cajera en un súper: botando resignadamente el intelecto a la basura.
Vía Internet comienzan a desparramar currículos y encuentran países donde será reconocida y valorada su inteligencia. Y no sólo los profesionales, la mano de obra calificada, los obreros con oficios especializados también emigran, quizá más cerca y a países limítrofes; todavía somos valorados como buena gente en cualquier región del planeta. ¿A qué se van a quedar? Son los que difícilmente regresen. Aquí no tenemos empresas con empleos que paguen esos sueldos y entonces el balance respecto a la familia es deficitario, queda de lado, mientras puedan y soporten van a prescindir de ella. Se van moldeando en otras costumbres, conocen otras culturas, se casan o acollaran y engendran hijos allá mientras el país y la familia, la de acá, sigue esperando el milagro, ellos también; lamentablemente en esto de los países y las economías los milagros no existen. Los que se quedan, o nos quedamos, no es por patriotismo sino por resignación, escasez de miras, conformismo o falta de medios para dar el salto; en este mundo tan globalizado ya no existen lugares ni países lejanos; cualquier región puede ofrecer un huequito por donde poder sacar y levantar cabeza. El famoso y difuso departamento No.20 es otro país, diferente a éste, con otras expectativas e intereses y tampoco es tan cierto aquel mito de la extrañada: apenas un veinte por ciento siente esas ganas irresistibles de volver. Los inteligentes incendian las naves, ahorran –pueden-, y se hacen un viajecito cada par de años para ir despuntando el vicio sin caer en la pelotudez del retorno. Quieren mejor calidad de vida para ellos y los suyos, prosperidad… y repito, no sólo económica, sino vivir con dignidad y ganas. Quieren confirmar y estar seguros de para qué vinieron a este mundo, para crecer y multiplicarse en todos los órdenes de la existencia; en TODOS. Los que no logran controlar esa lucha interna sucumben y regresan para seguir viviendo una vida chata y lisa, sin motivaciones vigorosas, entregados a la inercia del paisito tristón y envejecido, y por ende con escasa reacción y quebradizas esperanzas. (*)
He sido de los que fui, probé, obligado regresé, me quedé y la quedé. Volví a la angustia y chatura del uruguayo manso y remador, arreglador con alambre, ingenioso a ultranza, polémico y discutidor: ¿y para qué? pura y exclusivamente para sobrevivir. Es muy poco, demasiado insuficiente, pero me queda la satisfacción que al menos probé y me probé –muchos ni siquiera lo intentan-; circunstancias adversas de la vida me hicieron volver para luego quedar atrapado en el vórtice descendente de una sociedad demasiado llana y conformista. Ojo que nunca me enamoré del dinero, es cierto que viene y va, más va que viene y nunca es tuyo; pobre del estúpido que crea poseer algo acumulando cacharros, ¡habrase visto tamaña ingenuidad! Los mayores tesoros son aquellos imposibles de comprar; resultan demasiado valiosos para tener precio. Por ejemplo: los afectos.
Hijos, nietos, quédense afuera nomás: los viejos somos fuertes y aguantamos. Para volver hay tiempo. Si a final de cuentas el mundo actual es un inmenso país sin fronteras ni distancias; hagan lo que hicieron nuestros abuelos que sin mirar atrás y para perpetuar la descendencia emprendieron la peor de las tristezas. El exilio.
Agradecido por su deferencia: en cualquier momento volvemos a encontrarnos ¡Salud!


(*) No sé si vendrá a cuento, pero durante la mayor emigración gallega -primera y segunda década del siglo pasado-, apareció un dramático grabado de Castelao donde se muestra una muchedumbre despidiéndose: hombres con atadijos al hombro, mujeres y niños abrazándolos, llorando. Lo tituló: En Galiza non se pide nada. Emígrase.


Agradecemos a Julio E Fuentes Barreto por sus valiosos aportes, los cuales compartimos con nuestros visitantes.

Julio E Fuentes Barreto es un escritor valiente y audaz, creador de atrtículos veraces pero que pueden llegar a ser polémicos

Recomendamos visitar su página web: www.jfuentesbarretto.com
 


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