Irineo Leguizamo

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2002 ~ 12 años difundiendo nuestras raíces ~ 2014


Julio E Fuentes Barreto

Mago, vos si que sos Gardel

By Julio Fuentes Barreto


Dejo constancia que este artículo podría contener pasajes y afirmaciones que podrían lesionar la sensibilidad de gardelianos incondicionales y a ultranza, allá ellos, y además agrego: los ídolos suelen tener pies de barro y los seres perfectos no existen, porque aunque se los endiose tampoco son dioses. Citando a Goethe podría decir que me comprometo a ser sincero, pero no a ser imparcial.


Gardel tiene sus horas; sería impensable escucharlo previo a las once de la noche o después del desayuno. Es una voz noctámbula; pertenece al cafetín y la bohemia atrapante del gavión y de la mina, iguales pero diferentes, donde los sombríos piringundines adquieren sabores y aromas de malevaje pecaminoso, transgresor; reproduce tristonas parrandas y lánguidas garufas, ayuda a bostezar auroras en una redacción o arrulla al camionero de larga distancia mientras devora el asfalto rumbo al amanecer, o la duermevela del “tachero” nocturno que gira trillando silencios… Silencio en la noche ya todo está en calma… Es allí donde aparecen la magia y El Mago. De acuerdo a mis experiencias gardelianas -que recién comenzaron a los treinta y pico, tras los primeros desencantos y decepciones-, pienso que acompañar la soledad con Gardel es necesario y hasta imprescindible; resultan principios indivisos. También cuando digitamos pensamientos y desveladas ideas, o regresamos fatigados del yugo indigno a la tibia bendición de la catrera: o paladeamos la amargura retraída y cómplice del mate ventajeando la alborada. ¡Guambia! Que Gardel es celoso: no admite socias; escucharlo en pareja es diferente, no se disfruta tanto –parejas mujeres, claro-, porque entre machos subidos al carro de la nostalgia cualquier drama parafraseado por el Zorzal Criollo se comparte mejor.




Tampoco Gardel es para todos; ni siquiera para los porteños depositarios de mayor cultura tanguera que nosotros, pero que consumen modas de perverso calibre. Los uruguayos recién somos capaces de “descubrir” a GARDEL rondando los cuarenta -aquí varios me van a criticar, y asumo esa posibilidad-, porque es una falacia conformista de los veteranos creer que a la juventud le gusta el tango, ¡Atenti pibe!, bailado sí, como danza altamente sensual, casi erótica (comparativamente, la lambada brasileña es infantil), y como música instrumental es muy atrayente y, no lo niego, llega a ser sublime. Canaro, Contursi, Troilo, D´Arienzo, Mariano Mores y Piazzola son una cosa, pero escuchar gorjear al Mago es otra, saborear un Julio Sosa, o frasear un polaco Goyeneche -por citar algunos-, son sensaciones incomparables. La música y el baile son cuerpos plásticamente seductores; pero las voces representan emociones insondables, el Alma y el Espíritu del tango: vamos a no mezclar los tantos. Para entender a GARDEL hay que haber vivido lo suficiente, sufrir un poco y haber asimilado un buen par de cachetazos de la vida, además, y durante el viaje, haber dejado truncos algunos sueños y esperanzas por el camino; o sabido encriptar irrepetibles y gratos momentos… Un tiempo viejo que añoro que ya nunca volverá…
Ciertamente, tanto las raíces musicales del tango como la milonga, son africanas exiliadas de un universo irrecuperable -las mismas palabras lo son- y es hasta ineludible que sus letras, también de emigrantes, refieran pérdidas similares de otras épocas y costumbres; aunque hoy día los dramas permanezcan semejantes. Los otarios y percantas que te amuraron siguen existiendo -corregidas y mejorados, claro-, como ciertas madres, santas viejitas de canas muy blancas… que gracias a las tintas, el consumismo y al celular se encuentran en vías de extinción, como la ternura de aquellas noviecitas que tanto idolatré… o los compadritos de Reebok y MP4 que tiran a la marchanta los morlacos de sus otarios progenitores. Gran parte de esos tangos denuncian carencias, tristezas y sentimientos desterrados, mezcla de rabia, de dolor, de fe, de ausencias… de napolitanos y gallegos (allá más tanos que gaitas), supervivientes resignados a vidas prisioneras en conventillos malolientes –a letrina y fritanga, piletón y lejía, patios flameantes de blancos y ajenos tenderetes-, que necesitaban letristas y poetas orilleros, tuberculosamente famélicos, y cantores que las transmitieran al resto de una sociedad discriminante por naturaleza y abolengo. En esos tangos descubrí primigenias canciones de protesta que denunciaban injusticias sociales, hipocresías de un statu quo ventajero, que aprovechaba la debilidad de individuos vulnerables, lacerados por la miseria; principalmente de mujeres postradas e indefensas ante la injusticias sociales y de género.
GARDEL cantó de todo y para todos, utilizando su propio lunfardo. Al principio cifras y estilos, valses y vidalitas, dramas y lamentos camperos aprendidos de los payadores que sabían, Gabino Ezeiza y Betinotti –una foto lo muestra ridículamente disfrazado de gaucho, para mi gusto con demasiados bordados-, después, ya con el tango afianzado, le cantaría al inmigrante, al obrero de la fábrica, a la costurerita y al atorrante que la hizo tropezar, a la mamma del reo vagoneta alérgico al laburo, a Giuseppe el zapatero, a timberos y burreros; a los códigos de honor firmados con sangre, a los compadritos de gacho requintado y afeminado porte, al adoquín de angostas callecitas aromadas de madreselvas, iluminadas por raleados y amarillentos farolitos… bajo su quieta lucecita yo la vi, a mi pebeta luminosa como un sol… (¡luminosa joyita la nena! campaneando al taita, de noche y bajo un farol), quien fuera fiel centinela de mis prómesas de amor… que sólo un gil podría cumplir. Sería GARDEL, quien como nadie, cantaría esas tristezas y conflictos, sus angustias y pasiones, sus esperanzas de zarpar del hoyo y la marginación, sobresalir a toda costa, si fuera posible echando mano al delito, a la timba y los vicios –incluyendo la prostitución-, para abrirse camino. En ese tiempo –ahora también-, había dos opciones para salir del fango: la tenacidad y constancia de un trabajo infatigable durante toda una vida, discutible, ¿no?, o el manejo intuitivo de relaciones non sanctas, cobijarse bajo el ala de algún poderoso y aprender el oficio, puesto que esos entornos educan y desarrollan otras inteligencias. Haciendo gala de su voz autodidacta y su carismática sonrisa, El Morocho del Abasto optó por lo más rápido y menos sacrificado: Frank Sinatra lo imitaría mucho después, porque al final, si la vida es puro cuento, andando mal y sin vento, todo, todo, se acabó… ¿verdad?
También supo cantarle al amor puro y romántico, como tantos poetas afrancesados que verseaban sentimientos quiméricos, amores margaritagautianos, cuyos vislumbres glamorosos rentaban las madamesyvonnes -pioneras meretrices del bajo-, aquí y allá. Bastaría con repasar a Florencio Sánchez y Roberto Arlt, dos entre diez -tres, incluyo a Borges-, para sumergirse en ese mundillo variopinto de canyengue, querosén, tajo y cuchillo, fuelle, viola, flauta y clarinete, milonguitas y matarifes, guapos zurcidores de límpidas mejillas, duelistas faconeros al pie del murallón. Son infinidad pero, a mi entender literario, sus más notables creaciones son las que compusiera junto a Alfredo Le Pera, poeta y guionista de sus mejores películas, quien las adaptaba a su medida. Sus ojos se cerraron, Cuesta Abajo, Volver, Mi Buenos Aires Querido, Silencio, –emocionante drama/canción desarrollada con perfección de cuento (presentación, nudo y desenlace) y El día que me Quieras, cuya inspiración plagiaría sin atenuantes al mexicano Amado Nervo, hasta en el título, y que hoy merecería una inevitable demanda.







Después de meterse a turfman adquiriendo al desabrido Lunático, de cautivar al Príncipe de Gales, de sus actuaciones a sala repleta en el Solís; de aquel viaje a España donde los catalanes le regalan un Graham Page, un maquinón que le obliga a contratar chofer; después de involucrarse malamente con una madame parisina y andar gambeteando rufianescos naifes, y tras embelesar a los afamados teatros y cabarets de media Europa –Roma, Paris, Londres, Barcelona-; después de seducir con trinos de zorzal cuanta pollera le cruzase por delante, Cuando veo una pollera no me fijo en el color… y de vender en tres meses la friolera de ¡Setenta mil discos!!! Finalmente regresa a Buenos Aires embarcado en el Conte Rosso, Mi Buenos Aires querido, cuando yotévuelvaver… acompañado de su flamante y adorada novia, ¿qué digo? voiturette, ¡ah…! –perdonáme Isabelita del Valle, te han desbancado miserablemente-; después de todo eso ya nunca volvería a ser el mismo. Se metamorfosearía en ese otro GARDEL, protagonista de otra historia más mito que leyenda. Eso sí, el Zorzalito de Tambores jamás murió ni morirá, al contrario; cada vez canta mejor.


¡Salú, Mago! Tres vece salú.


Agradecemos a Julio E Fuentes Barreto por sus valiosos aportes, los cuales compartimos con nuestros visitantes.

Julio E Fuentes Barreto es un escritor valiente y audaz, creador de atrtículos veraces pero que pueden llegar a ser polémicos

Recomendamos visitar su página web: www.jfuentesbarretto.com
 


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