Irineo Leguizamo

www.EnlacesUruguayos.com

2002 ~ 12 años difundiendo nuestras raíces ~ 2014


Julio E Fuentes Barreto

Asados Urbanos II


(by Julio Fuentes Barreto)


Prometimos examinar someramente cuan variadas resultan las situaciones y lugares, cómo y donde se realiza el epicúreo procedimiento llamado vulgarmente “poner o tirar algo en la parrilla”, y seguidamente veremos la influencia de ciertos entornos durante el proceso.



Vamos al tipo de nivel medio. ¿Cómo se las ingenia para despuntar esa compulsiva costumbre de hacer un asadito? No se trata de tirar cualquier cosa sobre la parrilla, ¡nóoo!, previamente deberá tener muy en cuenta el ojo avizor de los vecinos - podrían considerarlo un agrandado-, que enciende fuego sólo para hacerse ver. Pero, ¿dónde? ¿En el braserito, la parrillita, o el mediotanque? Y sí, el preferido es aquel medio tanque que fuera desterrado al rincón sobre la medianera, en el hueco que se produjo tras la venta del cachilo (Por la patente y el seguro, ¿viste?), y encriptado en el fondo, debajo de chatarra y escoria que fuera acumulándose por años. -Sólo a un bolas tristes como vos se le ocurre hacer asado hoy, - dice su adorable consorte- ¿No ves toda la roña que hay que mover? No sé para qué compraste ese cachivache, ¿para usarlo una vez al año? Vieja, -retruca él, amoscado y de mala manera-, acordate que lo traje porque vos misma estuviste tres años rompiéndome las pelotas con la cantaleta de qué lindo sería hacer un asadito algún domingo, claro, era para zafarte del laburo del tuco. ¿No? ¡Ah! ¿Y que me decís de los dos ganchos de chorizitos que tuve que asar de apuro, cuando tu hijito adorado cumplió los quince? Cuando se le ocurrió aparecer por acá con aquella pandilla de adolescentes tan pasmados y delincuentes como él. ¿Eh? Parece que te vino la amnesia, te vino. Romántica parejita, ¿no es cierto?

Ahora… ¿Qué sucede cuando el tipo nivel medio tirando a bajo, desea realizar su faena y apenas cuenta con una minúscula terracita exterior de tres por dos, y para colmo en un tercer piso? Allí es donde deberá bregar con su maravilloso juguete, un grill americano que funciona a carbón, también una vez al año, por supuesto, los restantes 364 días el aparatejo será polifuncional; oficiará como jardinera para las cuarenta macetas y plantas de la doña, de repisa para botellas y bidones vacíos, como apoyo para la pecera del hámster que murió hace dos años y cualquier otra improvisación eventual y conveniente. Y sí, viejo... vos sabés que la terracita es un pañuelito: ¿dónde vamos a poner el lavarropas, el macetón con el filodendro que nos trajo mamá, o ése armario gigantesco que te regalaron? ¿Y las reposeras, las sillitas de playa, la mesa redonda y el rascacielos de sillas del juego de pevecé? La garrafa de supergás, el bañito de la nena y las cuerdas de ropa, ¿dónde te parece que voy a colgar, eh? Tiene razón señora, muy cierto, todo eso concentrado en seis metros cuadrados es demasiada apretura, sí... ¿Viste lo que dice el señor? Y todavía vos aparecés con ese armatoste, y con el trabajo que da limpiarlo. Allí quedan resignados, abandonados, arrumbados y herrumbrándose, el tipo, sus ganas y el grillcito zocado por los atadijos de ramas, los diarios y la bolsa de carbón ensopados tras aquel aguacero feroz; inservible y patético despojo de una fallida cruzada, recuerdo de aquel último asadito, cuando las llamaradas embravecidas redujeron a gualdrapas chamuscadas el flamante toldo vinílico.

Empecinado, el tipo medio bajo no escarmienta ni abandona las esperanzas de prender el fuego siquiera una vez al año, de disfrutar el aroma exquisito de la carne asada; un par de costillas redondas, tres choris y una morcilla dulce -para que la patrona no despotrique-: ¿Tanto relajo para esto? Y él: Andá, vó, desagradecida, callate y seguí preparando la ensalada, andá... Mientras, continúa su lucha sin cuartel contra el carbón húmedo y carajeando cuando la brisa nocturna sopla de frente: Justo ahora se viene a levantar viento. Con los ojos tumefactos y llorosos va pulmoneando la fumarola que ya tomó posesión del apartamentito. ¡Me’stás llenando la casa de humo, tarado!- el romanticismo sigue siendo una constante-: Tonce cerrá la puerta, abombada. Se lo dije ¿vio? El vecino de arriba, también puteando internamente, se asoma al balconcito y mascullando diplomacia, pregunta: ¿Todavía le queda mucho vecino? Y el tipo, No, casi nada, unos minutitos más y apago todo… y haciendo rezongar el amargo -lavado desde hace rato-, continúa hincando el escarbadientes en la picadita sencilla que armó para matar el tiempo, y entre suspiros, le da besitos a un vaso güero y tintineante.

Descendiendo varios niveles y luchando a brazo partido con la miseria - en la cola del pelotón social-, aparece el pobre, pobre. El que prende el fuego a lo gaucho, al aire libre y directo sobre la pampa pelada del inexistente jardín delantero, o sobre la parrillita improvisada con cuatro alambres retorcidos y un par de bloques quemados; el pobre que ostenta y observa el tránsito de los vecinos del escalón inferior que desde la vereda relojean su status carnivorous, codiciando un mordisco de aquello incierto y apetecible que chirría sobre el fuego: llámese falda, cogote, aguja, pecho cruzado, bofe o garrón.



Pero allá abajo, abajo... (gracias Benedetti-Serrat), todavía resisten los más sumergidos: aquellos a quienes la miseria no sólo les golpeó la puerta del rancho sino que la tiró abajo y se quedó a vivir sin permiso: los derrotados por defecto, los sin recursos, que con las tripas en huelga y la nariz atormentada van craneando la manera de consumir algún sustituto cárnico. Y de improviso –inconscientemente- del brain storm familiar surge una idea: recuerdan, imaginan y observan con indisimulado apetito al Sultán. Sí, al pobre perro que día y noche - y a cambio de sobras-, atado a una cadena en régimen de esclavitud, hace muchos años que trabaja cuidándoles el caballo, el carro, y el rancho de lata y cartón. Él, que es como de la familia; quien cada noche recibe mil puteadas ingratas por acompañar el ladrido de sus congéneres: “Perro de mierda, terminááalaaa... Dejá dormir, ¿Porqué no te callás de una vez? La puta que te parió” El pobre Sultán que suspira por los privilegios del Chispita y el Tobi, que corretean libres debajo del carro y atraviesan la ciudad - transparentes de hambre-, requecheando lo que sea para engañar las tripas durante los veinte o treinta kilómetros de travesía. Sí, se ensañan con el Sultán porque resulta que ahora ya no sirve para nada, ¿eh?, Porque los otros están flacos y consumidos, y él -sedentario a prepo-, apenas camina de gordo. ¿Qué derecho tienen? Y gruñe su protesta: Me parece que acá no estamos en Malasia, ¿no? (*)

Esa tardecita, nochecita buena para algunos, la familia de antropófagos sentada alrededor de la parrillita toma mate, le hace arrumacos a una pelota de tinto lija, y observa embelesada como se asa lentamente cierto animalito de conformación ósea y muscular que resulta asaz sospechosa; pero que por supuesto no, no es, no vaya a creer... ¡Ehhh...! ¿Cómo se le ocurre pensar que...? No, ché, de ninguna manera. Éste es un corderito que conseguimos en lo del Ruben, -allá por el forty weeks, mienten. No, no preguntamos su origen ¿tas loco? De repente les sale un poco duro, dijo, pero bien adobadito mirá que... Y sí, en el fondo.
En el fondo del terreno, digo, estaqueado y secándose al sol (ideal para un parche de “chico”, son los mejores) debajo de la higuera aparece un cuero de pelaje similar -me animaría a decir que idéntico-, al de la mascota que justo ayer se nos escapó: por los cuetes, ¿viste? No, ni ahí, andá a saber donde habrá ido a jeder el atorrante. Pero lo que falta del asado, afirmaría sin temor a equivocarme, está sepultado en un pozo poco profundo y mal tapado por una tonelada de basura. Nada de eso interesa ya, cualquier sacrificio es poco para que la familia se reúna, (gracias Sultán) postergue sus frustraciones, y disfrute esta noche de amor en paz. Ah... no señor, este placer tan uruguayo no se cambia por nada -todo se justifica-, no existe dicha mayor que presenciar algo dorándose sobre el asador. Cualquier excusa es válida para encender el diálogo atávico entre la carne, el hombre y el fuego.
Y usted... ¿cómo la ve?

Por ahora es todo: hasta la próxima, y gracias por acompañarme. ¡Salud!

(*) Este último episodio rocambolesco, parece una burlesca y macabra invención literaria; ojalá lo fuera. Confieso que mediados los ochenta, una tarde de Nochebuena y en un “cante” detrás del cementerio del norte, tuve la desagradable y triste oportunidad de observar como, bajo la codiciosa y atenta mirada del grupo familiar y sobre una parrilla -tomando un prometedor tinte dorado-, chisporroteaban los inequívocos despojos mortales de un cánido.
© Fotografías del autor.


Agradecemos a Julio E Fuentes Barreto por sus valiosos aportes, los cuales compartimos con nuestros visitantes.

Julio E Fuentes Barreto es un escritor valiente y audaz, creador de atrtículos veraces pero que pueden llegar a ser polémicos

Recomendamos visitar su página web: www.jfuentesbarretto.com  


Regresar a Julio E Fuentes Barreto     Regresar a Enlaces Uruguayos