Irineo Leguizamo

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2002 ~ 15 años difundiendo nuestras raíces ~ 2017


José Enrique Rodó

“Creo en los pueblos jóvenes que sin olvidar a las generaciones anteriores, abren rumbos nuevos para las miradas de los que vendrán”.

Nuestros niños, nuestros adolescentes, nuestros jóvenes tienen derecho a conocer a Rodó, para establecer con él, una comunicación que armoniosamente, les lleve a PENSAR, a SOÑAR, a ADMIRAR, con generosidad.

Nació en Montevideo el 15 de julio de 1871 y falleció en Palermo (Sicilia) el 1º de mayo de 1917. La estatura de su prosa y la dimensión de su talento quedaron nítidamente establecidas ya en 1900, con la publicación de Ariel, el cual tuvo una resonancia amplísima en todo el ámbito de habla española. Anteriormente había publicado La Vida Nueva (1897) y el estudio critico sobre Rubén Darío (1899). Reconocido, pues, tempranamente, alternando su labor de escritor con las actividades políticas (fundador del “Club Libertad”, que pugna por la unificación del Partido Colorado Representante por Montevideo en la XXI Legislatura, electo para la XXIII Legislatura y vuelto a elegir para la legislatura siguiente) José Enrique Rodó se convirtió en uno de los principales integrantes de la generación del 900.

Comparte con Vaz Ferreira el magisterio ideológico, la prédica incesante, el afán por dirigirse a la juventud y hacer de ésta la palanca de renovación de una sociedad que necesitaba el cambio y de un espíritu al que se debía sostener, levantar y engrandecer. Pero a diferencia del autor de Lógica viva, el medio del que se vale su expresión es una prosa cuidada, a veces rotunda, a veces llena de matices y de sabias modulaciones. Heredando del modernismo la pasión de la forma, no confundió sin embargo estilo con “fermosa cobertura”. Para Rodó el estilo es una forma de ser (tal vez del ser) en la que se identifican la verdad y la belleza. “Era el que escribía mejor”, señaló Alfonso Reyes en 1917, “y era el más bueno”. El propio Rodó dijo: “Decir las cosas bien, (...) ¿no es una forma de ser bueno?...” El desarrollo de la prosa hispanoamericana tiene en él un hito relevante. “Color”, “resalte”, “melodía”: tales características, que Rodó manifestó expresamente como autoimposiciones de su ideal artístico, corren desde entonces en la sangre de nuestra prosa. Tratarla después de Rodó es -reflexiva o irreflexivamente- contar con ellas y hacérsenos carne la realidad y densidad del idioma. Crítico, pensador, periodista, educador, político, Rodó es el ensayista (obviamente, nuestro mejor ensayista). Cuantos ataques se han llevado, o quieran llevarse aún, contra su arielismo, su esteticismo, su pretensa evasión o su desdén hacia los problemas reales que fundamentan las crisis de una sociedad, resultan improcedentes. Un alma tensa, una pudorosa angustia, una desazón creciente ante lo que significa escribir en estas latitudes, muestran en sus últimas páginas a un escritor cuya palabra resuena con fuerza en nuestros días y cuya capacidad emotiva y suscitadora se orienta hacia el futuro.

Obras: La Vida Nueva: “El que vendrá” (1896-97), “La novela nueva” (1897), “Rubén Darío” (1899); Ariel (1900); Liberalismo y jacobinismo (1906); Motivos de Proteo (1909); El mirador de Próspero (1913); El camino de Paros (Barcelona, 1918); Epistolario (París, 1921); Hombres de América (Barcelona, 1920); Nuevos Motivos de Proteo (Barcelona, 1927); Últimos Motivos de Proteo (Montevideo, 1932).

Tomado de: 100 autores del Uruguay
Paganini, Alberto - Paternain, Alejandro - Saad, Gabriel


Manuscritos de Rodó

Manuscritos del diario "La Democracia" cuando Rodó era estudiante del Liceo Elbio Fernández en 1882


 

Manuscrito de "Motivos de Proteo" y  de la primera página de "Ariel"


Los restos de Rodó, acompañados por una gran multitud, son trasladados al Cementerio Central tras su repatriación al Uruguay en 1920.

Su cadáver fue velado en la explanada de Universidad, entre antorchas y cánticos funerarios. Se suspendieron las actividades normales de la ciudad, el ejército rindió máximos honores, la multitud rodeó respetuosa el catafalco; y en discursos y editoriales de la prensa, el autor de "Ariel" fue proclamado el más alto valor intellectual del continente, otorgándosele, por antonomasia, el título de maestro de la juventud de América.

 


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