Irineo Leguizamo

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2002 ~ 15 años difundiendo nuestras raíces ~ 2017


Crónicas

por Juan Antonio Varese


CRÓNICAS URUGUAYAS

I – DEL PASADO MONTEVIDEANO

Cafés de la plaza Independencia

En el Uruguay, octubre se ha transformado en el Mes del Patrimonio Cultural. Durante 24 horas los uruguayos salimos a recorrer y descubrir –o redescubrir– aquellos museos, monumentos, residencias o parajes que conservan vestigios de nuestra historia y nos permiten encontrar nuestra identidad.

Sin embargo, y en comparación, son pocos los lugares emblemáticos que han conservado la memoria del modus vivendi de nuestra sociedad; es mucho más fácil recordar un nombre, una batalla o la firma de un documento, que los fenómenos sociales que caracterizaron una época. No se los puede encerrar en una vitrina, ni reciclar con un lavado de arena y agua. Por ello son fáciles de perder en la vorágine de la evolución social.

Es así que caminando por la Plaza Independencia, no puede menos que sorprender el cambio que este escenario ha tenido en el espacio de cien años. Hoy, ya en el siglo XXI, parece increíble que estemos hollando el mismo suelo que pisaron nuestros abuelos o bisabuelos en los albores de la centuria pasada.

Ya no están las recovas originales de La Pasiva, con ese universo bullicioso de vendedores de lotería, paseo a donde abrían sus puertas los famosos cafés, que se sucedían uno detrás del otro, en un espacio inusitadamente reducido.

Reunía ambientes para todos los gustos, y a pesar de que alguno podía ser francamente opuesto a otro, coexistían en forma relativamente pacífica, sin grandes enfrentamientos.

Allí estaba el Gran Sótano de la Independencia, en Juncal y Sarandi, de Manuel Martínez, que en verano ponía sillas bajo los arcos de La Pasiva y lo promocionaba como el Recreo más elegante de la ciudad. Sin embargo, dos fueron los que más brillaron: el Británico y el Tupí Namba.

El Café Británico era el centro de la bohemia extrema, donde los inconformistas se entregaban a discusiones propias de los sofistas, alrededor de las mesitas de mármol, desde las ocho de la noche hasta la una de la mañana, consumiendo solo un café (que era lo que sus exiguas economías permitían). Su aspecto, en clara confrontación con los usos de la época, de melenas al viento y corbatas a “lo Lavallier”, condecía con sus actitudes, extravagantes y pomposas, que llegaban a veces a causar desórdenes que incidentalmente terminaban con una corta visita a la comisaría de la zona, donde eran recibidos con condescendencia por el titular de turno. Nombres como el de Pantaleón Dura, Casaravilla Lemos, Federico Castellanos, Llorca, Bernardo Queirolo y otros, se podían encontrar entre los habitúes a las peñas del lugar. También eran frecuentes las partidas de ajedrez, donde el maestro Vargas era la estrella, y sus oponentes, generalmente amigos, trataban de ponerlo en dificultades, intentando destronarlo de su invicta corona.

Al otro extremo, se encontraba el Café Al Tupí Namba, en la esquina de Juncal y Buenos Aires. Representaba el sello de Montevideo, tanto en lo nacional como en lo internacional. Su dueño, Francisco San Román, había logrado la síntesis que aun hoy se persigue: calidad, elegancia y amabilidad en el servicio a sus clientes. Su local, tanto en su inauguración, el 8 de mayo de 1889, como en su posterior reforma de 1911, se distinguía por la elegancia, el lujo y el buen gusto de su decoración. Pero a ello agregaba el sello personal de la calidad del café que allí se servía y la atención permanente del dueño, quien se mantenía en constante contacto con el visitante, haciéndolo sentir que era un ser único en ese lugar. San Román supo también reunir todo tipo de público, allí se encontraban los actores que trabajaban en el Teatro Solís, situado justo enfrente, figuras políticas, literarias, periodistas, cantantes de tango, integrantes de la alta sociedad, figuras del deporte, familias de la clase media y trabajadora. Pareciera que don Francisco había interpretado el momento histórico que le había tocado presenciar; aquel donde el monopolio principista, de la sociedad de “los doctores”, del “positivismo”, daba lugar a una reforma social en donde nuevas clases sociales comenzaban a tener acceso a beneficios antes solamente reservados a algunos privilegiados. Podríamos decir que fue un café “pluriclasista”. Tan grande fue su impronta, que no se circunscribió a la capital, sino que se extendió al interior del país, donde surgieron establecimientos con el mismo nombre que intentaron llevar tierra adentro el prestigio del café de la Plaza Independencia; tal fue el caso del Tupí Namba de Carmelo, inaugurado en 1891. También en el exterior se extendió su fama, y turistas de la Republica Argentina y otros países llegaban hasta sus puertas a conocerlo y deleitarse con su néctar de moka. Fue tal el prestigio y el peso social que tenía el Tupí Namba que, cuando en 1959, víctima del desarrollo urbano, se decidió la demolición del edificio, la ciudadanía y la prensa del momento protagonizaron una reacción de revalorización de ese pasado bohemio y soñador, presentando incluso una iniciativa ante el Consejo Departamental de entonces, que dio por resultado la resolución del mismo, de fecha 21 de enero de ese año, por la que se decidía ceder al Tupí, en carácter de arrendamiento, una zona del ala del Teatro Solís, ocupada entonces por el Museo de Historia Natural. Desgraciadamente no se pudo evitar su desaparición.

Hoy, caminando por la plaza, parados al lado del Mausoleo a nuestro prócer Gral. Artigas, miramos a nuestro alrededor y no podemos más que preguntarnos qué pasó con aquel patrimonio. Dicen los sociólogos e historiadores que la sociedad uruguaya es melancólica, que siempre mira hacia atrás, que es una característica muy nuestra el pensar que todo pasado fue mejor; pero en un mes como el de octubre, donde se revalorizan nuestras raíces, no podemos evitar buscar, en medio de esta plaza, aquel mundo bullicioso e idealista, del que nada ha quedado; no hay un signo, una placa conmemorativa, nada, sólo el Teatro Solís que busca a aquellos compañeros que ya no están.


Hoteles del viejo Montevideo

 

Muchos fueron los hoteles en que pudieron hospedarse nuestros abuelos. Estoy seguro de que van a sorprenderse bastante y a considerar que, proporcionalmente, antes se vivía tan bien o mejor que ahora. Claro, igual que hoy en día, habría que disponer de buenas sumas de dinero para visitar los tres establecimientos de los que voy a hablar.

Empecemos por el Hotel Español. Primero que todo, y con sumo orgullo, todos los avisos mostraban el nombre de sus propietarios. Nada de Sociedades Anónimas, ni gerentes, ni expertos en RRPP., ahí daba la cara el propietario en persona y como tal se hacía responsable del trato a los clientes.

El dueño del hotel se llamaba Juan Erasun y era, por supuesto, un español que había llegado como inmigrante y había trabajado duro hasta instalarse en plena Plaza Independencia, nada menos que en la esquina de Sarandí y Juncal, donde hoy está ubicado el Edificio Ciudadela. La propaganda hacía hincapié en la ubicación, especial para comerciantes y para familias, y especialmente apto para las que iban a tomar baños de playa en Pocitos o Ramírez y también para los que gustaban de concurrir al Hipódromo de Maroñas.

Sigamos luego por el Hotel Royal en la calle Piedras, entre Misiones y Zabala. El lugar en 1905 era excelente, en plena ciudad Vieja, a solo cuatro cuadras del puerto. El dueño se llamaba Bautista Bidegain y le encantaba recibir personalmente a los huéspedes. Hombre razonable, ofrecía piezas lujosas y piezas modestas, y recalcaba especialmente la existencia de un salón de lectura, al que había dotado de libros, revistas y periódicos. Un cartel rezaba tres detalles del establecimiento: confort, esmerado servicio y precios módicos. Y algunos otros no menores: un gran comedor para banquetes, restaurant a la carte y bodega de primer orden.

Y, por último, permítanme guiarlos hasta el Splendid del Sr. Gustavo Severi. La ubicación era inmejorable, frente a la Plazoleta del Teatro Solís –hoy en ese lugar se encuentra una plaza baldía–.

El reclame en este caso insistía en las instalaciones modernas e higiénicas. Por supuesto que también se recalcaba que los tranvías pasaban a la puerta, e incluso era apto para farristas, ya que los salones quedaban abiertos hasta altas horas de la noche, mientras hubiera gente.

¡Qué tiempos aquellos!, ¿verdad?

 

Antiguo Gran Hotel Colon

 

Otro de esos establecimientos de renombre lo era el Gran Hotel Colón, inaugurado por Leoncio Gandós. Este curioso personaje nació el 31 de octubre de 1851 en la villa de Bayona, partido judicial de Vigo, provincia de Pontevedra, y arribó a Montevideo como inmigrante en 1869, es decir con 18 años. Poco después ingresaba como empleado de la ferretería Staricco y Cía, ubicada en la esquina de Bartolomé Mitre y Rincón, en la acera sur, donde años después funcionó la ferretería La Llave y actualmente abre sus puertas una compañía de crédito.

La buena educación familiar en España y su denodado espíritu de trabajo lo hicieron progresar y ganarse la confianza de sus patrones, tanto que en 1878 y con tan solo con 27 años de edad, terminó por adquirir la empresa. A partir de entonces comenzó su afianzamiento en el ramo de la ferretería, transformándose en uno de los comerciantes más influyentes de Montevideo. Del comercio pasó a la importación de artículos, por lo que la empresa adquirió cada vez mayor relevancia, lo que le permitió reunir una de las fortunas más cuantiosas de la ciudad.

Leoncio Gandós se integró a la vida montevideana. Constituyó un hogar modelo y se dedicó a realizar obras de carácter comercial, social y cultural. Socio emérito de la Cámara de Comercio española, del Centro Gallego, del Hogar Español, del Hospital Español y de la Sociedad Española Primera de Socorros Mutuos, fue también colaborador y beneficiario del Diario Español y amante de las artes, apoyó al Teatro Solís con su generoso mecenazgo con artistas líricos. También fue conspicuo miembro de la sociedad Parva Domus, dado su carácter alegre y solidario.

Casado con una uruguaya, tuvieron 8 hijos, entre los que podemos evocar a Héctor, Celia, Rodolfo, Oscar, Jacinto y Mario.

Falleció en Montevideo el 10 de diciembre de 1912, rodeado del cariño de familiares y amigos. Todos los diarios montevideanos publicaron sendas semblanzas mortuorias.

Detengámonos ahora en la historia del hotel. Hacia 1908 don Leoncio Gandós, en el esplendor de su actividad comercial, decidió dar el salto empresarial de construir un nuevo local. Adquirió el terreno frente a su comercio, la estupenda esquina de la acera norte de la calle Rincón esquina Bartolomé Mitre, encargando al arquitecto francés Basset la confección de los planos de un edificio de doble propósito: local comercial en los pisos inferiores y lujoso hotel en los superiores.

Las obras dieron comienzo en el año 1909 y el edificio fue solemnemente inaugurado en 1910. Tan hermoso resultó que, a la usanza de la época, fue llamado “Palacio Gandós”, sumándose a otros renombrados palacios como el Taranco, el Jackson y el Golorons, que destacaban en el panorama urbano.

Con un claro sentido multipropósito, en la planta baja, subsuelo y entrepiso, se instaló la Ferretería Gandós, con ingreso por la esquina de Bartolomé Mitre y Rincón, mientras que los pisos restantes fueron destinados al Gran Hotel Colón, uno de los más lujosos de la época.

Todo el mobiliario, vajilla, cortinados y objetos de decoración fueron adquiridos directamente en Europa por el hijo del dueño, señor Rodolfo Gandós.

A lo largo de una trayectoria de más de 70 años de vida, el Hotel Colón convocó huéspedes de todas las clases sociales, desde embajadores, diplomáticos, e incluso una comentada sobrina de la Reina Victoria de Inglaterra en los primeros y lujosos años, hasta pensionados estables y ocupantes precarios en los últimos y decadentes años. Tal vez pueda servir de modelo para ver el transcurso de la Ciudad Vieja en general, que a principios de 1900 era la parte más selecta de Montevideo y que luego, después de la década de 1970, fue decayendo y pauperizándose, para resurgir finalmente de sus cenizas, como parece estar ocurriendo finalmente en la actualidad.

La lista de los huéspedes famosos, que hemos podido obtener, hace relación a los diferentes ambientes más concurridos del Montevideo de la época: cantantes líricos como Enrico Caruso, Arturo Toscanini, Tita Rufo, Gino Becchi, la soprano Galli Curci, el tenor Giacomo Lauri-Volpi y el famoso Tito Gobbi. También se hospedó lo más selecto de las revistas porteñas en sus visitas a Montevideo: la “Negra” Sofía Bozán, el genial cómico Paquito Busto, Florencio Parraviccini y Santiago Arrieta, entre otros muchos miembros de la farándula. Carlos Gardel, como no podía ser menos, también se hospedó en reiteradas oportunidades, probablemente en la pieza número uno, aunque como pasa con muchas de las situaciones gardelianas, no haya seguridad en cuanto al número de su habitación ni la fecha de su hospedaje. También en aquellas habitaciones se hospedó don Alfredo Palacios, el político argentino fundador del partido Socialista. Y hasta, para alegrar las paredes, se cuenta que muchas veces la Troupe Ateniense, con el inefable Víctor Soliño, amigo de la casa y también oriundo de Bayona, la tierra de don Leoncio, ensayó en alguno de sus patios.

El hotel, de lujosas 75 habitaciones, algunas incluso con antesala privada, se transformó en el ámbito ideal para calificadas noches de boda de jóvenes parejas de la alta sociedad. Antes de un remate se encontraron papelitos escondidos en los barrotes de las viejas camas de bronce con promesas de amor eterno, firmadas por conocidas personalidades de la historia nacional.

De aquella época de esplendor conservamos viejas publicaciones con avisos y publicidad del Gran Hotel Colón. Entre ellas queremos compartir con los lectores la propaganda que figura en el Álbum Guía para el Turismo en Uruguay (1933-1934):

“Departamentos con baños. Situación inmejorable con todos los tranvías a la puerta. Calefacción en todas sus dependencias. Habitaciones desde $ 2.00. Rodolfo Gandós”.

Hacia la década de 1940 comenzó el largo proceso de su declinación, que acompañó poco a poco al proceso general de deterioro que afectó a la Ciudad Vieja. En la década de 1970 llegó a situación de remate, para lo cual se debió desalojar a los intrusos que habían ocupado las instalaciones.

En el año 1975, afortunadamente, fue salvado de la piqueta fatal del progreso por la declaración de Patrimonio Histórico Nacional. Hoy, reciclado como en sus mejores tiempos, se apresta a enfrentar un nuevo destino, acompañando el proceso de reconversión de la Ciudad Vieja. Seguramente Leoncio Gandós estaría satisfecho.

 

El Hotel de Los Pocitos

 

El 1º de diciembre de 1896 se inauguró el Gran Hotel y Restaurant de Los Pocitos según anuncio aparecido en La Ilustración Sudamericana, la revista noticiosa y elegante de la época.

En realidad 1896 no fue el año de construcción sino el de su reapertura, tras realizarle una serie de mejoras tendientes a su adecuación a los cánones de la naciente Belle Epoque en su versión rioplatense.

En aquellos tiempos los hoteles de balnearios se construían sobre pilotes de madera para avanzar sobre las aguas. Los bañistas de clase alta no tenían la costumbre ni el gusto de disfrutar de la arena. Accedían al agua por medio de escaleras o se internaban desde la costa en carritos tirados por mulas, hasta donde podían descender libres de las miradas indiscretas. La gente entraba elegantemente vestida en las casillas o en los carritos y allí adentro hacía magia para cambiarse los amplios ropajes por trajes de baño que poco dejaban al descubierto. El caminar sobre la playa estaba reservado al público en general, de escasos recursos, que llegaban en tranvía. Los huéspedes de los hoteles, en cambio, caminaban sobre pasarelas de madera para ir del dormitorio a la casa de baños y de esta a los salones de fiesta.

La idea del momento era disfrutar de la sensación de estar embarcados, a semejanza de los lujosos establecimientos europeos, especialmente de Santander en España, Biarritz en Francia, Ostende en Bélgica o Bristol en Inglaterra. El turno de los balnearios sobre el mediterráneo llegaría años después, con los fabulosos casinos de Niza y Montecarlo.

No podemos precisar la fecha de la primera construcción del hotel de Los Pocitos, porque fue surgiendo en etapas. Tal vez el origen, según investigación que estamos realizando, se remontara a principios de la década de 1880. Primero se construyeron unas precarias casillas para baños con rigurosa separación de sexos, para seguir luego con la terrasse de madera que se internaba en el agua para tomar el fresco de la tarde y sentarse tras el pedido de una refrescante Cusenier, bebida licorosa de origen francés. Recién después se construyeron algunos dormitorios, para atender los requerimientos de turistas que llegaban desde Buenos Aires y querían disfrutar de las instalaciones por la temporada.

Hacia 1894 la clientela había aumentado en número y exigencias, razón por la que el propietario se decidió a encarar una reforma de gran escala. Las habitaciones fueron decoradas al gusto francés, según la denominación genérica de mobiliario “a la Europea”. El acento se puso en mayor medida en los servicios generales, ante todo un lugar de estar y un salón para espectáculos, cuya capacidad se llevó hasta 500 personas. Le siguieron la adecuación de una cocina de primer orden, con menúes a la carte y servicio esmerado.

Un aviso revela claramente la intensidad de la vida social del momento: banquetes para Sociedades, casamientos y reuniones de todo tipo. Las Sociedades a que aludimos no eran de carácter comercial, como sería en nuestra época, sino que eran grupos de beneficencia o recreativos, formados por los distintos gremios y ocupaciones que solían reunirse al son de instrumentos musicales y competencias de recitadores.

Este primer establecimiento hotelero, construido en el mismo lugar en el que doce años después la empresa de tranvías La Comercial levantaría el segundo, de material y con lujos refinados, contribuyó a cimentar la fama del pujante balneario de Los Pocitos como el mejor del Río de la Plata.


El Hospital Italiano

La inmigración italiana se hizo presente en el Uruguay desde los primeros tiempos de la República. Varias razones explican el flujo inmigratorio, entre los que no fueron ajenos los problemas políticos que vivía la península italiana por entonces. Las guerras por la unidad política de Italia, que se extendieron desde 1852 hasta 1870, agravaron las divergencias iniciadas desde mucho antes. El país estaba dividido en 7 estados principales, por lo que el proceso debía comenzar por el fortalecimiento de la monarquía en torno al rey Víctor Manuel I, que al principio dominaba solamente sobre el Piamonte y la isla de Cerdeña. Por otra parte la tierra se había empobrecido, fundamentalmente en el sur, con un fuerte corolario de hambre y desempleo. Los inmigrantes en ruta hacia el Río de la Plata comenzaron a llegar en la década de 1830, provenientes, fundamentalmente, de Génova, Livorno, Palermo y Nápoles. Durante la Guerra Grande (1843-1852) la población italiana se nucleó alrededor de la Legión Italiana.

Lo que pocos lectores deben saber es que, en realidad, hubo dos hospitales italianos en Montevideo: el primero, llamado el Hospital Sardo, ubicado en la esquina de Soriano y Paraguay, y el segundo, que recibió el nombre de Hospital Italiano Humberto 1º, el más conocido, sobre Bulevar Artigas y Avenida Italia, uno de los más bellos edificios de la ciudad.

La historia del primer hospital comenzó en 1835, cuando uno de los tantos inmigrantes enriquecidos, don Juan Bautista Capurro, compró un terreno en la entonces llamada Ciudad Nueva, calle Soriano y Paraguay, para donarlo al Rey Víctor Manuel II de Cerdeña, a condición de que este hiciera construir un edificio para dicha nación. Poco después se adquirieron terrenos linderos con el mismo destino.

La idea de construir un edificio para hospital fue consecuencia del deplorable estado de salud que existía en Montevideo. Solo estaba el Hospital de Caridad, por lo que algunos miembros de la colectividad entendieron la necesidad de erigir uno para atender a sus súbditos. En 1853 se formó una comisión con Cayetano Gavazzo como presidente y distinguidos inmigrantes como Juan Bautista Capurro, G. Manzini y el padre Cúneo.

La piedra fundamental se colocó el 22 de mayo de 1853, ceremonia reproducida por un dibujo de Besnes e Irigoyen.

Para que veamos la modernidad del procedimiento, una vez colocada la piedra fundamental, comenzaron a llover de todas partes contribuciones voluntarias. El propio rey Victor Manuel, el ingeniero Cristóbal Bonomi y varios miembros de las colectividades italianas de Buenos Aires y del Brasil hicieron su aporte.

El proyecto le fue adjudicado al arquitecto de escuela veneciana Pietro Fossatti, pero el verdadero responsable de las características edilicias fue Bartolomé Odicini, jefe del servicio del Hospital de Caridad.

Las dificultades económicas llevaron a que el edificio construido para hospital sufriera varios destinos intermedios. En el año 1860 se instaló en el edificio el Liceo Montevideano, de corta duración, luego fue utilizado militarmente y después fue útil en la lucha contra la epidemia de fiebre amarilla. Desde el año 1865 a 1870 fue transformado en Hospital Brasileño. Luego volvió a pasar a la colectividad italiana. Durante la Revolución de Timoteo Aparicio se instaló un cuerpo militar, el Cuartel del II Batallón de Guardias Nacionales. En 1873, estando desocupado, se firmó un contrato de arrendamiento con la logia masónica el Gran Oriente del Uruguay, que luego compró el edificio.

En 1910 el edificio fue, finalmente, adquirido por el Estado. Allí funcionó hasta el año 1939 la sección femenina de Enseñanza Secundaria y Preparatoria. En 1941 se instaló la Inspección General del Ejército, destino que conserva actualmente.
 

El segundo edificio, el del actual Hospital Italiano Humberto 1°, fue ubicado en la zona de Tres Cruces, nombre que proviene de las tres marcas que señalaban los lugares donde habían sido ajusticiados tres malhechores que asolaron la zona, por entonces solitaria. También, a criterio de algunos, tal nombre podía deberse a la confluencia de calles, avenidas y caminos, lo que lo transformaría en futuro gran centro de la ciudad, como efectivamente ocurrió.

Varios lugares posibles fueron planteados para el hospital, incluso se pensó en Pocitos, pero luego se resolvió por la zona de Tres Cruces, por entonces casi desierta.

Se hizo un llamado a concurso de proyectos del que resultó ganador el ingeniero Luis Andreoni, quien viajó a Italia para mostrar a su Majestad el proyecto, quien termino por nombrarlo Caballero de la Orden de la Corona de Italia.

La colocación de la piedra fundamental, con gran pompa, se realizó el 21 de setiembre de 1884 en presencia de altos funcionarios italianos de ambas márgenes del Plata.

El primitivo proyecto de Andreoni preveía una columnata de 270 metros de largo extendida sobre el Bulevar Artigas, de modo que hubiera llegado hasta donde hoy se encuentra el Hospital Pereira Rossell, distancia que luego fue reducida a la extensión actual.

La construcción del soberbio edificio aparejó varios problemas, a los que no fueron ajenas las diferencias entre Andreoni y el constructor Tosi, el ganador de la licitación.

Finalmente, el edificio fue inaugurado solemnemente en el año 1890, en medio de grandes festejos del gobierno uruguayo y de enviados del gobierno italiano y representantes de las colectividades existentes en América del Sur.

Una gran galería con arcadas sostenidas por columnatas dobles y cuádruples recorre todo el sector que da al Bulevar Artigas y le confiere el inefable aire de palacio florentino o veneciano que tanto llama la atención


De cárcel a Shopping Center

 

Una fotografía tomada desde el aire reproduce la imagen del establecimiento penal de Punta Carretas, la que revela un aspecto sombrío. Tal vez fuera tomada en una tarde gris, tal vez la soledad del entorno se conjugue con las hileras de ventanas con el ojo abierto, receptáculo de tristezas y emblema de esperanzas. A lo lejos la solitaria torre del faro se adentra en el mar, señalando el camino.

La foto no está datada pero la cachila estacionada cerca de la puerta de acceso (tal vez fuera la del director del establecimiento) nos permite ubicarnos en la década de 1920, tal vez a comienzos de la del 30.

La historia nos retrotrae a la ley de creación del establecimiento Penitenciario, la Nº 2729, del 6 de febrero de 1902. Por entonces se experimentaba la necesidad de separar a los detenidos por causas menores de los que purgaban largas penas por atroces delitos. Estos últimos cumplían condena en el establecimiento correccional ubicado en la calle Miguelete. Curiosamente también este edificio ha sido reciclado y cambiado su destino, en parte como Escuela de Diseño Industrial.

El lugar elegido fue la entonces desierta zona de Punta Carretas. El faro había comenzado a funcionar en 1876 y también se habían practicado maniobras militares, carreras de caballos, paseos públicos. Había una terminal de tranvía en las inmediaciones, y sobre los médanos reinaba la república de la Parva Domus con sus interminables tenidas de los domingos. Los pescadores tendían sus redes y extendían sus dominios a lo largo de la costa.

Entonces la construcción del establecimiento penitenciario pareció un gran adelanto para la zona. El progreso llegaba con este gran edificio de cemento gris, prueba irrefutable de un Estado que buscaba el orden y aspiraba al progreso.

Se ocuparon terrenos fiscales entre las actuales calles García Cortinas, Ellauri, Guipúzcoa y Solano García.

El edificio fue inaugurado con honores militares el 8 de mayo de 1910, imitando a la cárcel francesa de Fresnes de Rougis, uno de los modelos carcelarios de la época.

Al la entrada estaba el cuerpo de Guardia, separado del carcelaje por el muro perimetral que un corredor interno recorría en forma paralela. El celdario lo formaban 800 celdas separadas por un corredor central que iba del frente al fondo.

Consecuente con el espíritu correccional había un edificio para escuelas y talleres de herrería, carpintería, zapatería, hojalatería, talabartería, panadería, fábrica de pastas, mecánica, electricidad, teatro, artes libres y una imprenta. Como vemos, todo un conjunto de talleres para que los presos pudieran aprender un oficio que luego les permitiera la reinserción en la sociedad.

No solo reclusión y trabajo, también el establecimiento contaba con un amplio patio de recreo, cancha de fútbol y basketball y un jardín que rodeaba al hospital penitenciario.

En 1986, tras un sonado motín y valorización del barrio mediante, el penal se cerró definitivamente. De las cenizas del penal, concursos arquitectónicos mediante, se llegó a la construcción del Shopping Punta Carretas. Esta reconversión se dio en muchas partes del mundo por la misma época. Recordamos haber visto en Recife, Brasil, un antiguo presidio transformado en centro comercial de locales exclusivos.


Plaza de Toros de La Unión

Durante una discusión sobre el origen de los deportes en el mundo moderno, y más precisamente de las canchas y estadios deportivos con que cuenta Montevideo, hubo acuerdo unánime en que todos, o al menos la gran mayoría, fueron traídos por los ingleses que instalaron los servicios de ferrocarril, aguas corrientes, telégrafos, tranvías, etc., o por sus descendientes.

El concepto, el origen de los deportes en casi todo el mundo moderno, se originó en Inglaterra y sus colonias, donde siempre se jerarquizó el uso del tiempo libre con sentido de competitividad. Pensemos, en el fútbol por ejemplo, el básquetbol, el volley ball, el turf, el tennis, el golf. Contrariamente a esto conservamos pocos juegos vernáculos, como las carreras de sortijas.

Remontándonos al pasado, encontramos las corridas de toros, de auténtica cepa española. Deporte bravo que todavía hoy mantiene plena vigencia en España y en algunos países que recibieron su influencia colonial.

En nuestro suelo existieron varias “plazas” o estadios taurinos, desde el instalado en 1761 frente al Mercado Chico con estructura de madera, hasta la Plaza de Toros de la Unión de 1854 y posteriormente el del Real de San Carlos, en Colonia, proyectado como gran atractivo turístico pero que funcionó poco tiempo como tal, actualmente pendiente de reconstrucción como atractivo histórico.

Hoy nos referiremos a la Plaza de Toros de La Unión, de grandiosas dimensiones para la época.

Terminada la Guerra Grande en octubre de 1851, la población establecida en La Unión comenzó a decaer. Para contrarrestarlo se instaló la primer línea de ómnibus (en realidad tranvía a caballitos) con que contó la ciudad. Y en 1854, se proyectó la construcción de un gigantesco estadio para las corridas taurinas, hoy transformado en plaza pública, en la intersección de las calles Purificación, Orense, Trípoli y Pamplona.

El arquitecto fue Garmendia, el mismo que dirigió las obras del Teatro Solís, y el constructor fue Fontgibell. Para la obra se trajo tierra del Tíber, que en aquellos tiempos compensaba la falta de portland, y se utilizaron ladrillos fabricados en lo de Basañez.

Las obras fueron comenzadas en 1854, sobre una superficie de 6080 metros cuadrados, con 36 bóvedas y una capacidad para 12.000 espectadores sentados.

La Plaza fue inaugurada el 18 de febrero de 1855, con toreros aficionados, dado que los españoles contratados para la fecha no habían llegado todavía.

En 1881, el diputado José C. Bustamaente propuso la supresión definitiva de las corridas, lo que consagró la ley del 12 de setiembre de 1888.

La ultima corrida “a muerte” fue en febrero de 1890 a beneficio del Hospital Asilo Español. Sin embargo, y como dato curioso, fueron autorizadas dos corridas en el año 1892, con motivo de los festejos del Cuarto Centenario del Descubrimiento de América.

La Plaza de Toros de la Unión, con su gigantesco edificio, hubiera podido conservarse para otro tipo de espectáculos, pero fue demolida en 1923. Una placa, colocada durante los festejos por los 150 años de La Unión, es el único recuerdo.


Primer Salón del Automóvil en Montevideo

 

En el año 1904 llegó el primer automóvil a concitar la admiración del público en las polvorientas calles de Montevideo. El mismo fue encargado directamente al fabricante por el señor Alejo Rossell y Rius, el millonario filántropo que dedicó un parque con plantas y animales a su señora esposa, doña Dolores Pereira, origen del zoológico conocido como “Villa Dolores” y actual barrio de la ciudad.

En pocos años, a juzgar por las viejas crónicas, la ciudad se vio transitada por centenares de vehículos que competían ventajosamente, y cada vez con más suerte, con los carruajes a caballo y los pintorescos tranvías, tanto los de caballitos como los modernos eléctricos, que se disputaban la comodidad de los pasajeros.

Ya en la década siguiente, desde 1912 en adelante, comenzaron a llegar los primeros vehículos de alquiler, los primeros camiones y los primeros ómnibus.

Pero pasada la Gran Guerra (1914-1918), transformado el país en una próspera plaza comercial por las exportaciones cárnicas durante el conflicto bélico, los automóviles de distintas marcas y modelos empezaron a llegar al Río de la Plata, transformado en uno de los lugares de mayor aceptación vehicular en el mundo. Con decir, para nuestra sorpresa y supongo que para la de los lectores, que en 1922 el Uruguay ocupaba el tercer lugar en el ranking mundial en cuanto al número de automóviles vendidos en relación con el número de habitantes.

Esta competencia de marcas y modelos se materializó en la necesidad de celebrar un Primer Salón del Automóvil, que se realizó en las instalaciones del Prado desde el 1º al 9 de diciembre de 1923. Los dos pabellones de la exposición ganadera, el A y el B, se habilitaron al efecto para albergar a 61 expositores que representaban a firmas comerciales e importadoras de vehículos y repuestos que existían en la época.

El catálogo oficial del Salón, una joya tipográfica que ha llegado a nuestras manos, nos ha maravillado. Se trata de una publicación de 74 páginas, impresa a todo color, en cuya tapa luce una tricromía artística, obra del litógrafo Otto Koch.

Por el catálogo desfilan marcas que hoy han desaparecido y otras tantas que se mantienen vigentes, pero seguramente esos modelos harían las delicias de cualquier museo del automóvil que se precie de tal. Vemos en primer término el Overland de la Willys, importado por Juan Shaw y Cía; luego el Austin modelo convertible importado por Carlisle & Cía.; el Renault elegante y señorial importado por Enrique Abal y Cía.; el Dodge y el Packard, este último “el aristócrata americano, obra maestra de la industria automotriz”, importados por A. Danrée y Cía.; el Dort de 4 y 6 cilindros representado por la firma Ellis y Cía; el Buick en dos diferentes modelos importado por Crocker y Cía; el Chevrolet “doble faeton” y el “sedán” representados por Clericetti y Barrela; el Lincoln “cabriolet” importado por Serratosa y Castells; el Citroén modelo Torpedo (primer automóvil francés construido en serie) representado por José Vallarino e hijo; el Hudson Super Six, de señorial apariencia, importado por la firma Herman Ferber; el Benz de lujo, “coche de fama mundial”, representado por J. Jungblut; el Chalmers y el Isotta Fraschini (limousine especial) importados por Amilibia y Cía.; el Humpmobile, pequeño y ágil, importado por Bankier y Lynn; el Ford en varios modelos (Sedán 4 puertas, Voiturette, Coupelet y chassis camión), representado por varias firmas comerciales de plaza, y los camiones Fiat, especiales para reparto, importados por Fiocchi y Cía.

Además de los automóviles la feria reservaba stands para las autoridades y reliquias como las motocicletas Harley Davidson con Sidecar, las bicicletas Bianchi y las bicimotos DKW, antecesoras del famoso AUDI de nuestros días.

El catálogo dedica páginas especiales a los insumos y talleres mecánicos de aquellos tiempos, reconociendo una serie de marcas de repuestos que mantuvieron más continuidad que las propias marcas de autos; se habla de las baterías Williard, el lubricante Veedol, el aceite Mobiloil (importado por Trabucati y Cía.), el aserradero Juan Bidegaray que ofrecía construir garajes prefabricados de madera para guardar los vehículos, las cubiertas Michelin, las cubiertas Continental, las bujías Bosch, las bujías Lodge y el neumático Cordé Englebert.

En cuanto a los comercios de plaza que apoyaban publicitariamente al mercado automotor encontramos a la empresa Rogelio Martinelli (por entonces dedicada solamente a vehículos de alquiler), el vermouth Oyama y la tienda London Paris.

He consultado la prensa del año 1923 para comprobar que la feria resultó todo un éxito, con colas interminables de público ávido de contemplar aquella maravilla moderna.

Decididamente el automóvil se había impuesto en Montevideo. Dos años después volvió a realizarse otro Salón del Automóvil, esta vez en los salones del Hotel de los Pocitos, en la playa del mismo nombre.
 


II – HISTORIAS DEL MAR
 

Un Cónsul inglés en Maldonado

 

Henry Burnett fue un auténtico personaje del Maldonado de fines del siglo XIX y principios del XX. De la estirpe de un Francisco Piria o un Antonio Lussich, desarrolló como ellos una actividad incansable y un esfuerzo prodigador.

Vicecónsul inglés y agente del Lloyd´s de Londres, tarea en la que colaboró en la salvación de vidas humanas y en el rescate de barcos y mercancías, fue asimismo comerciante y forestador.

Pero hay otra faceta de su personalidad poco conocida hasta ahora que queremos recalcar: su condición de hábil fotógrafo, gracias a cuyo lente se conservan las primeras vistas que se conocen de Maldonado y Punta del Este.

Su vida tiene mucho de novelesca. Nació en la Inglaterra victoriana el 10 de marzo de 1845, en la región de Salisbury. Después de cursar estudios y trabajar un tiempo de amanuense, sintió el llamado de la aventura y la sed de conocer el mundo. Con diecisiete años se inscribió en la Marina Real, siendo asignado como secretario del comandante del Bombay, una nave de línea de su Majestad Británica, que en 1863 fue destinada al patrullaje del Atlántico sur. Durante una práctica de tiro frente a Montevideo, en las cercanías del Banco Inglés, se desató un voraz incendio que hundió el barco en contados minutos. Dentro de los pocos sobrevivientes se contaba el joven secretario, que se salvó aferrado a un madero.

Su vida, como la de todo hombre de fuerte personalidad y voluntad tesonera, tiende a ser adornada con actos tiernos y heroicos. De ahí circuló la versión romántica, aunque no exacta, de que fue socorrido en las costas de Maldonado por una chica que lo cuidó tiernamente y de la cual se enamoró.

Pero la verdad es que, luego del desastre, se quedó a vivir en el Uruguay, por entonces una plaza prometedora para la colectividad inglesa. Como era lógico suponer, se empleó en un estudio de abogados, en el afamado bufete de Eaton, firma que representaba numerosos intereses en el este del país. Durante uno de sus viajes a Maldonado conoció a Poly, una hermosa criolla de ojos negros llamada Carmen Delgado Rodríguez. Declarado su amor, el inglés demostró ser un hombre de palabra. Viajó a Inglaterra para arreglar sus papeles y regresó para unir su vida a la de la bella fernandina y su destino a las costas de Maldonado.

Hombre Polifacético

La generación de fines de siglo pasado fue pródiga en hombres que arrancaban de la nada y llegaban a triunfar.

El joven inglés empezó por obtener la representación de la sub agencia del Lloyd´s de Londres, la compañía de seguros marítimos más importante del mundo. Desde 1869 y durante los próximos cincuenta años se ocupó con total responsabilidad de los encallamientos y naufragios ocurridos frente a Rocha y Maldonado, e incluso más allá, en los escollos del Banco Inglés. Baste decir que en 1920, tras la friolera de cincuenta años de servicio y cien rescates, el Lloyd´s le hizo entrega de una medalla y un diploma al mérito.

Hacia 1881 fue nombrado Vicecónsul de Gran Bretaña, tarea en la que desplegó un inusitado esfuerzo, en sustitución del cónsul Ramiro de las Carreras.

Pero, no contento con tanta actividad oficial, desplegó su entusiasmo hacia rubros más comerciales. Como otros visionarios de su época, se dedicó a plantar árboles para luchar contra los médanos. Hoy en día nos damos cuenta que tanta plantación no fue buena porque rompió el ecosistema de la costa, pero, en aquellos tiempos, la consigna era luchar contra las arenas voladoras, enemigas de la civilización y del progreso. Con semillas que le traían los innumerables barcos que atendía, plantó miles de pinos en su propiedad, que iba desde la casona señorial que poseía en las afueras de Maldonado (hoy Museo de Arte Americano de Jorge Paez Vilaró) hasta la costa.

Fotógrafo Consumado

Hacia 1880 no era fácil dedicarse a la fotografía. La profesión se aprendía de patrón a empleado en las galerías de retratos, escalando posiciones y tareas hasta aprender el oficio.

La actividad amateur, por otra parte, recién comenzó en Montevideo hacia 1884, con el advenimiento de la Sociedad Fotográfica de Aficionados.

El inquieto Burnett debe haber observado a muchos oficiales ingleses, llegados en misión a la bahía de Maldonado, manipular las pesadas cámaras de madera apoyadas sobre trípodes. Tiene que haberse maravillado con su funcionamiento y entrevisto sus posibilidades comerciales. Posiblemente haya influido su amistad con John Fitz Patrick, el gran fotógrafo inglés de la época, que se radicó una temporada en San Carlos antes de establecerse en Montevideo con la afamada “Fotografía inglesa”.

Burnett decidió aprender por sí mismo, en forma autodidacta, como lo hizo con tantas otras cosas de la vida. Hemos tenido en nuestras manos su manual de aprendizaje: Wilson´s Photographics Series of lessons, accompanied by notes on all the processes wich are needful in the Art of Photography, editado en Filadelfia en 1881, lleno de anotaciones y señales de su puño y letra. Por los frecuentes contactos con marinos de todo el mundo se mantuvo actualizado en materia fotográfica. Hemos cotejado sus detalladas listas de pedidos de equipos y productos químicos para el revelado y ampliaciones.

En principio trabajó como fotógrafo en forma comercial. Instaló una galería en la calle Punta del Este Nº 40, donde tomó centenares de retratos y registró fiestas y reuniones por encargo. Revisamos la Guía del Siglo Ilustrado donde figura como el único fotógrafo en Maldonado desde 1899 en adelante, e incluso hemos detectado anuncios en los diarios de la época.

Otros fotógrafos llegaban en forma zafral desde San Carlos o Rocha, y no fue hasta bien entrado el siglo que se instalaron en la zona.

Resulta difícil individualizar los retratos tomados por Burnett en virtud de que, por no tratarse de su ocupación principal, no los montaba sobre los clásicos cartones de la época, que lucían al dorso, en barrocos caracteres, el nombre y la dirección del fotógrafo.

Archivo Fotográfico

Paralelamente, Burnett fue tomando fotografías por su cuenta y para su propio solaz. Enfocó el lente hacia el mundo que lo rodeaba, en primer término hacia su familia y sus amigos, sus clientes, y en forma especial los marinos ingleses que lo visitaban y con los que hacía excursiones a caballo y correrías de caza al estilo inglés.

Después se dedicó a registrar los edificios más señalados de Maldonado y su entorno. Vemos la catedral, antes de ser terminada, atravesada de andamios, y más tarde, tras la solemne inauguración de 1895 con la procesión de la Virgen del Carmen del Santander. Registró con ojo certero la torre del Vigía, la plaza principal, la Jefatura de Policía, la Escuela Ramìrez y la casa donde la tradición cuenta que se alojó el Comodoro Popham y donde luego lo hizo el joven naturalista Charles Darwin durante su breve estancia en 1832.

Luego extendió su interés a los barcos que encallaban, la Aduana de Punta del Este, las instalaciones del semáforo de Mrak, las plantaciones de pinos, los altos medanales y los pequeños ranchos que levantaban los primeros veraneantes. También vemos el viejo hotel de Risso, la primitiva iglesia, las instalaciones del faro y los chalets de los pioneros.

Valor de Colección

Lo importante de esta serie fotográfica es la unidad. Debe ser presentada en forma de álbum, tal cual la vio el fotógrafo. Por lo menos es la recomendación de los institutos de la Historia de la fotografía, donde se le da el adecuado valor como documento histórico. Después sí, por supuesto, que las fotos podrán ser separadas para ilustrar las publicaciones que corresponda, pero primero es conveniente que hayan sido agrupadas en un libro con detalles de la vida y obra del fotógrafo.

Afortunadamente para don Henry W. Burnett, y en especial para la historia de Maldonado y Punta del Este, un bisnieto del pionero agente del Lloyd´s, forestador y fotógrafo, es depositario de las fotos y documentos de archivo, muy consciente de su valor como testimonio de época y como documento histórico.


Museo del Descubrimiento

 

En Zabala 1583, entre la Rambla 25 de Agosto y la antigua calle de Las Piedras, parcialmente restaurado, luce uno de los edificios más importantes de nuestro pasado colonial: el Apostadero Naval Español, conocido también como “barracón de la Marina”. El antiguo edificio, después de varios destinos y peripecias, fue incorporado a nuestra órbita museística como “Museo del Descubrimiento”.

Hacia 1750, sobre la calle de San Francisco –actual Zabala–, casi frente a las cenagosas aguas de la bahía, se levantaban unos galpones conocidos como “barracón de la Marina”, amplio arsenal donde se guardaban pertrechos navales y se alojaba a la marinería de guerra española. A su frente se realizaba el carenado de los buques mercantes afectados por las tempestades.

Posteriormente, cuando Montevideo fue nombrada sede del Apostadero Naval del Atlántico Sur, se construyó un edificio de planta rectangular, según planos del ingeniero español Francisco Rodríguez Cardozo. En 1776 se construyó la atarazana (arsenal) y años después se completó el cuerpo sobre la actual Zabala. El estilo arquitectónico es de corte romántico, dividiéndose la fachada tanto en sentido vertical como horizontal, la que muestra una gran sencillez.

Desde el Apostadero Naval cumplían su cometido los Gobernadores y Comandantes de la Marina de Montevideo que tenían como objetivo prioritario la defensa de las Islas Malvinas (aunque terminaron siendo argentinas) y la vigilancia del pasaje entre los océanos Atlántico y Pacífico. Recién entonces se le hacía justicia a su destino marítimo, tanto tiempo postergado por los intereses de Buenos Aires.

La posición estratégica de San Felipe y Santiago y su excelente resguardo natural movieron por fin a la Corona española a considerarlo como último puerto de recalada, antes del cruce de los océanos. Después de Montevideo venían los terribles mares del sur, no existiendo otra bahía de real jerarquía hasta el puerto de Valparaíso, casi a la misma altura, sobre el Pacífico. Esta posición estratégica duró, por otra parte, hasta la inauguración del Canal de Panamá a principios del siglo XX.

Variados destinos

Terminado el período hispano, el edificio pasó a cumplir varios y sucesivos destinos.

En tiempos de la Patria Vieja sirvió como Aduna y Comandancia de Marina, instalándose asimismo la primera oficina de Correos. Durante la Guerra Grande funcionó como base del Jefe Naval de Montevideo, don José Garibaldi y su Misión Italiana.

Pasado el conflicto volvió a utilizarse como Aduana hasta 1852, cuando se construyó un nuevo edificio en lugar más apropiado, que funcionó hasta 1921, año en que fue destruido por un gran incendio.

Desde 1852, la sede del antiguo Apostadero cayó en el olvido y las penurias.

Con las obras del puerto se ganó terreno a la bahía, por lo que el edificio quedó lejos del agua, frente a la Rambla portuaria. Cuando el Estado realizó un loteo de la zona, la manzana fue adquirida por la familia Figari, que arrendó los inmuebles con varios destinos. Así el antiguo Apostadero llegó a funcionar como Lechería.

Hacia la década de 1920 el inmueble pasó al patrimonio de la Comisión Financiera de la Rambla Sur.

 

Museo del Descubrimiento

En 1965, el Museo Histórico Nacional, apoyando la idea de evocar la tradición de la ciudad de Montevideo como Plaza Fuerte y Puerto de Mar, sugirió crear una unidad museística que comprendiera al edificio del antiguo Apostadero Naval español conjuntamente con las Bóvedas y la casa de los Ximénez, ubicadas ambas en la Rambla 25 de Agosto y Juan Carlos Gómez.

En 1984 la Comisión del Patrimonio Histórico, Artístico y Cultural de la Nación declaró Monumento Histórico Nacional a toda la manzana, iniciando la recuperación del conjunto arquitectónico.

El edificio fue restaurado, respetándose su morfología y estructura. Se creó un ámbito de circulación a través de una galería con escaleras que lleva a la planta alta, donde se encuentran dos habitaciones que se abren a la calle Zabala por medio de tres ventanas de arcos rebajados.

En febrero de 1990, al avecinarse los festejos de los 500 años del Descubrimiento de América, se decidió incorporarle una nueva temática con el nombre de Museo del Descubrimiento, que fue inaugurado en esa fecha.

Una de las salas más interesantes es la que presenta los preparativos de la expedición colombina. Allí se exhiben grabados de época, conjuntamente con una cronología ilustrada del Almirante. En la sala mayor se encuentran diferentes grabados que hacen referencia a la partida del puerto de Palos y existe una cuidada reproducción a escala de la Santa María. También se exhiben los instrumentos más usuales de la navegación de aquellos tiempos. Y, lo más espectacular, que entusiasma a los niños: una réplica a tamaño natural de la cabina de Colón en la Santa María.


Patrimonio subacuático

Ocultos bajo el fondo arenoso de la bahía de Maldonado, los restos de antiguos naufragios aguardan su destino de gloria. Una vez rescatados, buceo y tecnología científica mediante, pondrán a nuestro país en un primer plano de la Arqueología subacuática mundial y a Punta del Este en el ojo del turismo internacional.

Desde varias décadas atrás, la caza de tesoros sumergidos se ha convertido en una de las aventuras más apasionantes que puede vivir el hombre moderno. No solo por las ganancias fabulosas que existen en juego, sino también por el entorno de riesgo y novela que rodea las exploraciones en el fondo del mar.

Hace un tiempo, mientras hurgábamos en la Feria de Tristán Narvaja, encontramos el libro Tesoros en el fondo del mar de Harry E. Rieseberg, escrito en 1935 y luego traducido al castellano y editado en Buenos Aires por la Editorial Peuser, 1ª edición setiembre de 1954, que deja abierta la puerta para la fascinación por el misterio y la codicia. La mayor parte de los buscadores de tesoros de nuestra época se han basado en este libro, convertido casi en un clásico. El autor hace una lista de 463 barcos hundidos con tesoros, de los cuales solo uno se sitúa en Uruguay, el Galeon Aurora, naufragado el 17 de agosto de 1772 en Montevideo, con un tesoro de 2.500.000. El mismo Rieseberg, por su parte, tuvo como obsesión el encuentro del tesoro de los Bancos de Plata, bajo las aguas turbulentas del Caribe, 219 millones de dólares en barras de oro y plata.

Entre nosotros la exploración submarina ha estado bastante limitada, ya que son pocos los días de buena visibilidad, siendo mayormente la visión prácticamente nula. Sin embargo, la tecnología ha logrado sortear algunos de esos obstáculos, con la incorporación de radares y detectores de metales de gran alcance y precisión, que han hecho posible conocer y hasta recuperar parte de la mercadería de algunos barcos naufragados en el mundo.

En el Mediterráneo, arqueólogos submarinos, historiadores navales y buscadores de tesoros, han detectado y en algunos casos recuperado para la historia, restos de barcos, desde la época griega y romana hasta la Segunda Guerra Mundial. Aparecieron de esta manera cargamentos intactos, vinos encerrados en ánforas selladas, de tal forma que la bebida conserva el sabor original, aunque un poco más “añejado”. Y todo tipo de restos de madera y alfarería, de metal y chafalonía, de cargamentos de guerra y restos humanos, que arrojan luz sobre las antiguas civilizaciones, sobre las costumbres y formas de vida del pasado.

Con la moderna tecnología, el fondo del mar ha dejado de ser un misterio impenetrable, permitiendo que el hombre descubra sus secretos, colaborando de esta manera con la historia.

Lo mismo sucede en el Oriente, con el recientemente exitoso rescate del San Diego, un galeón español hundido en el Mar de la China el 14 de diciembre del año 1600.

Y fundamentalmente el Mar de las Antillas o Caribe, el tradicional escenario de los naufragios de galeones plenos de riquezas incalculables y de los legendarios filibusteros que asolaron el Imperio Español de Indias. Las transparentes aguas y cristalinos fondos coralinos continúan siendo el sueño y desafío de los buscadores de tesoros de todo el mundo. Algunos rescates como el de Nuestra Señora de Atocha, descubierto por Mel Fischer en 1985 y rescatado tras varios años de ingentes esfuerzos, no han hecho sino incentivar las expectativas de nuevos descubrimientos.

Sin embargo, no tenemos que viajar a la vieja Europa o a los países del Caribe para encontrarnos con historias maravillosas de barcos hundidos y rescates de tesoros enterrados. Desde que Ruben Collado rescatara el tesoro de la playa de “La Mulata” el tema ha cobrado importancia. Y los historiadores, tanto nacionales como extranjeros, están contestes en afirmar que los más grandes descubrimientos en los próximos años se realizarán frente a nuestras costas.

Tesoros Sumergidos

Podemos hablar de tesoros, pero los más importantes son los tesoros de “interés histórico” e “interés arqueológico”. Para nosotros el verdadero tesoro es de carácter cultural.

No dudemos de que los descubrimientos más importantes se verán en los próximos años frente a nuestras costas. En plena bahía de Maldonado tenemos tres grandes rescates: el Caballo de Mar , el Agamennon y el San Salvador. Cada uno de ellos por sí mismo traerá gran repercusión histórica y aportará nuevos elementos al folclore regional, fuente inagotable para narradores y poetas. un barco negrero de origen inglés hundido en 1733, el AGAMENNON famoso barco de la marina británica que se "desencuadernó" sobre el "Placer de los Chinos" y el terrible naufragio de la fragata SAN SALVADOR, el de mayor número de víctimas ocurrido frente a nuestras costas y probablemente de la historia marítima universal.

El SAN SALVADOR se hundió con todo un batallón de infantería española a bordo, el célebre batallón de Albuera, tropa de élite del ejército español, que hacía de esta manera un último intento de salvar a la Muy Fiel y Reconquistadora de su destino de libertad, en 1812.

Hacemos votos para que esta maravillosa oportunidad de rescate histórico arqueológico frente a nuestras costas, pueda ser coronada por el éxito, en beneficio de la cultura y difusión turística de todos los uruguayos.

Tesoros Enterrados

Varios piratas que visitaron nuestras tierras nos han dejado leyendas de tesoros y cofres enterrados. Entre ellas, la más interesante, es la de la Barra de Maldonado. Precisamente, después de cruzar el puente, el primer balneario se llama “El Tesoro”, por la proximidad con la isla Ka-Gui, lugar donde los piratas solían enterrar el producto de sus correrías.

 

El balneario El Tesoro

 

No se trata de la Isla del Tesoro, famosa novela del escritor inglés Robert L. Stevenson, ni está situada en los remotos mares del Sur. Es una leyenda (y una historia) surgida en tierras uruguayas, con un argumento tan o más emocionante que el de la novela citada.

Es la leyenda de un fabuloso tesoro enterrado en las costas del Río de la Plata, que se remonta a los tiempos de la Colonia, cuando los piratas merodeaban en busca de galeones españoles cargados de oro y plata. Ya lo citaba el Padre Lozano, G. Funes, e incluso el imaginativo escritor francés Julio Verne cuando le dio por escribir sobre los descubrimientos del globo.

Isidoro de María, nuestro abuelo memorioso, autor de Montevideo antiguo, recoge la leyenda del tesoro escondido, y aunque la ubica en la costa sur del Río de la Plata (Argentina), en realidad la referencia a “unos médanos enfrentados a unas islas” nos lleva a situarla en Maldonado –frente a las islas de Lobos y Gorriti–.

Según algunas de las suposiciones, el botín habría sido enterrado por alguno de los piratas que nos visitaron. Entre ellos, el más mentado, el más famoso por sus aventuras en todo el mundo, fue Sir Francis Drake, quien recorrió Punta del Este –a la que llamó Cabo Alegría por haber reencontrado un barco de su flota, al que habían dado por perdido tras un temporal–, llegando incluso a Montevideo, antes de emprender sus correrías por el Pacífico.

La historia nos cuenta también de piratas ingleses –R. Fenton y Lord Cavendish–, otros holandeses y especialmente el francés Etienne Moreau, establecido como contrabandista de cueros, primero en Maldonado y luego en la desembocadura del arroyo Valizas, vecino a la Punta del Diablo.

En tiempos más recientes, nuevas noticias sobre el tesoro enterrado en Maldonado y sus alrededores fueron traídas al tapete por escritores y periodistas de la zona, como para despertar nuestra imaginación y llevarnos a visitar una hermosa isla ribereña sobre la margen del arroyo Maldonado. Una isla tradicionalmente llamada Ka-Gui o Cagui o Isla de los indios. Ello corrobora nuestra teoría de que no tenemos que viajar a la vieja Europa ni al lejano Oriente para encontrarnos con historias y leyendas, las tenemos en nuestro propio suelo, en nuestros 187.000 kilómetros de superficie cuadrada y homogénea, con tal que sepamos ver y buscar lo interesante que nos rodea.

Veamos ahora las dos versiones que existen sobre el tesoro del arroyo Maldonado:

Primera Versión: época española

Sabemos de la misma gracias a la memoria y a los escritos de don Ernesto Seijo Correa, tradicional figura de San Carlos, hermano del famoso autor de Maldonado y su región, para quien la historia se remonta al año 1809, a fines de la dominación española.

Por entonces el terror de las costas platenses era el corsario francés Francois Tournier, que asolaba y saqueaba los barcos mercantes, españoles y de cualquier nacionalidad –Tournier había sido lugarteniente de Hipólito Mordeille, pirata que puso su estrategia y su tripulación al servicio de Montevideo combatiendo con denuedo contra los invasores ingleses y muriendo frente a la brecha abierta en las murallas–. Tanto hizo Tournier asaltando y pillando, que fue descubierto y perseguido por un barco de guerra inglés. Al hacerse la noche, el bajel corsario, gracias a su menor calado, se internó en aguas del arroyo Maldonado, teniendo apenas tiempo de enterrar el tesoro entre los médanos de la costa y seguir luego curso arriba hasta la isla Ka-Gui, donde abandonaron la embarcación y corrieron a refugiarse en el lugar conocido luego por “los cerros de los Seijo”.

Al día siguiente los ingleses les dieron captura y los ajusticiaron en el propio mástil de su barco, aunque no pudieron localizar el tesoro enterrado. Solo perdonaron la vida a un piratillo, un mozalbete de catorce años, a quien incorporaron a su propia tripulación, medida muy común por aquellos tiempos.

Medio siglo después, el mozalbete, transformado en anciano, volvió a la región de Maldonado a recuperar el tesoro. Pero, tras varias excavaciones, no pudo encontrarlo, seguramente porque las corrientes habían modificado el lecho del arroyo y, de consiguiente, cambiado las referencias. Casi perdida la razón, el hombre se quedó a vivir en la zona, propalando su infortunio a los cuatro vientos.

Por su parte, los lugareños, convencidos de su historia, empezaron a buscarlo. La primera búsqueda fue la del Sr. Schultze en 1865.

Todavía se recuerda a la gente de la segunda expedición, cinco marinos griegos que buscaron durante muchos meses el tesoro, en lugar cercano a la desembocadura del arroyo, donde hoy se encuentra el balneario El Tesoro, no bien cruzado el puente de la Barra.

Por lo que se sabe, la última expedición (la que parece haber tenido éxito) fue en 1888, cuando cuatro hombres misteriosos anclaron en un barco frente a la isla Gorriti pidiendo la correspondiente autorización para la búsqueda del tesoro. Se les asignó la vigilancia permanente de dos soldados y recibieron además la visita diaria de don S. Pallas, propietario de todas las tierras entre el arroyo Maldonado y la costa, hasta donde llega hoy el balneario Manantiales. Pasados varios meses se aflojó la vigilancia y el crudo invierno espació las visitas del propietario. Una buena mañana los cuatro hombres y su barco desaparecieron, sin previo aviso. La gente de la zona se deshizo en conjeturas hasta que la lavandera que limpiaba sus ropas encontró olvidada en un bolsillo una hermosa moneda de oro. Esto se habría confirmado con el hallazgo en el lugar donde excavaron, tras una gran creciente, de una caldera de hierro y varias cajas de plomo, tradicionales escondites de monedas de oro y plata durante las antiguas épocas.

Una versión modificada de la anterior fue proporcionada por don Salvador Pallas, hijo del primitivo dueño del campo, sobre la base de los recuerdos de su padre, todo según la privilegiada memoria de don Andrés Matta, residente de San Carlos.

El viejo Pallas recordó siempre con despecho la mala actitud de los cuatro buscadores desaparecidos. Mostró a su hijo varias veces el lugar donde aparecieron la caldera y las cajas de plomo, sobre un pequeño afluente del arroyo Maldonado, conocido desde entonces como “arroyo del tesoro”. Aunque no fue tan misteriosa la partida de los buscadores como se creyó en un principio, ya que los hombres venían recompensando a las lavanderas con monedas de oro y plata desde mucho tiempo atrás. Y luego de la famosa creciente, otras cosas quedaron al descubierto, llamando su atención una serie de piedras marcadas con cruces que se encontraron al lado de la caldera de hierro, probables marcas de los piratas al esconder apresuradamente el producto de sus fechorías.

Segunda versión: época brasileña

Leímos con fruición los artículos de Prof. Atilio Cassinelli, fernandino de conceptuada memoria, un verdadero estudioso de las tradiciones de la zona.

Nos cuenta que hacia 1920, mientras paseaba por la región conocida luego como “El Placer”, lindera al actual balneario El Tesoro, vio llegar un bote con varias personas cargando picos y palas, entre las que se encontraba don Camilo Walter, pariente lejano de su madre. Como se enteró después, la gente venía de excavar en la fangosa isla Ka- Gui, casi dos millas arroyo arriba, donde habían recibido noticias de que estaba enterrado el tesoro de los piratas. Cassinelli quedó impresionado por la historia, tanto que dedicó muchos años a investigarla, a través de documentos y referencias orales.

He aquí un resumen de sus averiguaciones: Allá por 1825, en plena dominación brasileña, una pequeña embarcación corsaria, tripulada por quince aguerridos hombres de mar, asolaba nuestras costas en función pirática, siendo sus presas predilectas los mercantes brasileños e ingleses. Como se trataba de una embarcación de poco calado, en días de creciente remontaban el arroyo Maldonado hasta la isla Ka-Gui, baja y cenagosa, con abundantes “sangradores”, donde tenían escondido el producto de sus fechorías.

Hasta que un día –todo en la vida tiene su fin– los ingleses se cansaron del corsario y enviaron una nave de guerra para emboscarlos, la que se escondió atrás de la Isla de Lobos. Sorprendidos en alta mar, los piratas ofrecieron fiera resistencia, hasta que su pequeña embarcación fue hundida a cañonazos, pereciendo toda la tripulación, salvo un hombre, un marinero ruso, Alexis Lavnoff, quien llegó nadando hasta la isla. Tiempo después, señas mediante y con una historia convincente de naufragio, logró ser recogido por un mercante portugués que lo llevó hasta Lisboa.

Allí comenzaron treinta años de penurias y borracheras. Estuvo preso en varias oportunidades, siempre soñando con la fortuna enterrada en una minúscula isla al otro extremo del mundo. Terrible desdicha la del hombre que conoce un secreto de riqueza, pero no pueda llegar hasta él.

Hacia 1852, Lavnoff regresó al Río de la Plata. Como no conocía el español y no estaba en condiciones físicas de excavar, consiguió dos ayudantes para el rescate, a los que prometió sendas partes del tesoro. Pero llegados a la Isla Ka-Gui se encontró con que se había modificado el curso del río y no logró encontrar el tesoro escondido. La desesperación y las ansias tanto tiempo contenidas lo llevaron a la locura, continuando con su vida de jugador y pendenciero. Y cuando el alcohol lo tornaba comunicativo, lloraba su mala suerte acusando al arroyo de “caprichoso y mudable”, como mujer que le hubiera jugado una mala pasada.

Siempre quedó flotando la duda. ¿Apareció el tesoro de los piratas? Seguramente que lo hallaron los misteriosos cuatro hombres de la expedición de 1888. Pero... ¿y si los hombres se hubieran alejado tan solo abatidos por el desánimo, sin encontrar nada? ¿Y si el tesoro hubiera sido enterrado realmente en el pequeño islote como se lamentaba el ruso Alexis Lavnoff?

De ser así, todavía las monedas estarían enterradas en la cenagosa que los indios llamaban Ka-Gui o Cagui, desde tiempos inmemoriales…


Curriculum del autor
Juan Antonio VARESE SAIZ. Nace en Montevideo el 11 de junio de 1942. Escritor e investigador en temas de historia y literatura marítima, tradiciones y costumbres nacionales.
Escribano de profesión y escritor por vocación. Estudió periodismo en la Asociación Internacional de Prensa. Miembro de ICOM-Uruguay, la Asociación Internacional de Museos en temas de Patrimonio Histórico.
Presidente del Foto Club Uruguayo, desde cuando comenzó el estudio de la fotografía nacional, y miembro fundador de la Academia Uruguaya de Historia Marítima y Fluvial.
Ha publicado los siguientes libros: (De tema marítimo) De naufragios y leyendas en las costas de Rocha (1993), Historias y leyendas de la isla de Flores (2000) en colaboración; Rocha, tierra de aventuras (2001), De náufrago a pionero (2002), Faros del Uruguay (2004) y Ades. Medio siglo de salvamentos en aguas uruguayas (2005). (De tema histórico): Viaje al antiguo Montevideo (1997) con el pintor Menck Freire, Montevideo bajo bandera británica (2008), Mercado del Puerto (2010) y Pocitos. Fotografías e historias (2011). Y de otra temática: Memorias del tamboril (1996) y Los candombes de Reyes (1997) con Tomás Olivera Chirimini; Memorias de José M. Silva, el fotógrafo de Gardel (1998), Historia de la Fotografía en el Uruguay (2007) y (de tema histórico)
Desde hace 20 años escribe crónicas sobre los barrios y costumbres de Montevideo, entre ellas los cafés y confiterías de ayer y de hoy y su influencia en el devenir de la ciudad, que se publican en revistas de carácter cultural.
website: www.chasque.net/jvarese
Se agradecen comentarios y aportes relacionados con estas historias, enviarlos a: jvarese@gmail.com


Agradecemos al Sr. Juan Antonio Varese por permitirnos compartir con nuestros visitantes tan veraces y amenas crónicas.

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